Capítulo 6
LAS REGLAS DEL JUEGO
I. La villa del consulado
El camión de la Compagnie dejó a Alexander en el extremo sur de Elisabethville, donde el polvo rojo de la carretera de las minas daba paso al asfalto impecable del barrio diplomático.
Detrás de él, guardando una distancia calculada de dos pasos, Kibu caminaba en silencio portando el maletín de piel con los informes técnicos del yacimiento.
Elisabethville no mostraba la miseria abierta de la cantera de Kivu Sur. Aquí, el dominio colonial se disfrazaba de villas neoclásicas, setos de mirto cuidadosamente podados y verjas de hierro forjado que protegían los jardines de los directivos de la Union Minière y las delegaciones extranjeras.
Alexander se detuvo ante la fachada de la Société Minière Belge únicamente el tiempo indispensable para retirar su nueva acreditación oficial.
La recomendación firmada por Claire y el peso de las llamadas de la delegación alemana habían surtido un efecto inmediato: su nombramiento como inspector jefe de control de fletes para el sector norte ya estaba redactado.
Ahora poseía la autoridad legal para inspeccionar, clasificar y autorizar la salida de los cargamentos de mineral. El sello oficial estaba en su bolsillo.
Reajustó el nudo de su corbata y continuó la marcha hacia la avenida de los Cedros. Al fondo de la calle, resguardada tras una muralla de piedra blanca sobre la que ondeaba la bandera con la águila de la República de Weimar, se alzaba la residencia privada del cónsul von Lücke.
A través de los barrotes de la verja de entrada, Alexander distinguió a Kurt Reinhardt. El alemán vestía un impecable traje de lino claro y conversaba en el porche con un hombre mayor, de cabello canoso y porte militar.
—Espera aquí —le dijo Alexander a Kibu, señalando la sombra de una acacia frente a la entrada.
El muchacho asintió en silencio, cruzando las manos sobre el regazo mientras sus ojos oscuros registraban cada movimiento de los guardias del consulado.
Alexander cruzó el umbral de la verja, consciente de que al subir las escaleras de aquella villa dejaba de ser un mero técnico de la compañía para convertirse en el pivote de una conspiración internacional.
II. El lenguaje de los balances
El nuevo despacho de Alexander era una estancia austera con vistas al patio trasero de la delegación, donde se amontonaban bidones de combustible y cajas de maquinaria etiquetadas en francés, inglés y alemán.
Un escritorio masivo de madera de teca dominaba el espacio, flanqueado por una máquina de escribir Underwood, un tintero de bronce y un ventilador de paleado que chirriaba al girar.
—Señor, este es Gaspard —dijo una voz tímida desde la puerta.
Era un joven nativo de mirada inteligente y manos delgadas, vestido con un uniforme impecable de tela cruda.
—Sabe mecanografiar, habla francés y comprende el alemán técnico —añadió el celador antes de retirarse.
Alexander saludó al joven con una breve inclinación de cabeza y, sin perder un segundo, se dirigió al archivador metálico del fondo.
Utilizando la llave que le acababan de entregar, abrió las puertas de chapa.
Dentro se acumulaban decenas de carpetas marcadas con etiquetas precisas: Extraction, Transport, Commissions, Fret Spécial.
Alexander tomó los tomos y los desplegó sobre la mesa de teca.
Los números no mentían. Tras las columnas ajustadas de los balances oficiales se ocultaba una contabilidad paralela perfectamente estructurada: por cada tonelada de mineral de wolframio que se registraba formalmente para su envío al puerto de Matadi,
había otra partida equivalente que se desviaba hacia rutas ferroviarias secundarias en dirección al sur.
Los nombres de los destinatarios finales figuraban en blanco, pero las comisiones en francos belgas y divisas europeas eran astronómicas.
El wolframio era la clave de todo. El metal denso que permitía templar las herramientas de corte industrial y los cañones de la artillería pesada. Todo en aquella oficina giraba en torno a su tráfico discreto.
Aquella misma tarde, Alexander fue convocado a una reunión de trabajo en el pabellón directivo.
La sala estaba equipada con ventiladores modernos de latón y dominada por un retrato al óleo del rey Leopoldo II.
Alrededor de una mesa ovalada se sentaban cinco hombres: cuatro directivos belgas de rostro curtido y un alemán más joven, de traje impecable y mirada escéptica.
—¿El nuevo jefe de fletes? —preguntó el alemán repasando una hoja—. Wexler. Austriaco.
Un belga de cabello canoso y vientre prominente le hizo una señal con la mano para que ocupara una silla vacía.
—En esta mesa no se viene a teorizar, Wexler —dijo con voz rasposa—. Se viene a resolver los problemas de transporte y a garantizar que los cupos semanales salgan a tiempo hacia la costa.
Durante dos horas, Alexander escuchó en silencio.
Anotó rutas, nombres de capitanes de barco, calendarios de la red ferroviaria y los montantes de las «atenciones sociales» que debían entregarse a los inspectores de aduanas.
Estudió las rivalidades sutiles entre los presentes, las miradas de desconfianza y los vacíos de la información.
Estaba aprendiendo la verdadera arquitectura del poder colonial.
III. Cenas en el Club Équateur
La invitación formal llegó a su pensión al caer la tarde. Era una tarjeta de papel de hilo, escrita con una caligrafía elegante en tinta violeta:
«Esta ciudad es menos aburrida de lo que aparenta si se sabe en qué mesa sentarse. Esta noche, a las ocho. Club Équateur. No faltes. — C.»
Alexander leyó la nota, se acercó a la lámpara de aceite y la sostuvo sobre la llama hasta que el papel quedó reducido a ceniza negra. Kibu, desde una esquina del cuarto, observó la escena en silencio absoluto.
El Club Équateur no figuraba en las guías oficiales de Elisabethville; era un santuario privado para la élite de la colonia.
Protegido por una alta verja de hierro fundido y densas filas de palmeras, el edificio presentaba una arquitectura de inspiración afrancesada con terrazas de mármol blanco importado de Italia.
Un camarero con librea de seda lo condujo hasta la terraza del piso superior.
Claire Dubois lo esperaba sentada junto a una mesa con vista a los jardines iluminados por faroles de gas.
Lucía un vestido de gasa azul noche que contrastaba con la palidez de su piel, y sostenía una copa de champán entre sus dedos impecables.
—Puntual, Alexander —dijo con una sonrisa en la que se mezclaban la calidez y el cálculo—. Una virtud extraña en esta parte del mundo.
—No sabía que formaba parte de tu lista de invitados —respondió él al sentarse.
—Siempre lo estuviste. Solo que ahora ocupas un puesto oficial desde el que puedes sernos verdaderamente útil.
Dos sirvientes silenciosos sirvieron vino helado en copas de cristal. A su alrededor, diplomáticos, representantes de firmas de armamento europeas y altos oficiales de la Force Publique conversaban en francés, inglés y alemán en un ambiente de sofisticación artificial.
—Esta es la verdadera trastienda de la guerra que viene —murmuró Claire inclinándose levemente hacia él—.
Los hombres que ves en estas mesas no extraen la roca con sus manos; compran el metal que moverá los tanques en Europa.
El wolframio es la divisa secreta. Tú manejas los balances oficiales de transporte.
Yo conozco las necesidades de los compradores.
—¿Y qué esperas que haga yo? —preguntó Alexander mirándola fijamente a los ojos.
—Te harán una propuesta —dijo ella en voz muy baja, rozando con sus dedos el borde de la copa—. Un envío fuera de inventario. Te dirán que lo pienses. Tú aceptarás, porque sabes que la neutralidad en este lugar equivale al fracaso.
—¿Y tú qué ganas con ponerme en esta posición?
—Ventaja, Alexander —respondió Claire con una mirada helada y seductora a la vez—. En Katanga, los que no arriesgan terminan trabajando para los que sí lo hacen. Nadie asciende en la Compagnie manteniendo las manos completamente limpias.
IV. La frontera cruzada
La propuesta no tardó en materializarse. Dos días después, en un almacén de carga situado en las afueras de la ciudad, un inspector belga al que todos llamaban simplemente Le Flamand abordó a Alexander mientras revisaba los precintos de un vagón.
—Hay un cargamento especial de cinco cajas de mineral concentrado que debe salir el jueves de madrugada —dijo el flamenco sin rodeos, entregándole una hoja de ruta sin membrete oficial—. No pasará por la báscula central. Necesitamos que firmes el pase de salida de la estación.
—¿A quién va dirigido? —preguntó Alexander.
—A un intermediario en la frontera. Un hombre con pasaporte suizo que paga en divisa extranjera. Claire me ha dicho que eres una persona de fiar.
Alexander sostuvo el papel en la mano durante unos largos segundos. Sabía exactamente lo que significaba firmar aquel documento: era el paso definitivo de la administración legal al circuito del contrabando internacional de guerra.
Regresó a su residencia con el documento en el bolsillo.
Estuvo horas caminando en silencio por el salón, sopesando las consecuencias de la decisión.
Kibu lo observaba desde el porche, inmóvil como una estatua.
Poco antes de la medianoche, Claire se presentó en la vivienda sin previo aviso.
Se sirvió un trago de whisky y se apoyó contra la mesa de centro.
—Estás dudando —dijo con tono calmado.
—Es un delito oficial si la dirección central en Bruselas audita los libros —contestó Alexander.
—Bruselas no va a auditar nada, Alexander —dijo ella acercándose hasta quedar a pocos centímetros de su rostro—.
Los mismos directores que firman los discursos morales en Bélgica son los que cobran los dividendos de estas operaciones nocturnas.
Si te mantienes al margen, te descartarán como a un burócrata cobarde.
Si firmas, te convertirás en uno de los nuestros.
Alexander la miró detenidamente. No había rastro de culpabilidad en los ojos de Claire; solo una aceptación pragmática del mundo tal como era.
El jueves a las cuatro de la madrugada, un camión cubierto por una lona pesada se detuvo en el muelle de carga secundario de la estación.
Kibu subió directamente al asiento del copiloto sin necesidad de que Alexander le diera orden alguna.
En el almacén privado de la frontera, un hombre alto de traje claro y sombrero de fieltro recibió las cajas, entregó un sobre grueso abultado con billetes de banco a Alexander y le ofreció un apretón de manos breve y firme. No hubo recibos, ni nombres, ni firmas.
Esa misma noche, Alexander se sentó ante su escritorio en Elisabethville. A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban bajo un cielo despejado y salpicado de estrellas, mientras el aire traía el olor acre del aceite de los motores y la humedad pesada de la noche tropical.
Kibu se acercó en silencio, le sirvió un vaso con dos dedos de whisky y se retiró al porche sin decir palabra.
Alexander sostuvo el cristal contra la luz tenue de la lámpara. El trago le abrasó la garganta con una fuerza seca, pero su mente permanecía absolutamente despejada. Abrió el cuaderno de cuero y escribió en la última línea con trazo firme:
«Para sobrevivir en el Congo basta con acatar las órdenes. Pero para mandar sobre este lugar es imprescindible aprender a mancharse las manos. He cruzado la línea.»
Cerró el cuaderno de un golpe seco, apagó la luz de la estancia y miró hacia la oscuridad de la ciudad. Alexander Wexler había dejado de ser un peón en el tablero colonial; ahora jugaba su propia partida.