Capítulo 30
La mesa de los traidores
I. El telegrama en Ginebra
Ginebra. No se produjo ninguna advertencia previa. Únicamente la recepción de un telegrama de contenido inapelable:
«La operación con Némesis ha sido firmada. Malik Wexler, representante exclusivo. Zúrich, 14 de marzo.»
Alexander escrutó el texto con las manos temblorosas, recluido en la penumbra de su despacho. La luz de la tarde penetraba tenue a través de las persianas herméticas. Kibu permanecía inmóvil en el umbral, observándolo con la fidelidad incorruptible de una sombra.
—Carecía de atribuciones para ejecutar este movimiento —articuló Alexander en un murmullo apenas perceptible.
No obstante, la acción se había consumado.
Malik acababa de formalizar una alianza estratégica con Némesis AG, una entidad biotecnológica emergente con ramificaciones en Suiza y Canadá. La maniobra le otorgaba acceso directo a una de las líneas de investigación más lucrativas y oscuras vinculadas al consorcio familiar.
Los laboratorios de Némesis AG albergaban proyectos que trascendían con creces los límites de la ciencia convencional, operando en un terreno capaz de subvertir tanto la dinámica comercial como la propia integridad humana.
Alexander dejó el telegrama sobre la mesa.
—¿Quién autorizó la operación?
—La dirección de Némesis la ha ratificado por iniciativa propia —respondió Kibu.
Alexander levantó lentamente la mirada.
—Entonces ya no estamos ante una intrusión.
Kibu guardó silencio.
—Estamos ante una deserción.
La palabra quedó suspendida en la habitación.
Alexander se incorporó con lentitud, como si soportara una carga invisible sobre los hombros.
—Está construyendo su propio dominio al margen de la firma —advirtió Kibu.
Alexander negó con la cabeza.
—No se trata de un dominio —replicó con amargura—. Es un motín.
II. La recepción en Lausana
En paralelo, Malik rehusaba atender las llamadas procedentes de Davos mientras asistía a una recepción selecta organizada por inversores norteamericanos en Lausana.
Las salas resplandecían bajo la luz reflejada en el mármol pulido, entre el servicio de whisky escocés y las conversaciones sostenidas en cinco idiomas.
Malik se desplazaba con absoluta desenvoltura entre diplomáticos de carrera, antiguos operadores de inteligencia y directores de firmas farmacéuticas.
Fue en ese entorno donde reparó en ella por primera vez.
Léonie Vernet —descendiente de un alto diplomático suizo y de una antigua familia de la industria francesa— destacaba por su juventud, su formación académica en Oxford y una agudeza mental perceptible incluso en la manera en que observaba a quienes la rodeaban.
No mostró la menor complacencia ante su apellido ni ante su posición financiera. Esa indiferencia inicial fue, precisamente, lo que despertó el interés de Malik.
—¿Wexler? —preguntó ella al aproximarse—. El joven que pretende convertir la genética aplicada en un negocio.
Malik sostuvo su mirada.
—No sabía que mi reputación hubiera llegado hasta aquí.
—No ha llegado. La he observado.
Aquella respuesta le arrancó una leve sonrisa.
—Entonces usted debe de ser la señorita Vernet.
—Únicamente en parte. Carezco de títulos nobiliarios, pero conservo el linaje... y suficiente hastío como para desconfiar de los hombres que hablan demasiado de sí mismos.
—En ese caso, procuraré no aburrirla.
—Eso está por demostrar.
Léonie tomó una copa de la bandeja de un camarero y dirigió la mirada hacia el salón.
—¿Sabe qué resulta realmente interesante de usted, Malik?
—Ilumíneme.
—No su patrimonio. Tampoco su apellido.
Hizo una pausa.
—La manera en que observa a las personas antes de decidir qué utilidad pueden tener para usted.
Malik no respondió inmediatamente.
—¿Y eso le incomoda?
—No.
Léonie bebió un pequeño sorbo.
—Me interesa.
Por primera vez durante aquella velada, Malik dejó de contemplar el salón.
La observó únicamente a ella.
—En ese caso, quizá tengamos algo en común.
—No se precipite, señor Wexler.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en los labios de Léonie.
—Todavía no he decidido si quiero conocer al hombre o al estratega.
—¿Y si fueran la misma persona?
—Entonces será mucho más difícil confiar en usted.
Léonie se alejó unos pasos, dejándolo con la copa intacta entre los dedos.
Malik la siguió con la mirada.
Aquella mujer no había intentado acercarse a su poder.
Había intentado averiguar qué había detrás de él.
Y eso, más que cualquier otra forma de admiración, despertó su interés.
III. El anuncio del compromiso
El compromiso matrimonial fue anunciado por el propio Malik dos semanas más tarde, durante una cena familiar atravesada por una marcada tensión.
—Contraeremos matrimonio en primavera —informó sin preámbulos—. La familia Vernet mantiene canales diplomáticos de influencia en Washington y Viena. Además, dispone de propiedades en la Alta Saboya idóneas para establecer instalaciones operativas sin generar suspicacias.
Alexander escuchó la declaración sin pestañear.
Transcurridos unos largos segundos, asintió con lentitud.
—La institución matrimonial instrumentalizada como táctica corporativa... Resulta de una originalidad previsible, hijo mío.
—No más previsible que contraer nupcias por especulación o por simple cálculo de conveniencia —respondió Malik de inmediato.
Alexander sostuvo su mirada.
—¿Y ella lo sabe?
—Sabe lo suficiente.
Claire, que permanecía al otro extremo de la mesa, depositó la copa de vino sobre el mantel con rigurosa firmeza. Cerró los ojos durante un instante, buscando un respiro ante la evidencia del vacío emocional que rodeaba al muchacho.
—¿Y cuál es la postura de tu prometida? —inquirió en voz baja—. ¿La señorita Vernet comprende la realidad de la persona con la que se vincula?
Malik la encaró. Por primera vez apareció una vacilación apenas perceptible en su expresión.
—Posee la información estrictamente necesaria.
Hizo una pausa.
—Bastante más de la que tú dispusiste en su momento.
El silencio que siguió resultó más incómodo que cualquier reproche.
Claire bajó la mirada.
La réplica había sido cruel e innecesaria, pero Malik se la permitió sin el menor remordimiento.
Alexander, en cambio, permaneció observándolo.
No parecía interesado en el matrimonio.
Parecía interesado en la grieta que acababa de abrirse entre madre e hijo.
IV. Los reflejos en la biblioteca
Al caer la noche, Claire vagó en solitario por los senderos oscuros de la propiedad en Zúrich, bajo el perfume de los jazmines y la humedad de la tierra. La primavera se anunciaba en el ambiente, pero no en su interior.
La va a destruir, pensó con desolación.
Comprendía que Malik se había vuelto incapaz de distinguir entre el afecto y la utilidad.
El resentimiento y el cálculo habían ocupado el espacio que alguna vez pudo pertenecer a los sentimientos.
Ahora utilizaba a la joven como un engranaje más de su maquinaria de poder, del mismo modo que ella y Alexander habían convertido las relaciones humanas en instrumentos de supervivencia.
Y, a pesar de todo, sentía cómo su propio pecho se quebraba ante la tragedia.
En paralelo, Alexander se había confinado en la biblioteca, examinando los retratos de la galería familiar. Ninguno correspondía a vínculos de afecto. Ninguno había sido fundado en la lealtad.
—Al menos ha asimilado mis métodos a la perfección —susurró a la estancia vacía.
Kibu emergió desde el dintel.
—¿Recomienda una intervención preventiva, monsieur?
Alexander negó con la cabeza.
—Aún no. Permitámosle que se crea invulnerable. Es la única condición bajo la cual un estratega comete errores fatales.
A continuación, encendió un cigarro y observó cómo la columna de humo se elevaba hacia el artesonado.
—Todo imperio requiere su propia catástrofe —concluyó—. La diferencia es que, en esta ocasión, el destructor lleva mi misma sangre.
Mientras los preparativos del enlace se coordinaban con precisión diplomática, Malik intensificaba la consolidación de sus recursos.
Los primeros contratos vinculados a Némesis comenzaron a desplazarse hacia América del Sur.
Algunos conducían hasta instalaciones cuya existencia no figuraba en los registros públicos.
Otros mencionaban programas de investigación protegidos por sociedades intermediarias y financiados mediante cuentas que cambiaban de titularidad antes de cada transferencia.
Malik examinaba aquellos documentos con una atención cada vez más fría.
Al principio había buscado pruebas contra su padre.
Después había querido destruir su estructura.
Ahora empezaba a descubrir que podía utilizarla.
Y esa posibilidad era más peligrosa que cualquier archivo que Claire hubiera puesto en sus manos.
Una noche, frente a un expediente procedente de Brasil, Malik permaneció inmóvil durante varios minutos.
En la primera página figuraba una autorización que no había firmado.
En la segunda, una transferencia que él no había ordenado.
Y en la tercera, un nombre que conocía demasiado bien.
Alexander Wexler.
Malik cerró lentamente la carpeta.
Por primera vez comprendió que quizá Némesis no constituía el instrumento que él había elegido.
Tal vez alguien la había colocado deliberadamente en su camino.
La antesala del nuevo orden acababa de revelar su primera grieta.
Y, en algún lugar entre la sombra de Alexander y la ambición de Malik, alguien más estaba moviendo las piezas.