La saga de la larga noche – Libros I, II y III X #14
62%

X #14

Lowell exhaló lentamente. El plan era preciso: lanzarían un misil W76-1 con un rendimiento de 100 kilotones desde White Sands y lo detonarían a una altitud de 30 millas sobre Manzanillo.

El pulso electromagnético resultante inutilizaría una parte significativa de los misiles y sistemas de comunicación chinos en un radio de 100 millas.

Lo fundamental era que la detonación evitaría bajas civiles directas y, al mismo tiempo, enviaría un mensaje claro: cualquier agresión adicional tendría un coste aún mayor.

—Cuarenta segundos.

Lowell reflexionó sobre cuánto había cambiado en los últimos días. Se había dado cuenta de que la supervivencia a veces exigía acciones que antes se consideraban impensables. Su única misión ahora era proteger al pueblo estadounidense, sin importar el coste personal o moral.

—Treinta segundos.

La cuenta atrás parecía dilatar el tiempo. La mente de Lowell iba a toda velocidad, sopesando las consecuencias en cadena de aquella decisión. ¿Acabaría con la amenaza? ¿O la haría escalar más allá de todo control?

—Veinte segundos.

De repente, sintió una mano en el hombro. Al volverse, vio a Liam, que le dedicaba una sonrisa de apoyo. Lowell asintió y extrajo fuerzas del gesto.

—Diez segundos.

—Nueve… ocho… siete…

El corazón de Lowell latía con fuerza en el pecho.

—Seis… cinco… cuatro…

Todos en la sala contuvieron el aliento.

—Tres… dos… uno… Lanzamiento.

No había imágenes en vivo del ascenso del misil, pero el sonido que llegaba por los altavoces era inconfundible: un retumbar grave seguido de un rugido mientras el misil se elevaba hacia el cielo.

En el monitor, su trayectoria se trazaba en tiempo real, dibujando un arco hacia su destino.

La sala permaneció en silencio, la tensión intacta, mientras todos esperaban.

—Misil en vuelo. Rastreando trayectoria —informó el oficial de lanzamiento.

En la pantalla, la trayectoria del misil se extendía por el mapa, acercándose a Manzanillo.

—Trayectoria confirmada. Cuatro minutos y treinta y dos segundos para la detonación —anunció otra voz.

Los minutos pasaban con una lentitud agónica. Lowell no podía apartar los ojos del monitor. Todo dependía de aquella única acción. En silencio, rezó pidiendo guía, éxito, por las innumerables vidas que pendían de un hilo.

—Detonación en 5… 4… 3… 2… 1…

Un destello brillante iluminó la transmisión satelital, señalando la detonación del PEM. Invisible pero devastador, el pulso se expandió, inutilizando los sistemas electrónicos a su alcance.

—Detonación del PEM confirmada —anunció el oficial.

Lowell se inclinó hacia adelante, con tono apremiante.

—¿Estado?

Solo el repiqueteo de los teclados llenaba la sala.

—¿Estado? —insistió Andrew con brusquedad.

—Se detecta una gran explosión en el centro de transmisión eléctrica de la región —informó un joven analista mientras analizaba las imágenes satelitales.

—Hay informes de incendios en varios centros industriales —añadió otro.

Andrew se acercó a Lowell; sus pasos resonaban suavemente en el tenso silencio.

—Señor Presidente —comenzó, midiendo sus palabras—. La detonación ha sido un éxito.

Lowell escrutó el rostro de Andrew en busca de cualquier señal de duda.

—Pero —continuó Andrew— confirmar la neutralización de su arsenal llevará tiempo. Estamos en ello.

Lowell asintió; aquel leve gesto delataba la tensión de sus hombros.

—Entendido. Avísenme en cuanto tengan confirmación —ordenó.

Mientras Andrew retrocedía, Lowell exhaló lentamente; su respiración apenas se oía entre el zumbido de actividad.

Las pantallas seguían parpadeando con ríos de datos, los analistas permanecían encorvados sobre los teclados, sus rostros bañados por el frío resplandor de los monitores.

El aire vibraba con susurros urgentes y el incesante tecleo.

Al cabo de un momento, Lowell se volvió para marcharse, consciente de la mirada penetrante de Liam clavada en él. Al llegar a la puerta, se detuvo y echó un vistazo a la sala. Liam seguía observándolo.

229

Casa de Adrian y Libby, Plant City, Florida - Mañana

Las duchas calientes habían sido un alivio que les quitó de encima días de suciedad y agotamiento.

Vestidos con ropa prestada de Adrian —que le quedaba un poco grande a Jack—, se reunieron alrededor de la mesa de la cocina, donde les esperaban tortitas y café fuerte.

La familia tenía harina de sobra, y aquello parecía un festín real.

—¿Recibiste mi mensaje el día 3? —preguntó Adrian—. ¿Justo antes del pulso?

—Sí, lo recibí —respondió John—. Gracias por eso.

—Bueno, pensé en ti de inmediato e intenté avisarte. ¿Te sirvió de algo?

—Bueno, ya sabes cómo estaba la infraestructura de red. Lo recibí demasiado tarde, y para entonces ya estábamos metidos de lleno en el lío, con todo desmoronándose.

—Lo siento… —dijo Adrian.

—¿Por qué, tío? No había nada que nadie pudiera hacer en ese momento.

Adrian asintió.

Durante la comida, John y Jack relataron su viaje, que ahora parecía una aventura de película de serie B llena de drama, de esas que nadie creería si no las hubiera vivido en carne propia.

—Todo se está desmoronando —dijo Adrian en voz baja.

John dejó su café.

—No todo. Todavía hay cosas buenas ahí fuera.

—¿Cómo puedes decir eso después de lo que acabas de contar?

—Porque lo vivimos —John se inclinó hacia delante—.

Una mujer cubana, Joanna, nos acogió esa primera noche, nos dio refugio cuando tenía todas las razones para no hacerlo.

Vimos a docenas de personas arriesgando la vida para salvar a desconocidos de un accidente de avión.

Mildred… —miró a Jack con una sonrisa—. Le salvó la vida a mi hijo, sin hacer preguntas.

Incluso vimos familias uniéndose para defender sus hogares.

—La oscuridad nos muestra la luz —murmuró Libby.

John asintió.

—Exacto. Por cada horror que hemos visto, ha habido un acto de bondad para equilibrarlo.

—Hablando de resistir —dijo Adrian—, ¿escuchaste el llamamiento del presidente para el alistamiento?

—Sí, acabo de oírlo en la radio. ¿Ha habido respuesta? —preguntó John, intentando entender el panorama general.

—¿Estás pensando en volver al campo de batalla? —preguntó Adrian, sorprendido.

—No, no. Eso ya quedó atrás para mí. Pero imagino que se avecinan tiempos difíciles. Vamos a necesitar que todo el mundo arrime el hombro.

—Estoy bastante seguro de ello. Pero nuestro vecindario está bastante aislado, no hay mucha gente —respondió Adrian—. Aun así, sé que algunos jóvenes fueron a MacDill.

—Me alegra oír eso —sonrió John.

—Desde luego.

—Pero me alegro de que todo esté bien aquí —afirmó John.

—No sé por cuánto tiempo.

Se quedaron en silencio mientras Jack terminaba sus tortitas y se dejaba caer en el sofá, donde el sueño lo venció casi al instante. John observó a su hijo y reparó en la palidez que aún tenía en el rostro.

Adrian sugirió en voz baja:

—¿Y si Jack se queda aquí hasta que esté más fuerte?

John negó con la cabeza.

—Está mucho mejor de lo que estaba. Y necesitamos volver a estar todos juntos.

—La familia es lo primero —asintió Adrian—. Lo entiendo.

Libby tocó el brazo de John.

—Sois bienvenidos a quedaros todo el tiempo que necesitéis.

Lana les dedicó una amplia sonrisa. Tener a Jack allí la sacaría de aquella soledad aterradora. Se sentía tan sola; sus amigos estaban completamente fuera de su alcance.

—Os lo agradezco, pero nos iremos después del mediodía. Que Jack descanse un poco más y se tome su medicina —John esbozó una sonrisa cansada—. Cada hora que nos retrasamos…

—Antes de que os vayáis —el tono de Adrian cambió—, hay algo de lo que tenemos que hablar.

—Por supuesto —respondió John, algo intrigado.

—Vamos al despacho. Quiero enseñarte unos informes —dijo Adrian, levantándose ya de la mesa.

* * *

Se trasladaron al despacho de Adrian. Al entrar, John reparó de inmediato en los papeles pegados en las paredes, cada uno un informe del proyecto WarSight en el que había estado trabajando. Adrian cerró la puerta tras ellos.

—Vaya, has estado ocupado…

—Nuestro trabajo —tu trabajo— es quizás la clave para ganar esta guerra.

—Quizás sí, quizás no —dijo John, aún mirando los papeles en las paredes, cada uno conectado a su proyecto de simulación de escenarios de guerra—. ¿Imprimiste todo esto… antes del pulso?

—Bueno, a última hora de la tarde del día 3, justo cuando estaba a punto de salir de la oficina, recibí una llamada del general Thomas Hawley —comenzó Adrian.

—El que faltó a nuestra reunión —interrumpió John.

—Ese mismo. Estaba más tenso de lo habitual, y ya es decir —continuó Adrian—. Se disculpó rápidamente por no haber estado allí, pero luego me dijo que estaba pasando algo grave: que estábamos sufriendo un ciberataque masivo.

John escuchó atentamente cada palabra.

—Me pidió que le enviara todas las simulaciones de WarSight relacionadas con un ciberataque a gran escala.

WarSight era el proyecto en el que John había estado trabajando en SAIC. Una solución capaz de generar rápidamente una gama de escenarios realistas de amenazas bélicas, calculando bajas y posibles contraataques.

—Siento no haber estado allí —lamentó John—. ¿Pudiste enviárselos?

—No conocía tu criatura tan bien como tú —se rio Adrian—, pero seleccioné algunos escenarios en los que habías trabajado, generé los archivos e intenté enviarlos. Pero no había suficiente señal de internet para que llegara nada.

John bajó la cabeza con frustración.

—Pero, como puedes ver, sí logré imprimirlo todo... a la vieja usanza... y lo traje a casa. Sabía que las cosas se iban al garete y quería tener la información aquí.

—Astuto como siempre —sonrió John, acercándose para revisar los escenarios.

—127 escenarios comenzaban con un ciberataque masivo.

—Recuerdo algunos de ellos. La mayoría de esos escenarios no tenían una segunda fase. El enfoque siempre estaba en destruir el sistema financiero —recordó John—. Lo que llevaría a un desastre total.