Capítulo 10 - La Casa de los Decimios
«Rem tene, verba sequentur». (Domina el asunto, y las palabras seguirán).
— M ARCO P ORCIO C ATÓN , Dictum
L A LLUVIA HABÍA dejado un brillo apagado sobre las losas del Aventino cuando Lucio cruzó el umbral de la domus Decimia.
El aire olía a humo húmedo y a aceite rancio, un aroma que se mezclaba con el murmullo constante del agua cayendo en el impluvium .
Septimia, la esposa de Publio, lo observaba desde el atrium con los brazos cruzados, como si evaluara la calidad de una mercancía recién descargada.
—Te has levantado tarde —dijo sin levantar la voz.
Lucio sabía que no era cierto. Había despertado antes del alba, repasando mentalmente las instrucciones que Publio le había dado el día anterior. Pero Septimia no hablaba de horas: hablaba de expectativas.
—Lo siento, domina —respondió, inclinando la cabeza.
Ella no replicó. Simplemente giró sobre sus sandalias y desapareció por el corredor que conducía al peristylum [99] . Lucio respiró hondo. Aún no sabía si aquella mujer lo despreciaba por ser provinciano, por ser pobre o por ser hijo de Paulo. Quizá por las tres cosas.
Publio apareció poco después, ajustándose el cinturón de la túnica.
—Vamos —dijo—. Hoy empezamos de verdad.
No añadió nada más. Publio no era hombre de explicaciones innecesarias.
Salieron a la calle. El Aventino despertaba con el ruido de los carros que descendían hacia el río, el olor a pan recién horneado y el griterío de los vendedores que abrían sus puestos.
Lucio caminaba un paso por detrás, atento a cada gesto de su pariente, intentando imitar su seguridad.
Publio avanzaba como si la ciudad le perteneciera, apartando con un leve movimiento de mano a los esclavos que cargaban ánforas, saludando con un gesto seco a otros comerciantes.
—Roma no es Gades —dijo de pronto, sin mirarlo—. Aquí nadie te regala nada. Ni siquiera el tiempo.
Lucio asintió, aunque Publio no lo viera.
—Lo aprenderé.
—Eso espero. Porque si fallas, no solo te hundes tú. Me hundes a mí. Y a esta casa.
Lucio sintió un nudo en el estómago. No era miedo. Era responsabilidad.
El Emporium hervía cuando llegaron. El Tíber estaba cubierto de barcazas, y el aire vibraba con el sonido de cuerdas tensas, gritos de capataces y el chapoteo de los esclavos que descargaban mercancías. Publio se detuvo un instante, observando el caos organizado del puerto.
—Esto es Roma —dijo—. No el Senado, no el Foro. Esto.
Lucio siguió su mirada. Había visto puertos en Gades, en Tingis, en Alejandría. Pero nada como aquello. El Emporium era un monstruo vivo, un corazón que latía al ritmo de miles de manos.
—Hoy aprenderás a leerlo —añadió Publio—. Como se lee un libro. O un enemigo.
Se acercaron a un grupo de portitores [100] que discutían con un capitán de barco. El hombre, de barba espesa y túnica manchada de sal, agitaba una tablilla encerada.
—¡No pienso pagar más! —gritaba—. ¡El viento nos obligó a bordear Sicilia!
Publio no se inmutó.
—El viento soplaba de norte —dijo Lucio antes de pensarlo.
El capitán lo miró, sorprendido. Uno de los portitores levantó la voz hacia Lucio —¿Y tú quién eres?
—El que sabe que con viento del norte bordear Sicilia es más rápido que cruzar el estrecho —respondió Lucio, manteniendo la mirada.
Hubo un silencio breve. Publio sonrió apenas.
—Mi sobrino tiene razón —dijo—. Y no pagaré un sestercio más de lo acordado.
El capitán masculló algo, sonriendo, y fulminó al portitor , y este cedió. Publio se volvió hacia Lucio.
—Bien —dijo—. Tienes instinto. Pero no te confíes. El instinto sin disciplina es como un barco sin timón.
Lucio asintió. Aquel fue el primer día en que sintió que podía pertenecer a Roma.
Los días siguientes fueron un torbellino.
Publio lo llevaba a todas partes: al Forum Holitorium [101] , donde los vendedores gritaban precios entre montones de verduras; al Forum Boarium [102] , donde el olor a ganado se mezclaba con el del río; a los horrea , donde las ánforas se apilaban como columnas de un templo de barro cocido.
Lucio aprendió a leer tablillas, a calcular pesos, a detectar fraudes. Aprendió a negociar sin levantar la voz, a sonreír cuando debía, a callar cuando era prudente. Aprendió que en Roma la palabra fides [103] valía más que el oro, pero que el oro podía comprar muchas fides .
Una tarde, mientras revisaban un cargamento de aceite procedente de Hispania, Publio le entregó una tablilla.
—Haz tú el recuento —dijo.
Lucio repasó los números, comparó pesos, examinó sellos. Había una discrepancia mínima, apenas un par de libras. Pero suficiente para levantar sospechas.
—Falta aceite —dijo.
Publio arqueó una ceja.
—¿Seguro?
—Sí.
—Bien. Díselo al capitán.
Lucio tragó saliva. El capitán era un hombre corpulento, con brazos como troncos y una cicatriz que le cruzaba la mejilla. Pero Lucio se acercó.
—Falta aceite —dijo, mostrándole la tablilla.
El capitán lo miró con desdén.
—¿Y qué? ¿Vas a reclamarme por dos libras?
—Voy a reclamarle por lo que falta —respondió Lucio—. Sea poco o mucho.
El capitán dio un paso hacia él.
—Escucha, muchacho…
Pero Publio intervino.
—Mi sobrino tiene razón —dijo—. Y si vuelve a faltar aceite, buscaré otro capitán.
El hombre apretó los dientes, pero cedió. Lucio sintió un calor extraño en el pecho. No era orgullo, pero se sentía contento.
El tiempo empezó a correr sin que Lucio lo notara.
Las estaciones se sucedían marcadas por el olor del puerto: en verano, el hedor espeso de las salazones; en otoño, el aroma del vino nuevo; en invierno, el humo de los braseros que calentaban a los descargadores; en primavera, el bullicio de los barcos que regresaban tras el mal tiempo.
Publio le confiaba cada vez más tareas. Lucio supervisaba descargas, revisaba cuentas, discutía precios con los argentarii [104] . Su nombre empezaba a sonar entre los transportistas, entre los escribas, entre los marineros que buscaban trabajo.
Pero Roma no era solo comercio. Era política. Y la política se filtraba en cada conversación, en cada cena, en cada esquina del Foro.
Una noche, durante un banquete en la domus , un invitado mencionó a Pompeyo.
—Dicen que su poder crece cada día —comentó—. Que el Senado teme su sombra.
Otro replicó:
—Y dicen que César no piensa quedarse atrás.
Publio bebió un sorbo de vino.
—Los comerciantes vivimos de la estabilidad —dijo—. Cuando los grandes se pelean, los pequeños sangran.
Lucio escuchaba en silencio. Recordó el consejo del cuestor en el Herakleion. Y sintió un escalofrío.
No todos veían con buenos ojos que un muchacho gaditano ascendiera tan rápido. Algunos lo consideraban un intruso. Otros, una amenaza.
Una tarde, al regresar del Emporium , un grupo de jóvenes lo rodeó en un callejón.
—¿Tú eres el gaditano que trabaja para los Decimios? —preguntó el líder.
Lucio asintió.
—Dicen que te crees mejor que los demás.
—No lo digo yo —respondió Lucio—. Lo dice mi trabajo.
El puñetazo llegó rápido. Lucio cayó al suelo, pero se levantó. Había peleado en Gades, en África, en Alejandría. No era un niño.
Cuando Publio llegó, los agresores huían.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Lucio se limpió la sangre de la boca.
—Roma me está dando la bienvenida.
Publio soltó una carcajada.
—Entonces ya eres uno de los nuestros.
Con el paso del tiempo, incluso Septimia empezó a mirarlo de otra manera. No con afecto —eso sería pedir demasiado—, pero sí con una cortesía distante que antes no existía. Lucio había dejado de ser un huésped incómodo para convertirse en una pieza útil de la casa.
Publio lo enviaba a negociar en su nombre. Los clientes lo buscaban. Los transportistas lo respetaban. Los escribas lo saludaban con deferencia. Lucio ya conocía los nombres de los capitanes, los trucos de los estibadores, los horarios de los carros que bajaban desde la Via Ostiensis [105] .
Roma ya no era un monstruo. Era un hogar. Un hogar exigente, duro, implacable… pero un hogar al fin y al cabo.
Lucio estaba a punto de entrar en la etapa, si no la más decisiva de su vida hasta ahora, sí la más ajetreada.
El invierno al cuarto año [106] de su llegada a Roma se presentó sin avisar, con un viento húmedo que se colaba por las callejuelas del Aventino y hacía temblar las lámparas del atrium .
Lucio ya no se sobresaltaba con cada golpe de viento ni con cada crujido de la madera.
La casa tenía su propio lenguaje, y él había aprendido a escucharlo.
Publio decía que una domus era como un barco: si sabías interpretar sus sonidos, sabías si navegaba recta o si estaba a punto de zozobrar.
Aquel invierno, sin embargo, la casa navegaba con el casco tenso. El negocio crecía, sí, pero también lo hacía la competencia. Y Roma, como siempre, olía a intriga. Una mañana, mientras revisaban un lote de tablillas en el tablinum , Publio frunció el ceño.
—Los precios del aceite están subiendo demasiado rápido —murmuró—. Esto no es natural.
Lucio se inclinó sobre las tablillas.
—¿Crees que alguien está acaparando?
—Creo que alguien está jugando a ser más listo que el Senado —respondió Publio—. Y eso nunca termina bien.
Lucio sabía que Publio no hablaba solo de aceite. En Roma, cualquier movimiento económico tenía un eco político. Y cualquier eco político podía convertirse en un terremoto.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
—Lo que hacen los comerciantes prudentes —respondió Publio—. Esperar. Observar. Y no ser los primeros en mover ficha.
Lucio asintió. Había aprendido que la paciencia era tan valiosa como el oro.
La primavera llegó húmeda, y con ella el bullicio de los barcos que regresaban tras el mal tiempo.
El Emporium hervía de nuevo, y Lucio pasaba más tiempo allí que en la casa.
Conocía ya a la mayoría de los capitanes, y algunos incluso lo saludaban con un respeto que antes reservaban solo para Publio.
Una mañana, mientras supervisaba la descarga de un cargamento de salazones procedente de Baelo, un capitán veterano se acercó a él.
—Tú eres el gaditano de los Decimios, ¿no?
—De Gades —corrigió Lucio con una sonrisa.
El capitán asintió, satisfecho.