Capítulo 18
EL IMPERIO DE LAS SOMbrAS
I. Europa en llamas
(Katanga, 1942)
Londres ardía bajo el aullido constante de las sirenas antiaéreas y el crujido de los cristales en la calzada.
París respiraba en un silencio tenso, ocupada, pero manteniendo una compostura de piedra frente a los invasores.
Varsovia ya ni siquiera tenía voz: era únicamente una vasta extensión de polvo, escombros y memoria enterrada.
El mundo entero giraba desbocado sobre su propio espanto, y Alexander Wexler lo contemplaba arder desde la distancia del trópico como quien observa una hoguera ajena,
perfectamente consciente de que cada chispa en el frente europeo representaba una firma más en la consolidación de su imperio invisible.
En su despacho principal de Elisabethville ya no quedaban vestigios del joven ingeniero que había llegado con las botas manchadas de fango.
En su lugar se erigía un hombre maduro, rodeado de cartas topográficas, informes financieros y una red de hilos invisibles que conectaban puertos atlánticos y cancillerías.
—Los británicos ofrecen pago inmediato en lingotes de oro —informó Kibu, depositando un maletín de cuero sobre la mesa de caoba—. Y la delegación comercial de Berlín aceptará cualquier tarifa con tal de asegurar los cargamentos de wolframio del próximo mes.
Alexander hizo girar el globo terráqueo de bronce sobre la línea del Atlántico.
—Que sigan compitiendo en la puja. Vendemos únicamente al postor que garantice la liquidación al contado.
II. El eco del ausente
La mansión de la loma conservaba ahora un silencio denso y sin vida. Tras la partida de Madeleine hacia el continente europeo meses atrás, las galerías de mármol que en otra época resonaron con recepciones diplomáticas y música de cámara eran espacios fríos.
Alexander no echaba de menos la presencia de su esposa, pero los asuntos legales de la firma continuaban en un limbo administrativo a la espera de una resolución definitiva desde la metrópoli.
Sin la sombra de los Rochefort vigilando los pasillos del banco, Alexander manejaba la entidad con una libertad absoluta, aunque sabía que la estructura financiera del Banque Coloniale aún requería un cierre legal definitivo para ser cien por cien suya.
III. La advertencia del OSS
Esa misma tarde, el enviado especial de la diplomacia estadounidense se presentó en la sede central portando la determinación de una potencia emergente. No exhibía armas a la vista; únicamente portaba un maletín de cuero oscuro y una sonrisa diplomática.
—Señor Wexler —comenzó el agente, acomodándose frente al escritorio—. Ha logrado articular una red de abastecimiento formidable. Sin embargo, en el mando de Washington nos preguntamos si ha considerado el escenario que se abrirá cuando los cañones se apaguen.
—No dedico recursos a especular sobre el futuro —replicó Alexander mientras servía un vaso de licor—. Mi atención se centra exclusivamente en la coyuntura presente y en el margen de beneficio de cada embarque.
—La Oficina de Servicios Estratégicos le garantiza inmunidad operativa y salvoconductos comerciales en el Atlántico —propuso el estadounidense—. El resto de las condiciones dependerá de su disposición a colaborar de manera prioritaria con nuestras navieras.
Alexander apuró el trago con lentitud. La calidez del alcohol le recorrió la garganta: un presagio sutil de que el margen de neutralidad se estrechaba irremisiblemente.
IV. La línea del horizonte
Claire había dejado de alimentar expectativas de futuro; su afecto se manifestaba en una serena protección materna. Desde la veranda de la pensión en Elisabethville, observaba a Malik jugar en el patio interior con una vara de madera y un cubo de latón.
Alexander solía presentarse al anochecer sin previo aviso. Se acomodaba en la penumbra del pórtico, contemplaba los juegos de su hijo en silencio y se retiraba sin estridencias, marcado por el agotamiento.
—¿Crees que este territorio llegará a pertenecerle algún día? —indagó Claire una tarde de bochorno.
—Pertenecerá a su generación únicamente si logramos que sobreviva a la tormenta que viene —respondió Alexander con gravedad.
V. El cuaderno negro
En las concesiones mineras lo llamaban «el Rey sin corona del Congo». No requería guardias armados: el temor a desabastecer a cualquier comprador constituía su mejor blindaje.
Esa misma noche, a solas en su despacho, abrió el cuaderno de tapas de cuero negro y trazó las siguientes líneas con pulso firme:
«He negociado con todas las facciones. He sacrificado alianzas, afectos y principios. Sin embargo, no experimento remordimiento alguno. La estructura que he edificado posee una magnitud superior a cualquier inclinación personal,
una severidad más rotunda que la verdad y una permanencia que sobrevivirá a los imperios que hoy se destruyen en Europa.»
Cerró el volumen y giró la llave del escritorio. Y mientras la noche tropical envolvía Katanga y el continente europeo continuaba ardiendo en la distancia, Alexander contempló el cielo sombrío y murmuró para el silencio de la estancia:
—Que este sacrificio tenga sentido. Que alguien, cuando el humo se disipe, sea capaz de comprenderlo.