Capítulo 32
EL HIJO DEL CRIMEN
I. La muerte en el Mato Grosso
La tormenta mediática comenzó con un deceso clandestino. Un joven indígena de veintidós años, perteneciente a la etnia Xavante, falleció tras ser sometido a un supuesto «programa de saneamiento preventivo» financiado por la filial sudamericana de Némésis AG en el estado de Mato Grosso.
En la redacción del diario O Globo en Brasilia, el periodista Jacinto Freitas examinaba los informes y testimonios recolectados durante semanas en la región amazónica.
Tras mantener encuentros discretos con autoridades locales y líderes comunitarios que denunciaban la explotación sistemática de sus poblaciones bajo el pretexto de la asistencia sanitaria, comprendió que la publicación del reportaje implicaba riesgos considerables.
No obstante, la gravedad de los hechos no le permitía optar por el silencio.
La columna expuso la conexión entre el caso del joven Xavante y una serie de prácticas análogas: la captación de pobladores bajo falsas promesas de atención médica, la ausencia de supervisión oficial y el uso de sujetos vulnerables para la experimentación farmacéutica.
El artículo ocupó inicialmente una modesta sección del diario.
Sin embargo, dos semanas más tarde, un colectivo de profesionales médicos suizos filtró documentación interna procedente de los servidores de la compañía: protocolos de ensayos clínicos, comunicaciones codificadas y registros de transferencias destinados a sobornar a inspectores locales.
El escándalo estalló de manera incontenible.
II. La respuesta en Ginebra
En su despacho de Ginebra, Malik arrojó el ejemplar de la prensa internacional sobre la mesa de caoba.
—¿Quién ha filtrado esta documentación al exterior? —inquirió con un tono gélido dirigido a su asesor jurídico.
—Carecemos de una confirmación exacta, señor Wexler —respondió el letrado con la frente cubierta de sudor—. Pero las manifestaciones de protesta ya se concentran frente a la sede en Lausana. La Organización Mundial de la Salud ha solicitado explicaciones al Gobierno Federal suizo.
Malik contrajo la mandíbula y se aproximó al ventanal.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
—Tráigame los protocolos originales.
El asesor dudó.
—¿Los documentos del programa sudamericano?
—Todos.
Media hora después, un archivador gris reposaba sobre la mesa.
Malik examinó los primeros expedientes con creciente atención. Reconoció las firmas administrativas, los códigos internos y las referencias financieras de Némesis. Sin embargo, había algo que no encajaba.
Abrió otro documento.
Después otro.
Finalmente levantó la vista.
—Estos protocolos no corresponden a ninguna operación que yo haya autorizado.
El asesor jurídico palideció.
—Pero llevan la codificación oficial de la división sudamericana.
—Precisamente.
Malik volvió a revisar las fechas.
Algunos documentos habían sido registrados antes de que él asumiera el control operativo de Némesis.
Aquello significaba que la estructura ya existía.
Y que alguien había continuado utilizándola después de su llegada.
—¿Quién tenía acceso a estos archivos?
El abogado comenzó a enumerar nombres.
Malik lo interrumpió.
—No quiero una lista. Quiero saber quién podía modificar las órdenes sin dejar rastro.
El silencio del despacho se hizo absoluto.
En aquel instante comprendió que el escándalo no constituía únicamente una amenaza contra su posición.
Era una advertencia.
Alguien había utilizado su propia estructura para ejecutar una operación que ahora podía atribuirse a él.
—¿Se ha mencionado mi nombre en los comunicados?
—Aún no de manera directa.
Malik volvió a mirar hacia la calle.
Por primera vez desde que iniciara su ofensiva contra Alexander, experimentó una sensación que conocía demasiado bien.
La de estar siendo observado.
—No clausuren nada —ordenó.
El asesor levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Señor?
—Si cerramos la delegación, destruiremos las pruebas.
Malik recogió el expediente y lo sostuvo entre las manos.
—Quiero saber quién construyó esta operación antes de que yo llegara.
Hizo una pausa.
—Y, sobre todo, quién esperaba que yo cargara con ella.
III. El movimiento de Davos
En Zúrich, Alexander examinaba los informes de prensa con extrema severidad. Los pliegos crujían ligeramente entre sus dedos. Kibu ocupaba el asiento frente a él, manteniendo un gesto de absoluta gravedad.
—Esta crisis compromete la estabilidad de toda la estructura —advirtió el asistente.
—Negativo —corrigió Alexander con frialdad—. Lo compromete a él. Yo no suscribí los contratos en el Mato Grosso ni autoricé la apertura de esa filial. Él decidió operar de manera independiente, ¿acaso lo olvidas?
Kibu omitió la réplica, aunque en su mirada se proyectaba una reserva que Alexander prefirió ignorar.
—Existe un elemento adicional —añadió Kibu con pausada lentitud—. La revista Der Spiegel prepara una investigación monográfica. Sostienen que Malik intervino directamente en la validación de sustancias experimentales y documentan sus contactos con sectores de la oficialidad militar brasileña.
Alexander guardó silencio durante varios segundos, antes de articular unas palabras que parecían arrancadas de su propio pecho:
—La postura de la mera observación ha concluido. Debemos ejecutar una maniobra correctora.
—¿Pretende provocar su caída?
Alexander lo examinó con aquella mirada que, en el pasado, había doblegado a los principales directores de la banca colonial:
—Pretendo recordarle quién diseñó las reglas del tablero.
Kibu bajó la mirada.
Por primera vez se preguntó si Alexander comprendía que aquellas reglas habían dejado de pertenecerle.
Por su parte, Claire hojeó el encabezado del diario y optó por cerrar el pliego sin concluir la lectura.
—Sabía que este desenlace era inevitable —murmuró para sí misma—. Lo que ignoraba era el grado de dolor que acarrearía tener la certeza.
IV. La suite de París
En la capital francesa, Léonie despertó en la penumbra de la suite. Malik había abandonado la estancia antes del alba. Sobre la mesa de noche reposaba un dosier con el membrete oficial: Confidential – Santé Publique.
Lo hojeó superficialmente. Su formación y su cercanía a los círculos de poder le bastaban para intuir el contenido y la gravedad de las implicaciones.
Se incorporó, sintiendo el frío del pavimento de mármol bajo sus pies descalzos.
Al contemplar su reflejo en el espejo del tocador, se reconoció a sí misma como la esposa de un estratega implacable.
Había albergado la convicción de poder moldearlo, de superar su frialdad mediante el cálculo social.
Ahora advertía la aterradora posibilidad de ser ella la moldeada por su influencia.
Llevó la mano hacia su vientre de manera instintiva, experimentando una incertidumbre inédita. ¿Asumiría la responsabilidad de portar su estirpe? ¿Protegería una descendencia vinculada a semejante legado?
Sacudió la cabeza, intentando disipar la opresión en la garganta. La perspectiva de la maternidad no formaba parte de sus previsiones tácticas. Sin embargo, una fuerza más profunda que el análisis frío comenzaba a fracturar su armadura.
—Aún no lo sabrá —susurró en la estancia vacía, sin tener la certeza de si hablaba por él... o por su propia supervivencia.
V. La cena filantrópica en Ginebra
Dos días más tarde, Alexander organizó un banquete de carácter filantrópico en un hotel de representación en Ginebra.
Convocó a altos representantes de la Organización Mundial de la Salud, diplomáticos suecos y directores de consorcios competidores.
Nadie entre los asistentes percibió que cada brindis constituía un ataque calculado contra las posiciones de su propio hijo.
Durante su intervención, Alexander abogó por la transparencia institucional y la cooperación sanitaria internacional.
—Mi trayectoria personal no guarda relación alguna con las actuaciones investigadas. Del mismo modo que la organización matriz que represento. —afirmó con aplomo—.
Un diplomático belga se inclinó sobre la mesa para replicar:
—Sin embargo, las imputaciones recaen de manera directa sobre su hijo...
—Es mayor de edad y actúa bajo su absoluta autonomía —sentenció Alexander—. Si ha conculcado la legalidad vigente, corresponde a las autoridades competentes depurar las responsabilidades pertinentes.
Un representante diplomático sueco elevó la copa con una sonrisa forzada.
—La colaboración siempre resulta encomiable, Herr von Lothar. Aunque la opinión pública exhibe una volatilidad imprevisible.
Alexander sostuvo la mirada sin pestañear.
—La opinión pública cambia con la misma rapidez que los titulares. Las estructuras sólidas sobreviven a ambas cosas. En el fondo de su vaso, el vino ostentaba la densidad visual de la sangre.
VI. La declaración de guerra
Malik examinó el comunicado oficial emitido por el consorcio a la mañana siguiente:
«El señor Alexander von Lothar, fundador del consorcio, manifiesta su absoluta disposición a cooperar con las autoridades sanitarias internacionales, desvinculándose plenamente de las actuaciones de la filial objeto de investigación.»
Lo leyó tres veces.
No experimentó ira.
Tampoco sorpresa.
Solo una claridad repentina.
Alexander acababa de hacer exactamente aquello que Malik necesitaba que hiciera: había establecido por escrito una separación formal entre la organización matriz y las operaciones de Némesis.
Malik dejó el documento sobre la mesa.
Después lo volvió a tomar.
Lo dobló cuidadosamente y lo guardó en una carpeta.
Su padre acababa de proporcionarle, sin saberlo, el instrumento que necesitaba para atacar la estructura desde dentro.
Pero había algo más.
La firma de Alexander al pie del comunicado convertía la ruptura en algo irreversible.
Malik permaneció unos segundos frente al ventanal.
—De modo que ha optado por declararme la guerra abierta —pronunció en voz baja.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Perfecto.