Capítulo 37
EL TESTAMENTO
I. Las últimas horas en Lucerna
La estancia exhalaba una mezcla de desinfectante clínico y desolación inalterable.
Alexander reposaba sobre el lecho de un hospital privado en Lucerna, convertido en la estampa de un soberano derrocado.
Los monitores electrónicos emitían una cadencia regular —pitidos suaves y sincopados— que actuaba como un metrónomo implacable marcando el agotamiento de su existencia.
Carecía de energía para proferir mandatos o de adversarios que justificaran el desgaste del odio; únicamente subsistía una figura en su horizonte pendiente de comparecer.
Kibu penetró en la habitación con su habitual sigilo, aunque en esta ocasión el aire del espacio parecía densamente modificado. Lo advirtió en los ojos del patriarca, donde la habitual dureza acerada había cedido terreno a una forma de lucidez crepuscular, áspera y distante.
—Sella el acceso —solicitó el anciano en un hilo de voz.
Kibu cumplió la directriz. Comprendía que asistía al desenlace definitivo de la representación.
Alexander deslizó una mano descarnada sobre el colchón y tendió un pliego lacrado con un sello de cera roja, el emblema nobiliario que mandó acuñar décadas atrás, cuando albergaba la certeza de que su dinastía perduraría por tiempo indefinido.
—Debe leerse una vez constatado mi deceso —instruyó con la garganta erosionada—. Exclusivamente en su presencia.
—¿Cuál es la naturaleza del contenido? —inquirió Kibu.
—El testimonio de una certeza. O su equivalente más aproximado.
Kibu lo contempló con una mezcla ambigua de lealtad secular y repulsión soterrada. En el tramo final, ambas reacciones apenas guardaban diferencias sustanciales.
Alexander cerró los párpados.
El óbito se produjo al despuntar el alba, en absoluta soledad, sin fórmulas de clemencia ni aspiración a la redención.
II. Las exequias del patriarca
Las ceremonias fúnebres respondieron a la magnitud de su leyenda corporativa.
Cuatro jefes de Estado remitieron coronas institucionales; entidades bancarias de carácter internacional izaron sus enseñas a media asta; la prensa especializada ensalzó su figura como la de un filántropo y un titán del progreso industrial.
Ninguna mención pública abordó los yacimientos coloniales en Katanga, la manipulación de personas en ultramar o los silencios forzados bajo su tutela.
Malik asumió la dirección de los protocolos con pulcritud helvética.
Ataviado con un traje de luto riguroso, recibió las condolencias de ministros y directores de multinacionales con la naturalidad de quien ejecuta un trámite administrativo.
Su esposa permanecía a distancia, enfundada en negro y con el rostro parcialmente velado por una pamela, sin emitir palabra.
Clara, a corta edad, inquirió si su abuelo se encontraba durmiendo; obtuvo por toda respuesta el mutismo general.
Concluida la inhumación, en la sala noble de la torre central de Zúrich, Malik procedió a desellar la misiva ante un círculo restringido compuesto por Kibu, su letrado de confianza y un notario colegiado.
El documento estaba redactado de su puño y letra. La caligrafía era escueta, directa, como si Alexander hubiera ahorrado vocablos a lo largo de su biografía para concentrar el ardor de los últimos juicios en pocas líneas:
«Si descifras estas líneas, Malik, significa que mi ciclo ha concluido.
Y que has prevalecido.
Sin embargo, evita confundir la adquisición de poder con el dominio de las circunstancias.
El poder es un activo de carácter transitorio, incluso cuando se obtiene mediante despojo.
El control absoluto, en cambio, constituye la ficción letal que aniquila al propio estratega.
Jamás busqué la paternidad. Te consta. No obstante, anhelaba un linaje.
Tú representas ambas condiciones y ninguna de forma legítima.
He sustraído los elementos esenciales del fondo de tus adquisiciones.
Careces de constancia de su ubicación actual. Quizá jamás llegues a localizarlos.
Pero graba esta premisa: toda estructura imperial termina devorándose a sí misma. Incluyendo la tuya.»
III. La grieta en la armadura
El recinto quedó sumido en un silencio denso.
Malik contrajo los dedos sobre el papel, manteniendo la expresión inalterable. No obstante, Kibu, que había seguido cada uno de sus movimientos desde la infancia, distinguió un leve espasmo en su mandíbula y el parpadeo fugaz de una duda en el fondo de su mirada.
Claire había fallecido. Alexander yacía sepultado. Malik había alcanzado la hegemonía total sobre los activos del grupo.
Malik volvió a leer la última línea.
Después dobló la carta con una precisión casi mecánica y la introdujo en el sobre.
—¿Dónde está? —preguntó.
Kibu no respondió.
Por primera vez desde que había comenzado la guerra contra su padre, Malik no sabía cuál sería el siguiente movimiento.
EPÍLOGO
Viena, 2022
Mi abuelo murió dos veces.
La primera, cuando mi padre leyó su carta.
La segunda, cuando Kibu llamó a mi puerta.
No lo veía desde que era niña. Su voz seguía siendo la misma: cortante, precisa, como la maquinaria de un reloj suizo.
Me entregó una llave de latón, oscurecida por los años.
Dijo que Alexander había dejado instrucciones muy claras. Que solo debía recibirla «cuando estuviera lista».
No pregunté para qué debía estar lista.
Él tampoco lo explicó.
Solo añadió:
—Es la hora, señorita Clara.
Después se marchó, perdiéndose entre la neblina del atardecer vienés.
La llave permanece sobre mi escritorio.
Todavía no la he utilizado.
Pero lo haré.
Muy pronto.
Porque ahora sé que mi abuelo no dejó un testamento.
Dejó una puerta.
Y cuando la abra, el imperio volverá a arder hasta los cimientos.