VI #3
En ese momento, la gravedad de la situación se reveló ante ellos. La casa de los Peterson estaba envuelta en llamas, completamente destruida. El fuego rugía con ferocidad, devorando el revestimiento de madera y reventando las ventanas, que lanzaban fragmentos de vidrio y brasas al aire.
Ellie, de solo siete años, y Tommy, un adolescente de la misma edad que Jack, estaban juntos, aferrados a su madre, Linda. Los tres lloraban, con la mirada fija no en la casa, sino en algo que había junto a ella.
Mildred desmontó rápidamente y corrió hacia la familia, pensando ya en cómo apagar el fuego.
—¿Qué ha pasado? —gritó con urgencia mientras se acercaba.
Las lágrimas dejaron a Linda sin palabras; sus sollozos eran un grito silencioso de angustia. Los ojos de John recorrieron la escena caótica, buscando desesperadamente alguna pista en aquel desgarrador rompecabezas.
Entonces Mildred empezó a mirar a su alrededor, buscando al marido de Linda.
—¿Dónde está Mark?
Nadie respondió. Los tres estaban demasiado angustiados, deshechos en llanto.
—¿Hay alguien más dentro? —preguntó John, contemplando la triste escena.
Entonces John reparó en una figura inmóvil cerca de la casa.
El cuerpo de un hombre con la camisa blanca manchada de sangre yacía sobre la hierba verde, en brutal contraste.
Sin dudarlo, John corrió hacia él. Al llegar, supo que estaba muerto.
La mano del hombre estaba inerte cuando John la tomó, y la ausencia de pulso confirmó lo peor.
El calor era infernal e implacable, pero John se concentró en examinar el cuerpo.
Tres agujeros de bala en el pecho, metódicos, despiadados.
Y uno en la cabeza: un disparo tan preciso que delataba frialdad y pericia profesional.
Las heridas eran grandes, la marca de un arma de alto calibre, posiblemente una .
45, el tipo de arma que no solo hiere, sino que garantiza que no haya supervivencia.
Aquello no había sido un acto de violencia casual. Era un crimen premeditado.
Instintivamente, John llevó la mano a la Glock que llevaba sujeta a la cintura.
—¡Mataron a mi padre! —La voz de Tommy rasgó el aire, cargada de indignación, miedo y profundo dolor.
Mildred, debatiéndose entre la conmoción y el impulso de ofrecer consuelo en una situación imposible, rodeó con los brazos a la familia afligida para compartir el peso de su dolor.
—¿Quién hizo esto? —gritó John, con la voz pugnando por imponerse al rugido de las llamas y al estruendo de la casa al derrumbarse.
Algo extraño había sucedido allí, y se sentía inquieto.
Rápidamente alejó el cuerpo de Mark de las llamas que avanzaban y luego se reunió con Mildred y el resto de la familia.
—Ellos... ellos —Linda apenas podía hablar entre lágrimas—, y luego mataron a Mark delante de mí.
Los llantos de la familia se intensificaron, más fuertes y angustiosos.
—¿Quiénes son «ellos»? —preguntó Mildred con dulzura.
John desenfundó el arma y recorrió con la mirada el terreno circundante. Captó un destello sospechoso cerca de unos árboles: los estaban vigilando. Estaban expuestos y vulnerables donde se encontraban. Divisó un pequeño cobertizo a unos cien metros.
—¡Mildred, tenemos que llegar al cobertizo! ¡Alguien nos vigila! —gritó John. Mildred comprendió de inmediato, y todos echaron a correr hacia el cobertizo. John se adelantó y comprobó que no hubiera nadie dentro.
—¡Agachaos! —gritó John al oír el eco lejano de los disparos, que les heló la sangre. Localizó de dónde venían los tiros, pero no a los tiradores—. ¡Permaneced agachados!
El rostro de Tommy reflejaba miedo y culpa; su joven mente se esforzaba por comprender la cruel realidad de lo que ocurría. Linda y Ellie seguían llorando, con los vestidos embarrados.
John, consciente de que necesitaban una ventaja táctica, divisó un tractor a un lado que podría servirles de protección.
—Voy hacia ese tractor —le dijo a Mildred mientras trazaba un plan rápido—. Os cubriré. Cuando dé la señal, corred hacia los caballos y salid de aquí. Estaré justo detrás de vosotros.
Mildred asintió de nuevo, consciente de que no había lugar para discusiones.
John se lanzó hacia los árboles, seguido por más disparos.
Pensó de inmediato que los tiros no pretendían matarlo, sino ahuyentarlo.
Aun así, no podía arriesgarse. Se tomó un momento para evaluar la situación.
A lo lejos, distinguía el movimiento de los tiradores.
John no solo estaba preocupado por la situación, sino también por la seguridad de Jack.
Necesitaba regresar cuanto antes a casa de Mildred, pues temía que la misma banda pudiera atacarla después.
Su concentración se agudizó mientras aferraba la Glock con fuerza.
Estaba lejos del objetivo, pero era su única opción.
Estabilizó la puntería, aguzó los sentidos y esperó el momento perfecto para actuar.
—¡Ahora! ¡Id! —ordenó.
Mildred, Linda, Tommy y Ellie salieron del cobertizo y corrieron hacia los caballos. Los Peterson montaron rápidamente en uno, y Mildred en el otro. John siguió disparando para cubrirles la huida.
Los caballos aceleraron. John corrió tras ellos y disparó algunos tiros más para mantener a raya a los atacantes. Con un movimiento ágil, saltó al caballo de Mildred.
—¡Vamos! —gritó, y espoleó a los caballos al galope. Se alejaron del infierno que consumía la casa de los Peterson y desaparecieron en el denso humo que flotaba en el aire, un velo sombrío sobre la trágica escena que dejaban atrás.
132
Centro Médico Improvisado de Harbour Island - Mañana
Lo que antes era solo otra casa más del vecindario de Harbour Island, una entre docenas, se había convertido en algo especial: un centro médico improvisado. El salón, la cocina y los dormitorios habían dado paso a un vestíbulo de entrada, consultas e incluso una sala de urgencias.
—Emily, estas son las existencias que hemos conseguido reunir —anunció la Dra.
Roberts mientras abría con una llave pesada una puerta con cuatro cerraduras.
Dentro, las estanterías forraban las paredes, repletas de decenas de dosis de antibióticos, analgésicos, antihipertensivos, antibacterianos, agua oxigenada y solución de yodo.
—¡Vaya, impresionante! —exclamó Emily—. ¿Esto es lo que consiguió el grupo de Sam en el hospital?
—Exacto —confirmó la Dra. Roberts—. Lo trajeron hace un rato y ya hemos empezado a organizarlo. Todavía queda más por clasificar.
—¿Cómo han conseguido todo esto?
—Bueno, el director y yo... tenemos un pasado... Es el padre de Harper —dijo la doctora, lo que sorprendió a Emily.
—Vaya, no lo sabía... —respondió Emily, sin atreverse a preguntar más detalles sobre la historia de amor que habían tenido, y que al parecer aún tenían.
—Pero no te hagas ilusiones. Esto durará dos meses como mucho —advirtió la Dra. Roberts.
La preocupación era palpable. Emily sabía que los recursos eran limitados y que la situación no haría más que empeorar.
—Solo hoy, en apenas tres horas, hemos atendido a cuatro personas con infecciones respiratorias que necesitan antibióticos —informó la Dra.
Roberts con un suspiro—. Dos fracturas de pierna, una de ellas en un paciente anciano que me preocupa bastante.
Y tres vecinos con lo que parecen ser infecciones gastrointestinales.
Sospecho que han comido algo en mal estado o que no han hervido el agua.
Emily pensó en sus amigos con enfermedades crónicas.
—¿Qué pasa con las personas con enfermedades crónicas? —preguntó.
—La hipertensión es más fácil de controlar —explicó la Dra. Roberts—. Los vecinos con medicación crónica seguramente aún tengan algo en casa. En cualquier caso, tenemos reservas, pero estamos recomendando a los hipertensos que hagan más ejercicio y tomen infusión de hibisco, que ayuda.
—Medicina alternativa... —murmuró Emily pensativa.
—Sí —dijo la Dra. Roberts—. Estos suministros no van a durar eternamente.
Con suerte, para entonces el gobierno nos habrá ayudado a reabastecernos.
Pero los diabéticos son otra historia. La insulina necesita refrigeración, y sin ella pierde efectividad.
Tendremos que centrarnos en cambios estrictos de dieta y mucho ejercicio.
—Desde luego, es preocupante —concluyó Emily, bajando la mirada—. ¿Y por qué tanta seguridad en esta habitación?
—Emily, ahora los medicamentos valen más que el oro —dijo la Dra. Roberts con gravedad—. Me preocupan estas reservas. Podrían atraer un ataque. Por no hablar de que los vecinos desesperados podrían llegar a hacer cualquier cosa.
A Emily le recorrió un escalofrío por la espalda. Los medicamentos eran la nueva moneda de cambio, y la codicia humana podía llevar a cometer actos terribles.
—Le pediré a Sam que ayude con la seguridad, quizá pueda montar algún sistema de vigilancia aquí —se ofreció Emily.
—Gracias. Estas reservas son de todos —dijo la Dra. Roberts agradecida.
Pasaron a la siguiente habitación, también cerrada con llave. Dentro, Emily encontró estetoscopios, tensiómetros, termómetros, bolsas de reanimación, desfibriladores manuales, bisturíes y tijeras, pinzas y fórceps, e incluso un bastón.
—Increíble. Lo que has conseguido reunir aquí es realmente impresionante —dijo Emily con una sonrisa.
En la sala de la entrada se había montado una zona de triaje improvisada. Ashley atendía a los pocos pacientes que esperaban mientras Josie asistía a otro.
—A mí me llaman para los casos graves.
Emily observaba con el corazón encogido. Había tanto por hacer y tan pocos recursos.
—Y, Emily, necesitamos más manos aquí —suplicó la Dra. Roberts—. Más gente que ayude con el tratamiento y el triaje. Sé que hay otros médicos, pero todavía no se ha ofrecido nadie.
Emily sintió cómo el peso de la responsabilidad caía sobre sus hombros.
—Veré qué puedo hacer y te mandaré a quien pueda, ¿vale? —prometió.
—Estupendo —respondió la Dra. Roberts con un atisbo de esperanza.
—¿Cómo están los heridos de ayer? —preguntó Emily.