Capítulo 10 - La Casa de los Decimios #2
—Buena tierra. Buen mar. Y buena gente. Tu padre era conocido allí.
Lucio sintió un nudo en la garganta.
—¿Lo conociste?
—No en persona. Pero su nombre sonaba en los muelles. Decían que era un hombre honrado. De los que ya no quedan muchos.
Lucio bajó la mirada. No sabía si aquel elogio era cierto o si el capitán solo intentaba ganarse su favor, pero le reconfortó más de lo que esperaba.
—Gracias —dijo.
El capitán le dio una palmada en el hombro.
—Haz que tu nombre suene igual. Roma escucha más de lo que parece.
El negocio crecía. Publio lo enviaba a negociar en su nombre, a revisar contratos, a inspeccionar mercancías.
Lucio aprendió a distinguir un sello auténtico de uno falsificado, a leer el titulus pictus [107] de las ánforas, a detectar cuándo un escriba había «redondeado» cifras en su propio beneficio.
Pero también aprendió algo más importante: a leer a las personas.
Una tarde, mientras regresaba del puerto, un hombre de túnica limpia y sonrisa demasiado amplia se le acercó.
—¿Lucio Decimio?
Lucio se detuvo. Aún no se acostumbraba a que lo llamaran así.
—Sí.
—Me han dicho que eres el hombre adecuado para ciertos… arreglos.
Lucio frunció el ceño.
—No sé de qué hablas.
El hombre sonrió más.
—Todos sabemos que el comercio es un mar agitado. A veces conviene tener amigos que calmen las aguas.
Lucio entendió. Sobornos. Favores. Trampas.
—No necesito ese tipo de amigos —respondió.
El hombre inclinó la cabeza, como si hubiera esperado esa respuesta.
—Roma es grande, muchacho. Y no todos los caminos son rectos. Recuerda mis palabras.
Se alejó sin más. Lucio lo observó desaparecer entre la multitud. No sabía si había rechazado una trampa o una advertencia. Quizá ambas.
El verano llegó con un calor sofocante. El Tíber olía a barro caliente y a sudor, y los esclavos trabajaban con el torso desnudo, cubiertos de sal y polvo. Lucio pasaba largas horas en el puerto, supervisando cargamentos que parecían no terminar nunca.
Una tarde, mientras revisaba un lote de ánforas de salazón, un joven estibador se acercó corriendo.
—¡Señor Lucio! ¡Hay un problema en el almacén tres!
Lucio dejó la tablilla y lo siguió. El almacén estaba lleno de ánforas apiladas hasta el techo, y un grupo de hombres discutía acaloradamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lucio.
Un escriba, sudoroso y nervioso, le mostró una tablilla.
—Las cuentas no cuadran. Faltan seis ánforas del lote de Hispania.
Lucio examinó la tablilla. Luego miró a los hombres.
—¿Quién tuvo acceso al almacén?
Hubo un silencio incómodo.
—Todos nosotros —dijo uno de los estibadores.
Lucio los observó uno a uno. Había aprendido a leer miradas, gestos, silencios. Y vio algo en los ojos del más joven: miedo.
—Tú —dijo, señalándolo—. Ven conmigo.
El muchacho temblaba.
—Yo… yo no he hecho nada…
—No te he acusado —respondió Lucio—. Solo quiero hablar.
Lo llevó fuera, lejos de los demás.
—Dime la verdad —dijo—. No te castigaré. Pero si me mientes, Publio sí lo hará.
El muchacho tragó saliva.
—No fui yo… pero sé quién fue.
Lucio esperó.
—Telero. El de la barba. Dijo que las vendería por su cuenta. Que nadie lo notaría.
Lucio asintió.
—Gracias.
Volvió al almacén. Telero lo miró con desafío.
—¿Qué pasa ahora, gaditano?
—De Gades —corrigió Lucio—. Y devuélveme las ánforas.
Telero escupió al suelo.
—No puedes echarme.
—Puedo —respondió Lucio—. Y lo hago.
Telero lo miró con odio, pero se marchó. Los demás guardaron silencio.
Lucio sabía que no había ganado un enemigo. Había ganado varios. Pero también sabía que Publio aprobaría su decisión.
El otoño trajo consigo un aire más fresco y un olor a mosto que impregnaba las calles. La ciudad parecía respirar con más calma, pero Lucio sabía que era una ilusión. Roma nunca descansaba.
Una noche, mientras revisaban cuentas en el tablinum , Publio lo observó en silencio.
—Has cambiado —dijo al fin.
Lucio levantó la vista.
—¿Para bien o para mal?
Publio sonrió.
—Para Roma.
Lucio no supo si aquello era un elogio o una advertencia.
—¿Y eso qué significa?
—Que ya no eres un muchacho de Gades. Eres un hombre de esta casa. Y Roma no es un lugar fácil para los hombres.
Lucio asintió. Lo sabía. Lo sentía cada día.
—¿Crees que estoy preparado?
Publio dejó la tablilla y lo miró fijamente.
—Creo que estás aprendiendo. Y eso es más de lo que puedo decir de muchos.
Lucio sonrió, aunque sabía que Publio no regalaba elogios.
—Gracias.
—No me des las gracias —respondió Publio—. Demuéstralo.
El invierno siguiente, cierre de un ciclo, llegó con un frío seco que hacía crujir la madera de la casa. Lucio pasaba ahora más tiempo en el tablinum que en el puerto, revisando cuentas, contratos, correspondencia. Y Publio le seguía confiando cada vez más responsabilidades.
Una tarde, mientras revisaban un lote de tablillas, Publio dijo: —Quiero que mañana vayas tú solo al Emporium . Hay un cargamento de salazones de Malaca que debe llegar antes del mediodía. Si no lo recibimos a tiempo, perderemos el contrato con los Flavios [108] .
Lucio asintió.
—Lo haré.
—No basta con hacerlo —dijo Publio—. Hazlo bien.
Lucio sonrió.
—Eso intento siempre.
Publio lo miró con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Lo sé. Y por eso te lo confío.
Lucio sintió un calor inesperado en el pecho. Profundo.
—No te fallaré.
Publio asintió.
—Más te vale.
El día siguiente amaneció con una niebla espesa que cubría el Tíber como un sudario. Lucio llegó al Emporium antes de que los primeros carros descendieran por la colina. El puerto estaba silencioso, casi fantasmal.
Esperó. Y esperó.
El barco no llegaba.
Los estibadores empezaban a murmurar. Los portitores consultaban sus tablillas. Lucio sentía cómo la tensión le subía por la espalda.
Finalmente, cuando el sol ya había trepado por encima de la niebla, una silueta apareció en el río.
El barco.
Lucio suspiró aliviado.
Pero el alivio duró poco. Cuando la nave atracó, el capitán bajó con el rostro desencajado.
—Hemos tenido problemas —dijo.
Lucio lo miró fijamente.
—¿Qué clase de problemas?
—Viento contrario. Y… piratas [109] .
Lucio sintió un escalofrío.
—¿Piratas?
—Sí. Nos siguieron durante dos días. No nos atacaron, pero nos obligaron a desviarnos.
Lucio respiró hondo. No podía perder el contrato. No podía fallar.
—Descargad ya —ordenó—. Todo. Y rápido.
Los estibadores se pusieron en marcha. Lucio supervisó cada ánfora, cada cuerda, cada sello. No había margen para errores.
Cuando el último carro partió hacia la domus , el sol ya estaba alto. Lucio se limpió el sudor de la frente. Había cumplido.
Y cuando regresó al Aventino, Publio lo esperaba en el atrium .
—¿Todo en orden? —preguntó.
Lucio asintió.
—Todo.
Publio lo observó un instante. Luego asintió.
—Bien.
Solo una palabra. Pero para Lucio, valía más que un cofre lleno de denarios [110] .
Roma seguía siendo un monstruo. Pero ya no lo devoraba. Ahora lo reconocía. Y empezaba a respetarlo.
Lucio no lo sabía aún, pero el siguiente paso de su vida —uno inesperado, de los más decisivos, y dolorosos con el tiempo— estaba a punto de cruzarse en su camino.