La sangre heredada Capítulo 7
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Capítulo 7

EL BAILE DE LAS MÁSCARAS

I. La hendidura en la red

La noticia llegó al amanecer, arrastrada por un mensajero de la policía colonial cuyo caballo venía cubierto de espuma y sudor.

Una caravana que transportaba una tonelada de wolframio de alta pureza desde los yacimientos de Luvua hasta el almacén central de Katanga había sido emboscada en un tramo cerrado de la selva, a escasos quinientos metros del puente de madera que cruzaba el río Mombwe.

Tres guardias indígenas yacían muertos en el barrizal; un cuarto había desaparecido sin dejar rastro.

Cuando los refuerzos de la Force Publique alcanzaron el lugar, los camiones estaban intactos pero vacíos.

Ni un solo saco del preciado mineral quedaba en las cajas.

Elisabethville, habitualmente aletargada en su sopor tropical, pareció convulsionar.

Las campanas de la delegación provincial repicaron llamando a comisión de urgencia; los telegramas en clave hacia la central en Bruselas se multiplicaron y el aire de los pasillos de la comandancia se volvió denso por el humo de los cigarros y el nerviosismo de los oficiales.

En la oficina de seguridad, el jefe de distrito consumía cigarrillo tras cigarrillo con los ojos inyectados en sangre. Alexander fue llamado a declarar de inmediato.

—¿Qué explicación técnica me da sobre esto, ingeniero Wexler? —le espetó el capitán De Smet sin ofrecerle asiento ni saludo alguno—. La ruta de Luvua está bajo su supervisión directa desde hace dos semanas.

Alexander se mantuvo firme en el centro de la habitación, con la mirada fría y calculadora.

—El tramo del río Mombwe es un cuello de botella evidente —respondió con voz pausada y firme—. Lo advertí por escrito en mi informe del pasado martes. Solicité un escolta motorizado adicional y se me denegó por falta de presupuesto. Los documentos están archivados en esta misma delegación.

Un silencio tenso cayó sobre la estancia. Un oficial de la policía murmuró algo sobre una filtración interna, mientras que un delegado comercial insinuó que el mineral emboscado ya debía de estar cruzando la frontera hacia territorio bajo influencia alemana.

—¿Sospecha usted de sabotaje organizado, o es simplemente incapacidad de nuestros propios puestos de control? —interrumpió Claire Dubois, apareciendo desde la penumbra del pasillo. Vestía un traje de lino claro impecable que contrastaba con los uniformes ajados de los militares.

Nadie se atrevió a replicarle. Alexander aprovechó la interrupción para tomar la iniciativa:

—Propongo instaurar un sistema de patrullas móviles con radio en los tres cruces principales y alterar los horarios de salida de forma aleatoria —declaro, mirando fijamente al jefe de distrito—.

Pero ninguna medida servirá si la información sobre las hojas de ruta sigue saliendo de estas oficinas antes de que los camiones arranquen. Hay un topo en la cadena de mando.

El jefe de distrito asintió lentamente.

—Asuma usted el control directo del nuevo protocolo de transporte, Wexler. A partir de hoy, usted autoriza cada convoy. Y si hay un traidor entre nuestro personal, quiero su nombre sobre mi mesa antes de que lo averigüen los inspectores de la capital.

Al salir al patio central, el sol caía como plomo sobre la tierra roja. Claire caminó a su lado en silencio hasta la sombra de las acacias.

—Has estado magistral —murmuró ella con una sonrisa casi imperceptible—. Has transformado un desastre operativo en un aumento de tu jurisdicción. Empiezan a temerte, Alexander. Eso es mucho mejor que agradarles.

Él no contestó. Se caló el sombrero y continuó su marcha. El margen de error se había reducido a cero, pero el control sobre el tráfico de la provincia estaba cada vez más cerca de sus manos.

II. La gala de los Rochefort

El gran salón del Cercle Européen relucía como una isla de opulencia flotando sobre la miseria de la colonia.

Mientras en el exterior la noche caía húmeda sobre las chozas de chapa y las calles polvorientas del barrio nativo, en el interior el mármol italiano, las lámparas de araña de cristal de Bohemia y las copas de champán configuraban una escenografía de poder absoluto.

Alexander cruzó el vestíbulo entre la rigidez ceremonial de los conserjes.

Llevaba un esmoquin de corte impecable —conseguido por Claire a través de un sastre francés de la capital— y, aunque su porte conservaba la disciplina sobria de su formación austriaca, sus ojos se movían con la astucia de quien examina un campo de batalla.

Claire lo esperaba junto a una de las columnas corintias. Su vestido de satén marfil caía en pliegues perfectos, acentuando la elegancia calculadora que la caracterizaba.

—No bebas demasiado —le susurró al oído al tomar su brazo—. Hoy no venimos a divertirnos. Hoy se decide si te quedas como un empleado ambicioso o si te sientas en la mesa donde se reparte el Congo.

Fue el suizo Olivier Manz quien los guió a través de la multitud de cónsules, inversores belgas y señoras enjoyadas hasta la mesa de honor. Allí, presidiendo la velada con la compostura de un monarca laico, se encontraba Émile de Rochefort.

De Rochefort no era un simple financiero; era el director del Banque Centrale du Congo y el hombre cuyas firmas autorizaban los créditos para la extensión del ferrocarril y las concesiones mineras más codiciadas de Katanga.

Se decía que sus cartas personales a Bruselas tenían más peso que las memorias del propio gobernador general.

—Ah, el joven ingeniero Wexler —dijo Émile, extendiendo una mano llena de anillos sin llegar a levantarse de su sillón—. Mademoiselle Dubois me ha hablado de su extraordinaria capacidad para resolver contratiempos en las minas.

—Espero que sus palabras hayan sido benignas, señor de Rochefort —respondió Alexander estrechando su mano con la presión justa.

—Fueron precisas, que es algo mucho más valioso —repuso el banquero con una sonrisa helada que no alcanzó sus ojos.

Junto a él se hallaba su hija, Madeleine de Rochefort.

No poseía la belleza convencional de las damas de la corte colonial, pero su presencia eclipsaba a cualquiera en la estancia.

Tenía una mirada gris, penetrante y despectiva hacia el teatro social que la rodeaba, y sostenía su copa de cristal con una apatía estudiada.

—¿Usted viene de Europa, verdad, señor Wexler? —preguntó Madeleine, clavando sus ojos en los de Alexander—. Conserva una lucidez en la mirada que suele desaparecer tras el primer año en esta tierra.

—Vengo de Estiria, en Austria —contestó él—. Una región de montañas rígidas y minas profundas. Un paisaje mucho más sobrio que este, pero donde los hombres aprenden temprano el valor de la discreción.

—Una virtud escasa en Elisabethville —comentó ella con una leve inclinación de cabeza—. Aquí la gente habla demasiado para ocultar que no posee nada verdadero.

Claire observaba el intercambio desde el otro lado de la mesa.

Mantenía una expresión cortés, pero sus nudillos blancos al apretar el tallo de su copa delataban una tensión fría.

La conversación fluyó hacia los mercados de metales en Londres y la creciente demanda de acero en el continente europeo, un terreno donde Alexander demostró un conocimiento técnico implacable sin llegar a resultar soberbio.

Cuando la orquesta atacó los primeros compases de un vals de Strauss, Émile de Rochefort se retiró a un reservado para conferenciar con un alto mando militar. Madeleine se puso de pie y miró directamente a Alexander.

—¿Me concederá esta pieza, ingeniero?

Alexander no dudó. Desplazó la silla y le ofreció el brazo.

—Será un honor, mademoiselle.

En la pista de baile, rodeados por los giros mecánicos de la élite colonial, Madeleine lo miró de frente mientras se desplazaban sobre el parqué pulido.

—Mi padre analiza a los hombres en función de tres criterios —dijo ella en voz baja—: si saben calcular un beneficio, si saben guardar un secreto y si son capaces de actuar cuando la moral oficial estorba. Él cree que usted reúne las tres condiciones.

—¿Y qué piensa usted, Madeleine? —preguntó Alexander manteniendo el paso con fluidez.

—Pienso que usted es mucho más peligroso de lo que mi padre imagina. Porque los hombres que vienen del barro y aprenden a vestir esmoquin no se conforman con las migajas del banquete.

Al finalizar la pieza, Émile de Rochefort los contemplaba desde la distancia con un gesto de aprobación distante.

—Un baile excelente, Wexler —dijo el viejo banquero cuando regresaron a la mesa—. Pero recuerde una regla fundamental de esta ciudad: aquí solo se premia a quien sabe llevar el compás sin pisar a los dueños del salón.

III. El pacto en el muelle

La madrugada trajo consigo una humedad densa que la música y el champán del club no habían logrado disipar. Alexander apenas tuvo tiempo de despedirse de Madeleine cuando Claire lo tomó del brazo y lo condujo discretamente hacia la salida trasera de los jardines.

Un automóvil oscuro sin insignias los esperaba en un callejón lateral. A bordo, el trayecto se realizó en un silencio tenso, alejándose de las avenidas iluminadas para adentrarse en la zona industrial que bordeaba el río.

El vehículo se detuvo frente a un almacén de ladrillo visto con los portones entreabiertos. En el interior, iluminado apenas por la luz de un farol de acetileno, Olivier Manz los esperaba junto a varias cajas de madera reforzada con zunchos de hierro.

—Llegas a tiempo, Alexander —dijo el suizo lanzando la colilla de su cigarrillo al suelo húmedo.

Con la punta de las botas, Manz palanqueó la tapa de una de las cajas. En el interior reposaban sacos de arpillera llenos de mineral de wolframita de máxima pureza, refractando la luz con un brillo metálico y oscuro.

—Esta partida no figura en ningún libro de la Société Minière —explicó Claire, dando un paso al frente—.

Corresponde al desvío del sector norte. Saldrá en una barcaza fluvial antes del amanecer con destino a un carguero sin bandera matriculado en Portugal.

Necesitamos que firmes los salvoconductos de aduana y borres el registro de entrada en la estación de carga.

Alexander se acercó a los cajones y tomó un fragmento de mineral entre sus dedos. La piedra estaba fría y pesada.

—Esto es un delito de alta traición a la administración colonial si nos descubren —dijo mirando alternativamente a Claire y a Manz.

—Solo es traición si fracasas, querido —respondió Claire con voz suave pero inflexible—. Este cargamento está respaldado por hombres que están por encima de cualquier tribunal de la provincia. Tu firma es el último eslabón que falta para cerrar el círculo.

—¿Y cuál es mi participación exacta?

—Un cinco por ciento del valor neto depositado en una cuenta numerada en Ginebra —intervino Manz—. Más que suficiente para que dejes de depender de un sueldo de ingeniero supervisor.

Alexander permaneció inmóvil durante unos segundos. Sabía que al estampillar esos documentos estaba quemando definitivamente las naves de su antigua vida. Ya no habría retorno posible a la seguridad de la legalidad.

—Está bien —dijo finalmente sacando su pluma del bolsillo del esmoquin—. Lo haré. Pero que quede claro una cosa: si este convoy cae, nos arrastrará a todos. No seré el único chivo expiatorio.

Claire sonrió con una frialdad deslumbrante.

—Nadie va a caer, Alexander. Bienvenido al verdadero gobierno de Katanga.

IV. La huella en la penumbra

Regresó a su residencia cuando las primeras luces del alba comenzaban a teñir el cielo de un tono gris plomizo. Se quitó la chaqueta del esmoquin, se desabrochó el cuello de la camisa y salió a la terraza que daba a los barrios orientales.

Kibu emergió de la sombra del porche como una presencia fluida y constante. Sin decir una sola palabra, le sirvió un vaso de whisky y se retiró a dos pasos de distancia.

Alexander contempló el líquido en el cristal. A lo lejos, las chimeneas de la zona de fundición comenzaban a expulsar sus columnas de humo negro, mientras el silbato de la primera plataforma ferroviaria marcaba el inicio de la jornada de trabajo para miles de mineros.

Se acercó a su mesa de despacho, tomó su cuaderno de notas y escribió con trazo firme sobre la página en blanco:

«El honor en esta tierra es solo un lujo de los débiles. De Rochefort maneja el dinero, Claire maneja las influencias y los militares manejan la fuerza. Yo voy a manejar el mineral. He firmado los pasaportes de la mercancía clandestina y no siento el menor remordimiento. La duda ha muerto.

A partir de hoy, yo fijo mis propias reglas.»

Cerró el cuaderno de un golpe seco, apuró el trago de una sola vez y observó cómo la ciudad despertaba bajo el sol implacable. Alexander Wexler había dejado de ser un peón en la maquinaria del Congo: acababa de convertirse en uno de sus arquitectos secretos.