26
Dentro, la radio sonaba sin parar. El presentador que venía después de Randy, un tipo llamado J.J., estaba enfrascado en una discusión con un «experto» sobre el apagón que seguía causando estragos.
—Entonces, ¿está diciendo que el gobierno mantiene deliberadamente a la gente en la ignorancia? —insistió J.J., con la voz destilando conspiración.
—J.J., seamos realistas —respondió el supuesto experto con tono engreído—. La red lleva parpadeando como una bombilla barata desde el amanecer. No tienen ni idea, y desde luego no tienen agallas para decirle al pueblo estadounidense lo grave que es la situación.
—Siempre los últimos en enterarse, amigos, siempre los últimos —se lamentó J.J. dramáticamente.
John se limitó a suspirar, negando con la cabeza.
No soportaba el programa de J.J.: todo bombo, toda confrontación, cero sustancia.
Tras años moviéndose en el círculo interno, sabía que las cosas no eran ni tan simples ni tan siniestras como las pintaban tipos como J.J.
Filtrar información sensible en el momento equivocado podía costar vidas.
El mundo no era blanco y negro; era un revoltijo de grises.
—¿Qué opinas, papá? —preguntó Jack. Sus ojos azules captaban la luz que se filtraba por el parabrisas.
—Ah, es J.J. La misma cantinela de siempre —gruñó John—. Gobierno malo, verdad oculta, todos son idiotas excepto él y su «experto».
Miró a su hijo.
—Créeme, Jack, pasan muchas cosas entre bastidores. A veces callar es proteger a la gente.
—¿Como lo que tú haces? —preguntó Jack, con una nota de admiración en la voz.
—Solo soy una pequeña parte, hijo. Un engranaje diminuto —dijo John—. Pero sí, la gente al mando... La mayoría sabe lo que hace. Hay que respetar la experiencia, la historia... el trabajo silencioso.
Jack sonrió con orgullo. Admiraba enormemente a su padre: un hombre que encarnaba fuerza y coraje y que, al mismo tiempo, lideraba un proyecto avanzado de IA. Alguien que de verdad se preocupaba por el delicado equilibrio entre el bien y el mal.
—Genial —susurró Jack—. Quiero ser parte de eso algún día.
—Sé que lo serás —dijo John con firmeza, embargado por el peso y el orgullo de la paternidad—. Y ya que hablamos de dejar huella, ¿cuándo es tu próximo partido?
Jack era una estrella en ascenso en el equipo de baloncesto del colegio y mostraba un talento prometedor.
Aunque John dudaba de que su hijo llegara a triunfar en una liga profesional, reconocía las valiosas lecciones que enseñaba el deporte: trabajo en equipo, espíritu deportivo y forja del carácter.
—Tenía partido hoy contra el Tampa Catholic, pero el apagón lo fastidió todo —suspiró Jack.
—Sí, esto ha fastidiado el horario de todo el mundo —asintió John—. Si la electricidad no se hubiera estabilizado, nuestro partido contra los Warriors también podría haberse ido al traste.
—¡Ni hablar! ¡Habría salido a arreglar la red yo mismo! —bromeó Jack, con la misma actitud resuelta de su padre. Ambos se rieron—. En fin, el partido oficial es la semana que viene. Winter Haven. Van primeros en la liga.
John asintió, atento.
—Pero vamos a machacarlos —declaró Jack, rebosante de confianza—. Tenemos que escalar posiciones en la clasificación.
—¡Así me gusta! —sonrió John—. Un día de estos estaré comprando abonos de temporada en el Orlando Sports Arena para verte jugar.
Lo dijo entre risas, pero en el fondo albergaba una pizca de esperanza.
Miró el reloj de la camioneta.
—Mierda, parece que vamos justos de tiempo...
—Bah, lo que cuenta es la segunda parte. Llegaremos —dijo Jack, optimista como siempre.
La discusión en la radio seguía al rojo vivo.
—¡...nuestro propio gobierno es el verdadero enemigo, J.J.! —proclamó el experto a voz en grito.
John ya había tenido bastante.
—Venga, vamos a cambiar de aires —murmuró, pulsando otro botón presintonizado.
Solo le respondió un fuerte siseo de estática: el apagón seguía afectando a algunas emisoras.
Probó la búsqueda automática. Más estática, luego un chasquido, y de pronto los acordes iniciales de «Knockin' on Heaven's Door» de Bob Dylan inundaron el vehículo.
—Ah, eso es —suspiró John, relajándose un poco en el asiento—. Mucho mejor.
—¿En serio, papá? ¿ Antigüedades? —protestó Jack—. ¿No podemos poner algo de este siglo?
—No —dijo John con una sonrisa—. La buena música, Jack, es atemporal.
La melodía familiar y melancólica los envolvió mientras la Maverick roja aceleraba hacia el este por la I-4, rumbo a Orlando y al partido.