La sangre heredada Capítulo 28
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Capítulo 28

Cruce en la sombra

I. La advertencia en el Grand Hôtel

Zúrich se desdibujaba bajo un manto de neblina otoñal que atenuaba las formas de los edificios y borraba los límites de la ciudad.

En el salón privado del Grand Hôtel Dolder, Alexander Wexler permanecía inmóvil ante la mesa de caoba.

Su semblante, surcado por la tensión de los años recientes, reflejaba la concentración de un estratega que evaluaba la última línea de defensa de su imperio.

Sobre la superficie reposaba un dosier remitido por sus agencias de enlace en Berna. Contenía extractos de movimientos financieros, coordenadas geográficas de sociedades pantalla y capturas fotográficas de los movimientos recientes de su hijo.

Una de las instantáneas mostraba una figura distante en los alrededores de Lausana, en las inmediaciones del domicilio de Claire. Alexander la apartó con un gesto de impaciencia, profundamente irritado por el impacto que la vulnerabilidad de su entorno personal generaba en su esquema operativo.

Había detectado indicios de una injerencia externa dirigida a tutelar o instrumentalizar los pasos de Malik, y su red de contrainteligencia se hallaba movilizada para identificar el origen exacto de la amenaza.

Kibu dejó sobre la mesa un segundo informe.

—Hay algo más, monsieur.

Alexander levantó la mirada.

—¿Qué?

—Uno de nuestros contactos ha identificado el símbolo.

Alexander observó la fotografía que Kibu había deslizado hacia él.

La mariposa oscura.

Debajo aparecía una referencia escueta a una antigua red de intermediarios financieros y académicos que había operado discretamente en Europa desde los últimos años de la guerra.

Alexander permaneció en silencio.

—¿Quién está detrás? —preguntó.

Kibu tardó unos segundos en responder.

—Todavía no lo sabemos.

Alexander volvió a mirar el símbolo.

Por primera vez comprendió que quizá había cometido un error de cálculo.

Había supuesto que Malik estaba construyendo su propia red.

Tal vez alguien le había enseñado primero cómo hacerlo.

II. El café de la Bahnhofstrasse

En la otra vertiente de la ciudad, al amparo del bullicio comercial de la Bahnhofstrasse, Malik mantenía una cita en un reservado de iluminación escasa.

Ante él se encontraba Helena, vinculada a las redes de agitación política que operaban en los márgenes de la Europa central.

Su expresión combinaba la fascinación intelectual con la frialdad táctica; era, al mismo tiempo, su aliada en la infiltración y su compañera sentimental.

—La operación de sabotaje financiero contra las cuentas secundarias de la Fundación Wexler presenta riesgos severos —advirtió Helena, deslizando un sobre opaco sobre el mármol de la mesa—.

Si los servicios de inteligencia occidentales o las autoridades suizas detectan la manipulación de los fondos, no habrá cobertura institucional que te proteja.

Malik examinó el contenido del sobre sin inmutarse.

—La contabilidad de Alexander se sostiene sobre la simulación de legalidad —replicó en tono bajo—. Alterar los flujos de estas filiales constituye la única vía para obligarlo a comparecer en el terreno que he seleccionado.

Helena esbozó una media sonrisa, inclinándose ligeramente hacia él.

—Te mueves con una ambición implacable, Malik. Pero recuerda que el fuego que manipulas puede consumirte antes de alcanzar su objetivo.

Malik cerró el sobre.

—No pretendo salir ileso.

Helena dejó de sonreír.

—¿Entonces qué pretendes?

Malik sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Ganar.

No añadió nada más.

III. La convergencia invisible

Al mismo tiempo, un enlace con la cobertura de la inteligencia militar germana cruzaba el dintel del Grand Hôtel Dolder, dirigiéndose hacia la planta noble donde Alexander aguardaba el informe definitivo sobre las actividades de su hijo.

La silueta del emisario se deslizó por los pasillos alfombrados con la destreza silenciosa de los operadores que actuaban al margen de los registros oficiales.

A unas pocas calles de allí, Malik abandonaba el café junto a Helena.

Durante unos minutos, las dos trayectorias compartieron la misma ciudad sin llegar a cruzarse.

Alexander aguardaba respuestas.

Malik acababa de dar una nueva orden.

Y entre ambos, invisible todavía, comenzaba a cerrarse el círculo.