20
El presidente Lowell aguardaba sentado tras su imponente escritorio, a la espera de noticias.
La tensión flotaba en el ambiente; cada tictac del reloj parecía recordarle el tiempo transcurrido desde que había dado instrucciones a sus secretarios.
El silencio opresivo lo aplastaba, tan pesado como la gravedad de la situación nacional.
El último informe pintaba un panorama sombrío: cada vez más plantas nucleares estaban siendo atacadas.
La amenaza inminente suponía el riesgo de pasar a la historia como el presidente incapaz de evitar un desastre nuclear en suelo estadounidense.
Kennedy, Reagan y Nixon habían afrontado sus propias crisis nucleares y habían logrado alejar a la nación del abismo.
Lowell se preguntó si él estaría a la altura.
Una vez más, su mirada se desvió hacia una fotografía: la radiante sonrisa de Susie.
La inocencia resplandeciente de la niña contrastaba de forma brutal con la crisis actual.
Para Lowell, aquella imagen era más que un simple recuerdo; era un recordatorio tangible de por qué estaba allí, tomando decisiones difíciles y luchando siempre por un futuro mejor para el país.
Todo por ella y por los incontables niños como ella.
Muchos creían que su énfasis en la familia no era más que una maniobra política. No podían estar más equivocados. Susie era su brújula, su norte verdadero.
Lowell respiró hondo y recorrió con la mirada las paredes del Despacho Oval hasta detenerse en los retratos de dos figuras icónicas de la historia estadounidense: George Washington y Abraham Lincoln. Ambos, en su época, habían afrontado desafíos sin precedentes.
Una leve sonrisa asomó a los labios de Lowell al recordar una historia sobre George Washington durante el crudo invierno en Valley Forge.
Washington había demostrado una entereza y un liderazgo inmensos cuando todo parecía perdido.
¿Y Lincoln? Había guiado al país a través de la Guerra Civil con una mezcla de fortaleza y empatía, convencido de que la Unión, una vez dividida, podría volver a unirse.
Lowell casi podía oír sus susurros de aliento, animándolo a seguir adelante.
Persevera. Lidera. Toma las decisiones que forjarán el futuro.
El suave timbre del intercomunicador en su escritorio rompió el silencio y lo sobresaltó. Pulsó el botón y la voz de Carrie inundó la sala.
—Señor presidente, el Dr. Kennedy está aquí.
—Hágalo pasar —respondió el presidente Lowell tras respirar hondo.
La puerta se abrió y apareció el Dr. Liam Kennedy. Alto, de ojos marrones intensos y cabello castaño cuidadosamente peinado, el secretario ya lucía algunas canas, probablemente desde que había asumido el cargo.
Cuando entró, el presidente Lowell se puso de pie para recibirlo. Sus miradas se cruzaron durante un breve e intenso momento. El destello de esperanza en los ojos de Kennedy sugería que esta reunión podría traer noticias más positivas que la anterior.
—Liam —comenzó Lowell, marcando un tono informal—, por favor, dime que traes buenas noticias.
Una leve sonrisa asomó a los labios de Kennedy, aligerando el ambiente cargado de la sala.
—Las tengo, Lowell —respondió Kennedy; el tuteo, señal de su larga amistad—. En cuanto al suministro de energía, hemos logrado contener el problema.
A Lowell se le escapó una risa de alivio y se adelantó rápidamente para abrazar a su amigo.
—¡Sabía que podía contar contigo, Liam! —exclamó con voz repentinamente más ligera.
Dio un paso atrás, el rostro ansioso, y lo instó:
—Venga, cuéntamelo todo.
Las lámparas bañaban la sala con un suave resplandor; las cortinas estaban corridas. El Dr. Kennedy se inclinó hacia delante.
—Hemos cerrado un total de quince plantas nucleares —comenzó, recalcando cada palabra—. Ahora están en fase de enfriamiento. Todavía no ha terminado, pero los gráficos… los datos apuntan en buena dirección.
Lowell asintió, consciente del peso de aquellas palabras. Un breve silencio se instaló entre ellos. Pero quería más detalles. El Dr. Kennedy respiró hondo y continuó.
—Además —añadió—, hemos aumentado la producción en todas las plantas restantes. Y con cierto apoyo de nuestros aliados canadienses, alcanzamos la estabilidad hace apenas unos minutos.
Por un instante, Lowell sintió alivio. Sin embargo, sabía que el problema no estaba resuelto. Clavó la mirada en Kennedy, con expresión decidida.
—Bien, Liam —dijo Lowell, cambiando de tema—. ¿Y qué hay de los otros ataques? ¿Los bancos, las redes comerciales? ¿Ese script de mitigación suyo está funcionando de verdad? ¿Se están estabilizando esos sistemas?
—No tengo novedades, pero su último informe fue optimista. Tenemos que partir de la base de que sí, se está conteniendo en ese frente.
—Partir de supuestos —repitió Lowell con amargura; las palabras le sabían a ceniza.
Negó levemente con la cabeza.
—Dios, espero que todo este desastre sirva de maldito toque de atención.
—Yo también, Lowell —coincidió el Dr. Kennedy—. Pero tenemos a los mejores trabajando en ello. Andrew, Franklin, Rebecca: ya están metidos de lleno. Y como pediste, la Dra. Hoffman viene de camino para echar una mano.
Una fugaz expresión de incomodidad cruzó el rostro de Kennedy al mencionar el nombre de Elise Hoffman. Lowell lo captó al instante, recordando viejos desacuerdos entre ambos. Pero eso ahora no importaba.
Tras echar un vistazo rápido al reloj, Lowell se volvió hacia su escritorio y pulsó el botón del intercomunicador.
—Carrie, por favor, programa una reunión para las 17:00. El Dr. Kennedy, Andrew, Franklin, Rebecca, Evelyn y la Dra. Hoffman.
—Por supuesto, señor presidente —respondió la secretaria.
—Si hay novedades antes de las 17:00, no esperes. Ven directamente aquí —Lowell volvió a clavar su mirada decidida en el Dr. Kennedy.
—Por supuesto —le aseguró, y asintió antes de salir del despacho.
Cuando la puerta se cerró tras él, el presidente Lowell se recostó en su silla.
¿Sería posible que la situación de verdad se estuviera resolviendo?