La Ruta de los Manuscritos (El Secreto de San Millán: Tomo VI) BLOQUE 3
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La última de las reproducciones pertenecía a Leandro.

Era una anotación breve escrita sobre una copia de la cronología familiar:

Continuar desde este punto.

Mauro la observó.

—Ahí empieza su trabajo.

Sebastián no respondió de inmediato.

La secuencia era suficientemente clara.

Eduardo había realizado las primeras búsquedas sistemáticas que podían demostrar.

Su hijo había retomado las consultas y avanzado sobre la pérdida moderna de referencia.

Leandro había recibido esa investigación inconclusa.

Irene volvió sobre una carta anterior.

—Acá se menciona una imagen.

Sebastián se acercó.

La frase decía:

No he podido localizar la imagen mencionada en la relación de trabajos.

Mauro reaccionó.

—¿Una imagen del manuscrito?

Sebastián negó.

—No sabemos eso.

La carta solo preguntaba por documentación gráfica relacionada con una campaña de revisión.

Podían haberse producido fotografías de manuscritos.

También de instalaciones o de otros materiales examinados.

Nada permitía identificar el contenido de aquella imagen.

Sebastián escribió:

REFERENCIA A DOCUMENTACIÓN GRÁFICA — CONTENIDO NO DETERMINADO

Y la dejó aparte.

No correspondía extraer más.

Las doce reproducciones hacían evidente, además, cuánto material faltaba por contextualizar.

Había cartas citadas que no habían recibido y documentos mencionados únicamente por título.

Tampoco tenían los originales que permitieran reconstruir cómo determinadas piezas habían llegado al archivo familiar.

Sebastián llamó a Leandro.

Atendió enseguida.

—Ya los viste.

—Sí. Entiendo que tu padre continuó la investigación de Eduardo.

—Mi abuelo.

—Sí.

Leandro esperó.

Sebastián fue directamente al punto.

—Necesito los documentos completos que utilicemos.

—Te envié una primera serie suficiente para entender cómo trabajaba.

—Suficiente según tu criterio.

—Claro. Son mis archivos familiares.

—Y cuando usemos alguno para sostener una conclusión vamos a necesitar saber su procedencia.

Leandro no discutió eso.

—De acuerdo.

Sebastián miró la libreta.

—Tu padre llegó al mismo corte documental que nosotros.

Hubo silencio.

—Sí.

—Siguió el volumen después del examen técnico y perdió la referencia cuando regresó.

—Sí.

—¿Vos continuaste desde ahí?

Leandro tardó un poco más.

—Continué varias líneas que él dejó abiertas.

—Necesito verlas.

—No todas todavía.

Sebastián no transformó la respuesta en otra cosa.

—Entonces cualquier conclusión que dependa de ellas queda fuera hasta que podamos verificarlas.

—Eso me parece razonable.

Mauro levantó la vista, sorprendido por la ausencia de choque.

Sebastián continuó:

—¿Por qué nos ayudaste?

—Porque ustedes encontraron documentación que nosotros nunca habíamos localizado.

La respuesta llegó sin rodeos.

La colaboración había funcionado en ambos sentidos.

Ellos habían utilizado fuentes proporcionadas por Leandro.

Leandro había podido conocer documentos que llenaban huecos dentro del trabajo heredado.

Eso no invalidaba la colaboración.

Obligaba a reconocerla con claridad.

—¿Tu padre creyó haber encontrado el Códice? —preguntó Sebastián.

—No.

—¿Lo vio?

—No que yo sepa.

—¿Llegó a conocer su ubicación?

—No.

Aquello mantenía intacta la línea probatoria.

Ningún Velasco moderno había demostrado haber tenido físicamente el volumen.

El padre de Leandro había avanzado mucho mediante documentos.

Nada más.

Sebastián preguntó:

—¿Qué creía exactamente sobre la custodia familiar?

Leandro tardó.

—Eso está desarrollado en otros papeles.

—¿Y por qué no los mandaste?

—Porque contienen hipótesis familiares mezcladas con documentos. Prefiero que primero terminen de reconstruir lo que puedan por fuentes independientes.

Sebastián consideró la respuesta.

No sabía todavía si compartía ese criterio.

Pero era verificable en un sentido importante: hasta entonces, los mejores avances habían surgido precisamente al comparar las fuentes familiares con documentación externa.

—Tu padre encontró documentos favorables y desfavorables a su interpretación —dijo.

—Sí.

—Y conservó ambos.

—Sí.

Eso coincidía con las anotaciones NO USAR.

—Entonces, ¿qué intentaba demostrar?

Leandro respondió:

—Qué había ocurrido con una antigua responsabilidad de guarda. El manuscrito era parte del problema, pero no era la única pregunta.

Sebastián miró a Irene.

La cuestión aparecía otra vez.

Custodia.

Pero no debían confundir una pregunta familiar con un derecho demostrado.

—¿Llegó tu padre a una conclusión definitiva?

—No.

La respuesta sorprendió a Mauro.

Leandro continuó:

—Creía que había una continuidad que no había podido cerrar documentalmente. Nunca escribió que la hubiera demostrado.

Eso colocaba las cosas en un lugar más preciso.

El padre de Leandro había trabajado durante años.

Había descartado pistas que favorecían a su propia hipótesis.

También había cometido el error de conceder demasiado peso a ciertas ausencias documentales.

Y terminó creyendo en una continuidad familiar que reconocía no poder demostrar completamente.

La llamada terminó poco después.

Sebastián volvió a las reproducciones.

Eduardo había iniciado una investigación sistemática.

Su hijo la había continuado y refinado.

Había encontrado evidencia de supervivencia contemporánea y comprendido la pérdida de equivalencia entre el manuscrito y sus registros.

Después alcanzó el mismo punto muerto que ellos.

Leandro había heredado ese problema junto con los documentos.

Sobre la mesa había ya dos generaciones de investigación comprobable.

La tercera seguía abierta.

Y por primera vez empezaban a entender que, para los Velasco, la pregunta nunca había sido únicamente dónde estaba el manuscrito.

También querían saber qué había ocurrido con una antigua custodia que la memoria familiar nunca había conseguido cerrar.