La sangre heredada Capítulo 39
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Capítulo 39

Herencia envenenada

El archivo AEGIS

El archivo pesaba apenas 1,2 gigabytes, pero Clara Wexler sabía que contenía más poder que la mayoría de las bibliotecas legales del continente.

Lo había encontrado escondido dentro de una carpeta de sistema en el portátil antiguo de su padre, camuflado como una copia de seguridad de actualización de controladores.

La clave de acceso no era un código, sino una imagen: la fotografía de Claire embarazada, tomada en 1940.

Dentro reposaban cientos de documentos: correos, contratos, imágenes escaneadas, mapas de operaciones, coordenadas GPS, listas de nombres en clave. Clara no lo entendía todo, pero entendía lo suficiente.

El archivo estaba firmado con un acrónimo en alemán: AEGIS.

Una carpeta se titulaba: «Ensayos. África. 1983–1996». Otra: «Brasil. Protocolo Rho». Y otra más: «Protocolos adjuntos – Uso clínico condicionado. OMS/IFRC/GSK-Némesis (Anexo 4B)».

Clara sintió una oleada de náuseas. Había escrito artículos académicos sobre bioética, había pronunciado conferencias sobre el consentimiento informado y defendido la transparencia científica en múltiples foros. Pero esto… esto era el reverso: el laboratorio oculto del poder.

En la mayoría de los encabezados se repetía una misma firma digital, discreta pero inequívoca: M. Wexler.

Sintió la respiración corta. De pronto comprendió que Malik no solo dirigía un imperio, sino que lo había diseñado desde las sombras con precisión quirúrgica, operando allí donde la ley no llegaba. Y ella, que llevaba ese apellido, estaba ahora sentada ante su mecanismo.

Esa noche no pudo dormir.

Luc

Al día siguiente pidió una cita con la Biblioteca Digital del Instituto Federal de Documentación Histórica. No quería hacer ruido aún; solo cotejar datos, cruzar nombres.

El bibliotecario la remitió a un experto en historia reciente de la medicina europea.

Cuando Clara entró en la sala, lo reconoció antes de que él levantara la vista.

Luc Bächtiger.

Habían pasado años desde la última vez que lo había visto, pero había cosas que el tiempo no conseguía borrar.

Él también la reconoció.

Durante un instante ninguno de los dos habló.

Luc dejó lentamente los documentos que tenía entre las manos.

—Clara.

No fue un saludo. Fue un recuerdo.

—Hola, Luc.

Él la observó unos segundos más de lo necesario.

—No esperaba volver a verte.

—Yo tampoco.

La respuesta quedó suspendida entre ambos, cargada de todo aquello que ninguno parecía dispuesto a mencionar.

Luc llevaba unos auriculares inalámbricos colgando del cuello y conservaba aquella expresión ligeramente irónica que Clara recordaba demasiado bien.

—¿Sigues entrando en lugares donde no deberías? —preguntó él.

Por primera vez desde que había abierto AEGIS, Clara sonrió.

—Solo cuando necesito respuestas.

Luc señaló la silla frente a él.

—Entonces siéntate. Esto puede ser interesante.

Clara tomó asiento y dejó una memoria USB negra sobre la mesa.

No dio explicaciones.

—Quiero saber si esto puede cambiar el relato oficial de las últimas cinco décadas.

Luc miró la memoria.

Después volvió a mirarla a ella.

—Contigo nunca sé si vienes a buscar respuestas… o problemas.

—Esta vez necesito las dos cosas.

Luc sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Eso sí lo recuerdo.

Dinamita

Luc insertó el dispositivo en su terminal, activó un escáner de metadatos y comenzó a leer en silencio.

Clara lo observaba como si fuera un médium.

Durante veinte minutos ninguno de los dos pronunció palabra.

Finalmente, Luc se recostó en la silla.

Su expresión había cambiado.

—Esto… es dinamita.

—¿Y?

—Significa que, si tienes enemigos, van a despertar. Y si no los tienes… los crearán ahora.

Clara no apartó la mirada.

—¿Puedes ayudarme a entenderlo?

Luc dudó.

—Puedo ayudarte a entenderlo. Lo que no sé es si puedo ayudarte a decidir qué hacer con ello.

Clara sostuvo sus ojos.

—Eso ya lo decidiremos después.

Luc bajó la mirada hacia la pantalla.

Pero durante un instante, demasiado breve para que ninguno de los dos pudiera fingir que no había ocurrido, sus manos estuvieron a punto de tocarse sobre la mesa.

Había cosas entre ellos que todavía no tenían nombre.

Y ninguna de las dos estaba relacionada con AEGIS.