La sangre heredada Capítulo 33
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Capítulo 33

Las bodas del poder

I. La niebla sobre el Léman

El cielo de Ginebra amaneció cubierto por una niebla densa que borraba parcialmente la silueta de los Alpes y envolvía el lago en una tonalidad grisácea.

Las ediciones dominicales de la prensa internacional coincidían en señalar el acontecimiento: el heredero del Grupo Wexler contraía matrimonio con Léonie Vernet, representante de una de las familias más influyentes de los círculos industriales y diplomáticos francófonos.

El escenario había sido seleccionado con precisión: un château del siglo XVIII situado a orillas del Léman, restaurado para la ocasión con mármol italiano, luminarias vienesas, arreglos florales procedentes de Ecuador y una orquesta sometida a estrictas condiciones de confidencialidad.

Malik hizo su aparición con un semblante inalterable. El frac de sastrería londinense parecía conferirle la rigidez de una coraza. A pocos pasos, dos miembros de su dispositivo de seguridad intercambiaban instrucciones en voz baja.

La ceremonia carecía de cualquier apariencia de intimidad.

Era una exhibición de poder.

Léonie llegó en un automóvil de representación escoltado por unidades de gala. Sonrió ante los fotógrafos con una serenidad perfectamente estudiada.

Malik la observó descender.

Fue entonces cuando recibió una información que no esperaba.

Uno de sus asesores se aproximó discretamente y depositó una carpeta en su mano.

Malik la abrió.

En su interior figuraba el estado actualizado de las participaciones societarias vinculadas a la familia Vernet.

Leyó una cifra.

Después volvió a leerla.

Léonie poseía una posición accionarial dentro del conglomerado considerablemente superior a la que sus propios cálculos habían previsto.

Cerró la carpeta.

Al levantar la mirada, ella ya lo estaba observando desde la escalinata.

Y sonreía.

II. Los observadores en la sombra

En la primera fila del estrado principal, Alexander von Lothar conservaba una postura de rigurosa formalidad, emulando la severidad de un busto clásico.

Su condición física acusaba el desgaste de los años, pero su mirada preservaba la frialdad capaz de intimidar a cualquier consejo de administración.

Observaba a su hijo con la calculada atención que un estratega dispensa a un contrincante directo al que todavía precisa conservar en el tablero.

Sonrió únicamente para los fotógrafos.

Claire carecía de invitación oficial.

Sin embargo, se encontraba allí.

Había recibido aquella misma mañana una nota manuscrita sin firma que le indicaba la entrada lateral del château y la hora exacta a la que debía presentarse.

No necesitó preguntar quién la había enviado.

Permaneció al fondo del salón, protegida por unas gafas oscuras y un sombrero de ala ancha, mientras los carillones de la capilla repicaban sobre la superficie del lago.

No manifestaba emoción alguna.

Observaba.

Durante el banquete se sirvieron caviar, vinos de añadas históricas y discursos cuidadosamente medidos.

Malik brindó por «la confluencia de intereses globales».

Léonie lo hizo por «la vanguardia científica al servicio de la especie».

Alexander esperó unos segundos antes de elevar la copa.

—Por la continuidad. A pesar de cualquier mutación coyuntural, el patronímico Wexler prevalece.

El aplauso de los asistentes se produjo de inmediato.

Bajo el mantel, Malik mantenía los dedos entrelazados.

No había dejado de pensar en la cifra de la carpeta.

Al otro lado de la mesa, Léonie conversaba tranquilamente con un miembro del consejo.

Parecía ajena a todo.

Pero Malik ya sabía que no lo era.

Había contraído matrimonio creyendo que incorporaba a su estrategia una alianza.

Ahora empezaba a comprender que quizá había incorporado a su tablero a una jugadora.

Y todavía ignoraba quién había movido primero.

III. El traspaso de activos

Concluida la ceremonia formal, mientras los invitados confluían en las salas de baile bajo la supervisión de las cámaras de la prensa económica, se consumó una reunión reservada en un gabinete privado.

Allí se rubricaron los instrumentos jurídicos que transferían la titularidad operativa de Radionyx —la filial clave de biotecnología aplicada— hacia una sociedad de cartera controlada directamente por Léonie.

Malik mantuvo la absoluta inercia de su semblante.

Alexander comprendió la maniobra al instante: aquel joven ya no respondía a la categoría de heredero. Se había convertido en un adversario dotado de autonomía letal.

En el exterior del recinto, sobre una colina circundante envuelta en la bruma, Claire encendía un cigarrillo con los dedos trémulos.

Al contemplar la iluminación del castillo reflejada en el agua, la percibía semejante a un incendio forestal distante.

Su memoria evocó a Madeleine de Rochefort, al niño que sostuvo en la selva africana y a la violencia de los intereses que habían configurado sus vidas.

Todo imperio genera su propio relevo generacional; sin embargo, pocos logran superar la voracidad de su sucesor. Y la conflagración resultante rara vez resulta perceptible hasta que consume los cimientos del edificio.

¡Escena impecable y desbordante de alta tensión diplomática y empresarial! La maniobra con Radionyx deja a Alexander sin margen de maniobra fácil.