La saga de la larga noche – Libros I, II y III VII #3
49%

VII #3

—Aún es pronto, pero Bragg informa de miles, en su mayoría civiles. Benning también. Pendleton tiene un montón de médicos e ingenieros junto con los reclutas —sacó el móvil para consultar los datos—. Y no son solo las grandes. Bases más pequeñas, puestos de la Guardia Nacional... están desbordados.

A Lowell le bullía la cabeza. Aquello era increíble. Se permitió una sonrisa.

—Son muy buenas noticias.

—Sí, señor —respondió Andrew.

—¿Estamos preparados para la pesadilla logística? ¿Podremos con esto?

—Será un caos —admitió Andrew—, pero, señor, podemos sacarlo adelante. Muchos de los que se presentan están cualificados. Administradores, ingenieros, médicos, mecánicos... justo lo que necesitamos para reconstruir mientras entrenamos para la lucha que se avecina.

Lowell se enderezó; un plan empezaba a tomar forma en su mente.

—Alexander, ponte en contacto con los gobernadores. Con la ayuda de Andrew, averiguaremos cómo canalizar a estos voluntarios adonde más se les necesite. Infraestructura, ayuda médica...

Y continuó:

—Y para mantener la política al margen, quiero hablar con cada gobernador en persona. Tenemos que ir todos a una.

—Enseguida —respondió Alexander.

Lowell se puso de pie y buscó la mirada de Andrew.

—Y tenemos que empezar a clasificar y entrenar a los que puedan combatir. Lo básico, prepararlos como reserva por si las cosas empeoran. Esto puede cambiarlo todo.

—Ya lo está haciendo, señor —en los ojos de Andrew brillaba un destello de esperanza—. Queda un largo camino por delante, pero... ahora se ve luz al final del túnel.

Lowell también lo sentía.

—Coordina a los equipos —ordenó—. Cada base tiene que aprovechar las habilidades de esos voluntarios. Esto no va solo de sobrevivir. Estamos reconstruyendo, y vamos a contraatacar.

174

Mount Weather - Laboratorio de Informática - Mañana

El laboratorio de informática improvisado crepitaba de tensión.

Los cables serpenteaban por el suelo, las estaciones de trabajo temporales brillaban y una pantalla enorme parpadeaba con datos en constante cambio.

Todas las miradas estaban puestas en Elise, cuyos dedos volaban sobre el teclado.

La rigidez de sus hombros delataba lo que estaba en juego.

Lowell, de pie a su lado, notaba que sus propios nervios eran un reflejo de los de ella.

—De acuerdo, equipo —resonó la voz de Elise—. Hoy desatamos Phantom Falcon. Hagamos las comprobaciones finales.

Recorrió con la mirada los rostros tensos de su equipo.

—Alex, ¿confirmas el acceso por puerta trasera a los satélites comprometidos?

Alex se inclinó sobre su estación de trabajo.

—Dra. Hoffman, las puertas traseras de la red americana aguantan, pero la degradación de la señal es considerable. P.F. tendrá que transmitir por un haz muy estrecho.

—Anotado. Maya, ejecuta diagnósticos completos de P.F.

Los dedos de Maya bailaron sobre el teclado.

—Comprobación de integridad del código completada, Dra. Hoffman. Protocolos de cifrado preparados. Sistemas de contraintrusión activos y a la espera.

Elise asintió con gesto tenso.

—Bien. Ahora, la prueba más crítica. Hagamos ping al centro de datos principal de Pekín... solo un susurro, a ver lo alerta que están.

Los segundos se alargaron mientras el código sondeaba su objetivo entre una maraña de cortafuegos y defensas chinas.

—Respuesta detectada, Dra. Hoffman —informó James—. Sus sistemas automatizados están activos, pero el tiempo de respuesta es lento. Puede que estén saturados por ataques previos.

—Eso espero —murmuró Elise—. No les demos motivos para espabilarse. Equipo, cada uno tiene asignado un sector. Integridad de red, extracción de datos, maniobras de señuelo... Esto tiene que funcionar como un reloj.

Uno a uno, los miembros del equipo fueron confirmando:

—Equipo de red, listo.

—Sistemas de extracción en línea, listos.

—Señuelos preparados y armados para la distracción, listos.

—Bien.

La concentración de Elise era afilada como una navaja.

—Adelante.

Una puerta se cerró de golpe, seguida del chasquido de un cerrojo.

El sonido repentino sobresaltó a todos. Los dedos de los técnicos volaron sobre sus teclados mientras líneas de código desfilaban por los paneles centrales.

Elise observaba atentamente, recorriendo los datos con la mirada.

Lowell permanecía a su lado, con los hombros tensos.

No entendía todo lo que estaba sucediendo, pero sabía que había mucho en juego.

El éxito de esta misión dependía de la capacidad del equipo para ejecutar su plan a la perfección.

Phantom Falcon, o P.F. como lo llamaban, ya se estaba abriendo paso hacia la fortaleza digital de Pekín.

—Hemos atravesado las defensas del perímetro exterior —anunció Maya—. ¡Tenemos conexión con los sistemas del centro de Pekín!

—¡Iniciad el temporizador!

La voz de Elise cortó el aire. Un reloj apareció en la pantalla central, con sus dígitos rojos en cuenta atrás desde quince minutos: la preciosa ventana de que disponían para penetrar los sistemas antes de que pudieran contraatacar.

El silencio se apoderó de la sala, roto solo por la cuenta atrás implacable y el latido de sus propios corazones.

15:00... 14:59... 14:58...

—Primario de Pekín asegurado —anunció Maya—. Iniciando protocolos de extracción de datos. Carpetas clasificadas, militares...

—Iniciad ciberataque paralelo —ordenó Elise—. Objetivo: red de defensa antimisiles y matrices de radar. Máxima perturbación, huella mínima.

Esa era la apuesta: hacerse notar lo justo para sembrar el caos sin revelar el alcance total del ataque.

Uno a uno, los miembros del equipo fueron confirmando:

—Ciberataque iniciado. La respuesta de la red es errática.

—Matrices de radar comprometidas, múltiples falsos positivos generados.

—Secuencia de captura de satélites activada —informó James—. Los pájaros chinos Alfa y Bravo están en el punto de mira...

12:10

—¡Se están movilizando!

La voz de Maya vibraba de adrenalina.

—Las contramedidas se están activando, pero los tenemos mirando hacia fuera.

Lowell observó cómo los nombres de archivos inundaban la pantalla, un torrente de datos clasificados. Miró a Elise y no vio triunfo en su rostro, sino una concentración sombría. El éxito nunca estaba garantizado.

10:01

—Maya, ¿estado de las señales de satélite?

—Cristalinas. Pekín parece confundido —informó Maya.

—Alex, ¿red de defensa antimisiles china?

—Fuera de línea, completamente a oscuras. Parece que el ataque señuelo los dejó fuera de combate —respondió Alex con una sonrisa.

Con cada confirmación, la tensión en la sala parecía intensificarse. Cada sistema que caía debilitaba la maquinaria de guerra china y la dejaba cada vez más vulnerable.

7:12

—¿Protocolos de lanzamiento nuclear?

La voz de Elise tembló. Silencio, y luego un grito triunfante:

—¡Fuera de línea! ¡Los códigos de lanzamiento nuclear chinos les son inaccesibles!

Un suspiro colectivo de alivio recorrió el equipo, pero Elise levantó una mano para acallar la euforia. Quedaba el objetivo más importante. El reloj de la pared avanzaba implacable, un recordatorio brutal del poco tiempo que les quedaba.

05:34

—¿Acceso al ordenador central?

—Casi —murmuró Maya, con los dedos volando sobre el teclado. Las líneas de código desfilaban por la pantalla, un campo de batalla digital donde Phantom Falcon luchaba por imponerse.

02:10

—¡Ordenador central penetrado! —gritó Maya—. ¡Protocolos gubernamentales bloqueados, toda la red en caos!

Sesenta segundos. Treinta.

—¿Comunicación militar?

—¡Caída! —respondió James.

—5... 4... 3...

Elise iba contando.

Cada latido de su corazón resonaba en el silencio tenso.

Cero.

—¡Desconectad! —la orden de Elise fue tajante como un disparo—. ¡Desconectad!

Siguió un instante de silencio atónito. Después, la sala estalló en una cacofonía de vítores, gritos y risas nerviosas.

Elise se dejó caer en su silla mientras la tensión abandonaba su cuerpo como aguas que se retiran tras una riada. Exhaló con un temblor, y la adrenalina fue cediendo poco a poco al agotamiento.

—¿Y bien? —preguntó Lowell—. ¿Qué tan mal estuvo?

Elise se limitó a sonreír.

175

Casa de Winter, Harbour Island - Por la mañana

Marty abrió los ojos como platos mientras examinaba el papel, con la mirada clavada en el enorme número que Emily había transcrito de las notas musicales.

—Esto es Fibonacci, ¿verdad? —preguntó.

Emily asintió con gesto grave.

—Que yo recuerde, sí.

—Pero, si lo entiendo bien, alguien está transmitiendo la secuencia de Fibonacci por ondas de radio. ¿Es eso? —La mente de Marty iba a mil por hora.

—Eso parece. Llevamos captando la misma transmisión sin cambios desde ayer.

Marty se quedó pensativo.

—Pero ¿por qué iba alguien a usar un equipo tan poco común hoy en día, en un mundo sin electricidad, para transmitir una secuencia matemática?

Un silencio denso se apoderó de la habitación. Emily había llamado a Marty, ingeniero como ella, y a Nicole Lee, una brillante estudiante de matemáticas conocida por su asombrosa inteligencia. Sarah, deseosa de participar, estaba sentada junto a su madre.

—No lo sé, Marty —respondió Emily, con el ceño fruncido—. Pero no tiene sentido que alguien malgaste una energía tan valiosa sin un propósito claro.

—Quizá Fibonacci en sí mismo sea la respuesta —reflexionó Sarah—. ¿Hay alguna historia detrás del número?

La respuesta de Nicole fue seca, casi robótica.

—Fibonacci tiene varios usos: en matemáticas sirve como aproximación del número áureo, en economía para calcular proyecciones, e incluso en biología, para analizar ciertos patrones de la naturaleza.

—¿Podemos establecer algún paralelismo entre lo que estamos viviendo y alguna de estas cosas? —sugirió Sarah. Su pregunta quedó flotando en el silencio.

—Sarah, es posible, pero no veo cómo —dijo Marty con delicadeza—. Antes, este habría sido el momento de recurrir a un ordenador con algún algoritmo de inteligencia artificial para encontrar un patrón.

Otro silencio cayó sobre el grupo. Emily se levantó y sirvió agua en cuatro vasos, consciente de lo valioso que era aquel recurso.