Capítulo 16
Los que escriben la historia
I. El asedio del capital
El embargo dictado por el Banque Coloniale amenazaba con paralizar las minas en cuestión de días.
Las cuentas operativas de Alexander estaban congeladas y la burocracia belga exigía auditorías.
Sin embargo, Madeleine había pasado por alto un detalle crucial: Alexander no negociaba con divisas locales, sino con el mineral que la guerra exigía con desesperación.
En su despacho de Elisabethville, Alexander desplegó sobre la mesa de caoba las garantías de pago emitidas por firmas neutrales de Lisboa. Kibu aguardaba de pie en la penumbra.
—Madame Rochefort ha bloqueado las líneas de crédito en Bruselas —informó Kibu en voz baja—. Los proveedores de maquinaria amenazan con detener las excavadoras de Lulua si no reciben sus pagos el viernes.
—Madeleine juega con las reglas de la banca colonial en tiempos de paz —respondió Alexander, estampando su firma en una orden de flete—. Pero Europa se está desangrando. Los compradores portugueses y suizos no necesitan cheques belgas; pagan en lingotes de oro al contado a pie de muelle.
Alexander alzó la vista hacia su ayudante con una frialdad matemática.
—Paga a los capataces en efectivo con el oro de la última partida. Que Madeleine conserve los libros de contabilidad del banco; nosotros conservamos el control de la roca.
II. La embajada en la sombra
(Lisboa, otoño de 1940)
Para consolidar la ruta de evasión del embargo, Alexander tuvo que trasladarse semanas después a la neutral Lisboa, el nido de espías y diplomáticos de Europa.
En un salón privado de la legación suiza, tres hombres permanecían sentados ante una mesa de caoba. Uno vestía el uniforme militar alemán; otro, un impecable traje gris británico; el tercero, Alexander Wexler, llevaba una chaqueta de lino claro sin insignias.
—Señores —expuso Alexander en tono bajo pero firme—. El flete de tres toneladas de wolframio concentrado saldrá este mes, camuflado bajo partidas de caucho y suministros médicos.
El representante británico se acomodó en su asiento con ceño fruncido.
—¿Por qué la inteligencia británica debería abonar la tarifa en lingotes si sabemos que la señora Rochefort ha intervenido sus cuentas en el Congo?
Alexander se inclinó hacia adelante con una expresión gélida.
—Porque la señora Rochefort controla los papeles, pero yo controlo los trenes que sacan el mineral de Katanga. Si el Mando Aliado rechaza las condiciones de entrega al contado, la partida completa se redirigirá a los astilleros del Norte.
El oficial alemán sonrió con frialdad. Comprendían que, al margen de las disputas legales en la colonia, Wexler era el único hombre capaz de mover la carga por las fronteras.
III. El hombre del OSS
Al regresar de su viaje a través del puerto neutral de Luanda, Alexander fue abordado en el salón del Hotel das Índias por un hombre de modales pausados que se identificó como Edward Lang, funcionario de la recién creada Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) de Estados Unidos.
—Señor Wexler —comenzó Lang en un alemán fluido—. La inteligencia norteamericana tiene constancia de que su red de transporte es la única que sigue operando con eficacia en África Central a pesar del bloqueo del Banque Coloniale.
—¿Cuál es la propuesta de su gobierno? —indagó Alexander sin probar el whisky que le ofrecían.
—Garantizarle salvoconductos comerciales, cobertura financiera al margen del banco de su esposa y prioridad absoluta de compra para nuestros arsenales. A cambio, queremos el monopolio de las reservas de Lulua y los informes sobre los compradores alemanes que se reúnen con Madame Rochefort.
Alexander midió el alcance de la oferta. Los americanos le ofrecían la vía perfecta para aplastar el cerco financiero de Madeleine.
—Recibirá la notificación cuando la próxima partida esté en los vagones —concluyó Alexander poniéndose de pie.
IV. La última carta de Madeleine
Cuando Alexander regresó a su residencia de la loma en Elisabethville, la casa estaba envuelta en un silencio sepulcral. Los sirvientes habían desaparecido y las luces del gran salón permanecían apagadas.
Kibu lo esperaba en el vestíbulo con la ropa manchada de polvo del camino y un sobre de papel pesado en la mano.
—Madame Rochefort ha abandonado la residencia esta tarde, monsieur —informó Kibu—. Ha tomado el tren nocturno con dirección al puerto, acompañada por los apoderados del banco.
Alexander abrió el sobre. En el interior no había demandas judiciales ni balances contables. Había una fotografía reciente de Malik, tomada a distancia en el patio de la casa de Claire, y una nota manuscrita con la caligrafía afilada de Madeleine:
«Has ganado esta batalla por el mineral, Alexander, comprando a los americanos con la tierra que era de mi padre. Pero el dinero no borrará la naturaleza de tus actos. Tu bastardo crecerá sabiendo que su existencia es el fruto de una traición,
y las deudas de sangre que has contraído en esta colonia las pagará él cuando tú ya no estés para protegerlo.»
Alexander apretó el papel entre sus dedos hasta arrugarlo, sintiendo cómo el fuego de la chimenea iluminaba la estancia vacía.
V. La trinchera definitiva
Esa misma noche, Alexander bajó hasta la casita de la Misión. No intentó cruzar el umbral; se mantuvo en el límite del porche, bajo la llovizna densa del trópico.
Claire abrió el ventanuco de la puerta, manteniendo la mano sobre la culata de la pistola en la penumbra. Detrás de ella, en la penumbra del cuarto, Malik dormía ajeno a las guerras del exterior.
—Madeleine se ha ido de Katanga —dijo Alexander con la voz cansada, traspasado por la humedad de la noche—. Los americanos han asumido la protección de las minas. Ya no hay ejecutores del banco buscando al niño.
Claire lo observó a través de la rejilla con una fijeza implacable.
—Madeleine se ha ido, pero la sombra que trajiste a esta casa se queda para siempre, Alexander. Malik está a salvo de ella, pero tendrá que crecer protegido de ti.
Alexander no rebatió la afirmación. Dio media vuelta y caminó de regreso hacia la residencia, acompañado únicamente por Kibu, mientras las luces de las fundiciones de Katanga iluminaban el cielo nocturno.
La guerra en Europa continuaba devastando continentes, pero en los dominios de la mina, Alexander Wexler se había quedado solo en el vértice de su imperio de hierro y ceniza.