La sangre heredada Capítulo 60
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Capítulo 60

La red se estrecha

Operación en Berlín

Berlín amaneció bajo un cielo de plomo.

En un edificio discreto de las afueras, Clara y Luc habían convertido una pequeña oficina abandonada en su centro de operaciones.

No había nada que delatara su presencia salvo dos terminales, una mesa cubierta de documentos y el mapa digital de la estructura de la Fundación proyectado sobre una pared.

Luc señaló varias zonas marcadas en rojo.

—Estas son las áreas que todavía responden directamente a Erhardt. Estas otras —indicó un segundo grupo de puntos— han empezado a moverse por su cuenta.

Clara permaneció observando el mapa.

—No están huyendo.

—No.

—Están esperando.

Luc asintió.

—Y eso puede ser más peligroso.

La caída de Martina había cambiado las reglas. Ya no podían permitirse actuar con la misma rapidez que durante las primeras filtraciones. Cada movimiento dejaba un rastro y cada persona que conocían podía convertirse en una vulnerabilidad.

—Tenemos que saber quién está dispuesto a enfrentarse a Erhardt —dijo Clara— y quién solo está esperando a ver quién gana.

—Ya he empezado a averiguarlo.

Luc amplió una de las zonas del organigrama.

—Jonas Keller.

Clara frunció el ceño.

—¿Estás seguro?

—No de él. De sus accesos. Conserva permisos que deberían haber sido revocados hace años. Y alguien los ha utilizado recientemente.

Aquello cambió la expresión de Clara.

—¿Para qué?

—Todavía no lo sé.

Durante unos segundos ninguno habló.

La desconfianza había dejado de ser una sensación. Se había convertido en una herramienta de supervivencia.

El factor Keller

Una comunicación cifrada irrumpió en la pantalla.

El remitente apareció únicamente con unas iniciales:

J. K.

Luc intercambió una mirada con Clara antes de aceptar la llamada.

La imagen permaneció en negro.

—No activéis la cámara —advirtió una voz masculina—. No es segura.

—Jonas —dijo Clara.

—No tenemos mucho tiempo.

Se escuchó una respiración contenida al otro lado.

—Erhardt ha perdido parte del control interno. Algunos directivos ya no obedecen sus órdenes. Pero no os confundáis: eso no significa que estén de vuestro lado.

—¿Y tú? —preguntó Clara.

Hubo una pausa.

—Yo estoy del lado de quienes quieren que esto termine.

Luc intervino:

—¿Qué puedes darnos?

—Acceso.

Apareció un archivo en la pantalla.

—Hay una estructura paralela dentro de la Fundación. No figura en ningún organigrama oficial. Sus miembros llevan años operando bajo diferentes departamentos, pero responden a una misma cadena de mando.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Erhardt?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Entonces, ¿quién?

Jonas guardó silencio.

—Todavía no puedo decíroslo. Si lo hago por este canal, nos expondré a todos.

Clara apretó la mandíbula.

—Necesito algo más que insinuaciones.

—Lo tendrás. Pero antes debéis comprender una cosa: Erhardt no es el origen de esto. Es una pieza.

La comunicación se interrumpió.

Durante varios segundos, la pantalla permaneció en negro.

Luc fue el primero en hablar.

—Eso cambia todo.

Clara contempló el archivo recibido.

—No. Confirma lo que ya sospechábamos.

La fractura

Aquella misma tarde, en la sede central de la Fundación, las primeras fisuras comenzaron a hacerse visibles.

Dos miembros del consejo exigieron explicaciones sobre las operaciones financieras descubiertas. Otros reclamaron una auditoría independiente. Un tercer grupo defendía a Erhardt alegando que cualquier investigación interna podía provocar el colapso definitivo de la institución.

La Fundación se estaba partiendo en tres.

Y nadie sabía todavía qué bando tendría más fuerza.

En una sala cerrada, Varga esperaba a Clara y Luc.

—Tenemos gente dispuesta a colaborar —informó—. Pero necesitan garantías.

—No puedo garantizar que salgan indemnes —respondió Clara—. Sí puedo garantizar que no serán sacrificados para proteger a nadie.

Varga sostuvo su mirada.

—Eso es más de lo que ofrecen los otros.

Luc dejó una carpeta sobre la mesa.

—Entonces tenemos una oportunidad.

Dentro figuraban nombres, movimientos financieros y accesos que vinculaban diferentes departamentos con una estructura clandestina que llevaba décadas funcionando bajo distintas identidades.

Clara cerró la carpeta.

—No vamos a destruir la Fundación todavía.

Varga la observó con sorpresa.

—¿No?

—Primero vamos a descubrir quién la controla realmente.

Fuera, Berlín comenzaba a cubrirse de sombras.

Y, por primera vez, Clara comprendió que la guerra que estaba librando no consistía únicamente en sacar a la luz los crímenes del pasado.

Consistía en descubrir quién seguía beneficiándose de ellos en el presente.