La Ruta de los Manuscritos (El Secreto de San Millán: Tomo VI) BLOQUE 3 #2
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BLOQUE 3 #2

REGRESO MATERIAL A LA RIOJA EN EL SIGLO XX: DEMOSTRADO

Después:

PROCEDENCIA EMILIANENSE UTILIZADA EN LA REASIGNACIÓN: DEMOSTRADA DOCUMENTALMENTE

Y por último:

PRESENCIA E INCORPORACIÓN POSTERIOR EN YUSO: DEMOSTRADAS

Debajo figuraba la línea que impedía cualquier exceso:

LOCALIZACIÓN ACTUAL: NO ESTABLECIDA

Fray Julián terminó de leer.

Mauro preguntó:

—¿Esto podría hacerse público?

Irene respondió:

—Todavía no de esta manera.

Sebastián cerró la carpeta.

No se trataba de ocultar la historia.

Se trataba de evitar que códigos internos y referencias de trabajo redujeran imprudentemente la distancia entre una conclusión histórica y el acceso material a un objeto cuya situación actual desconocían.

Fray Julián preguntó qué correspondía hacer.

—Primero comunicar formalmente la reconstrucción a quienes tengan responsabilidad sobre los fondos —respondió Sebastián—. Después definir cómo continuar la investigación documental.

Mauro añadió que cualquier consulta debía quedar registrada.

Irene dejó clara otra condición: ninguna intervención material podía realizarse sin criterios de conservación.

Fray Julián aceptó.

No necesitaban convertir a ninguna institución en adversaria.

Los fondos antiguos podían ser complejos sin que existiera ocultamiento.

Las signaturas cambiaban.

Los instrumentos se actualizaban.

Las descripciones podían acortarse o integrarse en nuevos sistemas.

Un libro podía seguir estando perfectamente conservado y resultar casi invisible para quien lo buscara con un nombre antiguo.

Sebastián preguntó:

—¿Recordás cambios importantes de inventario después de aquella campaña?

Fray Julián pensó.

—Varios.

Mauro se inclinó.

—¿Cuáles?

Sebastián levantó una mano.

—Ahí paramos.

Mauro lo miró.

—¿Otra vez?

—Sí.

Esa era exactamente la puerta que no debían cruzar de manera improvisada.

Lo siguiente merecía una investigación propia.

Las transformaciones posteriores de las signaturas podían acercarlos demasiado rápido a una posible localización actual sin haber establecido antes las condiciones de trabajo.

Fray Julián entendió.

—Entonces les digo solo esto: no den por sentado que una signatura que desaparece significa que el libro desapareció.

Sebastián sonrió apenas.

—Eso ya lo aprendimos.

Mauro volvió a mirar el resumen.

—Sigue pareciéndome increíble que haya vuelto.

Irene lo miró.

—Lo que lo hizo volver no fue su nombre.

Sebastián comprendió la idea.

—Fue la procedencia.

El nombre se había perdido.

La materialidad no.

La cubierta y las reparaciones siguieron acompañando al objeto. También la falta inicial. Los documentos de custodia sobrevivieron de manera imperfecta y bastaron para orientar una restitución que quienes la realizaron nunca entendieron por completo.

El manuscrito pudo regresar sin recuperar su identidad.

Mauro preguntó:

—¿Y si nunca volvió a salir después de aquella campaña?

—No lo sabemos.

—¿Es posible?

—Sí.

—¿Y si está a pocos metros?

Irene miró la puerta.

—También es posible.

Nadie se movió.

La tentación era evidente.

Podían comenzar a pedir nuevos inventarios y seguir equivalencias esa misma tarde.

Pero hacerlo habría convertido una conclusión cuidadosamente demostrada en una carrera hacia el hallazgo.

Sebastián no quería eso.

El problema siguiente era demasiado preciso para resolverlo por impulso.

No buscaban algo detrás de un muro.

Buscaban una ruptura entre un objeto y la forma en que fue nombrado.

Fray Julián cerró la carpeta.

—Entonces acá termina esta parte.

Sebastián asintió.

—Sí.

Por primera vez desde Burgos podía decirlo sin sentir que abandonaban la investigación a mitad de camino.

Habían reconstruido la ruta.

Lo siguiente sería otra cosa.

La tarde cayó despacio sobre el valle.

Sebastián salió acompañado por Irene.

Durante algunos minutos caminaron en silencio.

La quietud de Yuso no se parecía en nada al movimiento que acababan de reconstruir.

Irene se detuvo.

—¿En qué pensás?

Sebastián tardó.

—En que estuvimos buscando algo perdido durante demasiado tiempo.

—¿Y no estaba perdido?

—Sí. Pero no de la manera que creíamos.

El Códice se había perdido para quienes intentaban encontrarlo mediante una identidad histórica concreta.

Eso era distinto de haber desaparecido físicamente.

Quizá la pregunta correcta no hubiera sido nunca dónde estaba.

Quizá había sido bajo qué descripción dejó de ser reconocido.

Irene miró el monasterio.

—Eso todavía no lo sabemos.

—No.

Y era mejor así.

Cada conclusión había llegado cuando podía sostenerse.

Mauro apareció poco después.

—Ahora sí llamó Leandro.

Sebastián lo miró.

—¿Atendiste?

—No.

No necesitaban discutirlo.

Leandro sabía suficiente para comprender hacia dónde conducía la búsqueda.

Ellos, en cambio, todavía no conocían la referencia capaz de continuarla.

Y esa diferencia ya no generaba urgencia.

Si la investigación de los últimos meses les había enseñado algo, era que correr detrás de una conclusión solía ser la manera más rápida de deformarla.

Fray Julián apareció nuevamente en la puerta antes de que se marcharan.

Llevaba una hoja.

No era un inventario.

Era la constancia de que la documentación consultada quedaba registrada con las referencias utilizadas durante la investigación.

Sebastián la leyó.

—Perfecto.

—¿Van a volver? —preguntó el fraile.

Mauro respondió primero.

—Seguro.

Sebastián guardó la hoja.

—La próxima vez vamos a saber exactamente qué buscamos.

Fray Julián asintió.

Se despidieron.

Sebastián caminó unos metros y volvió la vista hacia Yuso.

Durante siglos, el Códice había pasado por personas e instituciones que nunca poseyeron la totalidad de su historia.

Almarza había llegado hasta donde sus documentos lo permitieron.

Eduardo Velasco había continuado otra parte.

El padre de Leandro encontró referencias nuevas.

Leandro heredó aquella búsqueda y confundió a veces la memoria de una antigua responsabilidad con un derecho más amplio del que las fuentes podían sostener.

Ellos habían reunido finalmente suficientes fragmentos para ver algo que ninguno de los anteriores había conseguido observar completo.

La historia material del objeto y la documentación que lo acompañó volvían a tocarse.

Y eso permitió demostrar su regreso.

Sebastián pensó en la fotografía.

No tanto en el manuscrito.

Pensó en quien había utilizado la cámara.

Aquel fotógrafo vio simplemente un volumen abierto sobre una mesa entre otros libros.

Disparó sin saber que décadas después alguien estudiaría el lomo, la cubierta deteriorada y la estructura incompleta del comienzo para reconstruir una continuidad de siglos.

No había hecho nada extraordinario.

Había documentado su trabajo.

Había sido suficiente.

Irene se acercó.

—¿Nos vamos?

Sebastián contempló una última vez el monasterio.

Todavía quedaban preguntas.

La referencia posterior.

Las reorganizaciones siguientes.

El momento exacto en que la identidad histórica dejó de acompañar al volumen dentro de los instrumentos de descripción.

Y, sobre todo, una pregunta que desde ese momento resultaba imposible evitar.

Si el manuscrito había regresado a Yuso y todavía no existía una salida posterior demostrada, ¿cómo podía continuar perdido?

No buscarían cámaras ocultas.

Tampoco leyendas.

Buscarían algo mucho más sencillo y, quizá, mucho más difícil de detectar.

Una descripción.

Sebastián comenzó a caminar.

Habían recorrido siglos de documentación para llegar otra vez al lugar del que todo había partido.

No era un regreso simbólico.

Era una conclusión demostrable.

El Códice de San Millán había vuelto a Yuso.

Allí terminaba, por ahora, todo lo que podían afirmar.

Antes de subir al coche, Sebastián volvió la cabeza.

Entonces comprendió la verdadera paradoja del recorrido.

Habían buscado durante meses el camino de un manuscrito perdido y habían terminado descubriendo que el volumen había regresado mucho tiempo atrás.

Lo que seguía perdido ya no era necesariamente el libro.

Era el nombre bajo el cual debían encontrarlo.