CAPÍTULO 1 El camino que comenzaba en Burgos
BLOQUE 1
Burgos apareció ante ellos bajo una luz fría de primera hora, con el perfil de la catedral elevándose sobre los tejados y una claridad gris extendida sobre el Arlanzón.
Sebastián Valcárcel contempló la ciudad desde el asiento del acompañante sin sentir la excitación que había imaginado durante el viaje. Después de tantas semanas siguiendo nombres, copias e inventarios, esperaba que llegar produjera alguna sensación de avance definitivo.
No ocurrió.
Burgos no parecía el final de nada.
Era una ciudad despertando. Los comercios empezaban a abrir y algunos peatones caminaban deprisa bajo el aire fresco de la mañana. Lo único excepcional era una frase escrita más de un siglo atrás que los había conducido hasta allí.
Irene conducía en silencio.
Mauro viajaba detrás con una carpeta apoyada sobre las piernas y el teléfono apagado desde que habían abandonado la carretera.
Ninguno necesitaba repetir las palabras de Julián de Almarza.
Las habían leído tantas veces que Sebastián podía reconstruir incluso la inclinación de aquella escritura:
Continuar en Burgos. Allí termina la última procedencia que he podido comprobar.
Almarza no había escrito que el Códice estuviera allí.
Tampoco había afirmado que hubiese pasado por la ciudad.
Había hecho algo mucho más preciso.
La última procedencia que podía sostener terminaba en Burgos.
Y esa diferencia era justamente lo que los había obligado a viajar.
—¿Seguís pensando que vamos detrás del manuscrito? —preguntó Irene sin apartar la vista de la calle.
Sebastián tardó un instante.
—Vamos detrás de una procedencia.
—No es lo mismo.
—No.
Mauro levantó la mirada desde el asiento trasero.
—Conviene que sigamos recordándolo.
Sebastián sonrió apenas.
Durante los últimos meses habían aprendido a desconfiar de las conclusiones que parecían resolver demasiado.
Una copia podía desplazarse sin que lo hiciera el original.
Un nombre podía repetirse durante generaciones sin demostrar continuidad.
Un documento podía conservarse en un archivo al que había llegado mucho después del acontecimiento que describía.
Almarza había comprendido esos problemas mucho antes que ellos.
Su trabajo no era el de un hombre empeñado en sostener una teoría.
Era el registro de alguien que había dedicado años a impedir que sus sospechas se transformaran en certezas falsas.
La anotación sobre Burgos era el mejor ejemplo.
Irene estacionó cerca del lugar donde habían acordado la primera consulta.
No comenzarían buscando un códice perdido.
Ni siquiera habían solicitado documentación medieval.
La primera referencia que querían comprobar pertenecía al siglo XIX: correspondencia institucional vinculada con una relación que Almarza había conocido y que nunca consiguió cotejar con la fuente de la que supuestamente procedía.
Sebastián bajó del automóvil y observó durante unos segundos las fachadas próximas.
Burgos había aparecido tarde porque Almarza se había negado a convertir una ciudad en una respuesta.
Primero confirmó la existencia de una tradición documental.
Después intentó establecer su procedencia.
Solo cuando creyó poder sostenerla escribió el nombre de la ciudad.
Ese orden importaba.
—Valvanera nos dio la pregunta —dijo Irene mientras cerraba el vehículo.
—Y Burgos puede darnos otra —respondió Sebastián.
Mauro hizo un gesto resignado.
—Muy alentador.
—A estas alturas, una pregunta bien formulada ya es bastante.
Caminaron llevando únicamente las carpetas necesarias.
Habían separado las reproducciones sensibles del material de trabajo cotidiano y acordado no compartir referencias completas antes de conocer el estado de los fondos que iban a consultar.
La preocupación de Irene había terminado modificando su manera de trabajar.
Ya no registraban solamente qué encontraban.
Distinguían entre lo que podía incorporarse a una reconstrucción histórica y aquello cuya localización debía circular de forma restringida mientras no conocieran la situación jurídica o material de la pieza.
Sebastián no había aceptado inmediatamente aquella cautela.
Ahora entendía por qué Irene había visto el problema antes que él.
Encontrar un documento podía contribuir a protegerlo.
También podía exponerlo.
El edificio conservaba la sobriedad propia de muchos archivos históricos. Controles de acceso, mesas despejadas y una temperatura estable que hacía olvidar rápidamente el clima exterior.
Los recibió una archivera que ya conocía el objeto formal de la visita.
Sebastián había evitado mencionar el Códice de San Millán en la solicitud.
Había pedido correspondencia de investigadores riojanos del último cuarto del siglo XIX y documentación relacionada con antiguas series de entregas y procedencias.
La mujer comprobó los datos.
—Valcárcel.
—Sí.
—Robles.
Irene asintió.
—Cebrián.
Mauro mostró su acreditación.
La archivera levantó la vista.
—Han pedido una serie complicada.
Sebastián prestó atención a la palabra.
—¿Complicada porque está incompleta?
—Porque dejó de llamarse como ustedes la están buscando.
Irene miró a Sebastián.
Era exactamente el tipo de problema que esperaban.
—¿Hubo una reclasificación? —preguntó.
—Más de una.
La archivera cerró el registro.
—Siéntense. Será más fácil empezar por las equivalencias.
Sebastián comprendió que Burgos no iba a recibirlos con un descubrimiento.
Los recibía con un problema de archivo.
Después de Almarza, aquello casi parecía una bienvenida.