La Ruta de las Cenizas (El Código del Camino de Santiago 6) CAPÍTULO 15 — Ataque Fallido
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CAPÍTULO 15 — Ataque Fallido

BLOQUE 1

Los dos detenidos, trasladados de inmediato a la comisaría más cercana para su procesamiento formal, resultaron ser considerablemente más jóvenes de lo que cualquiera había anticipado: un hombre de veintitrés años y una mujer de apenas veinte, ambos con antecedentes limpios hasta aquel momento,

sin ningún historial previo de actividad criminal ni de extremismo documentado formalmente por ninguna autoridad.

---Se llaman Mario Bouza y Lidia Ferreira ---informó la fiscal Mera, convocada de urgencia dada la relevancia del caso, revisando los primeros datos disponibles sobre ambos jóvenes---.

Estudiantes universitarios, ambos procedentes de familias católicas practicantes pero sin ningún indicio previo de radicalización extrema, según lo que hasta ahora pudimos verificar con sus propios entornos familiares.

Gabriel, observando el interrogatorio inicial desde la sala contigua, sintió una tristeza considerable ante la juventud evidente de ambos detenidos, tan distinta de la imagen que se había formado mentalmente de los seguidores de Veiga.

---¿Cómo terminaron involucrados en algo así? ---preguntó, más para sí mismo que para nadie en particular.

BLOQUE 2

Mario, el primero en ceder ante la presión combinada del propio arresto y de las evidentes consecuencias legales que enfrentaba, ofreció una explicación que resultó considerablemente más compleja y más humana de lo que Gabriel había anticipado.

---Empecé a seguir los canales de Anselmo hace casi un año, después de leer sobre el hallazgo de Prisciliano ---confesó, con la voz temblorosa por el evidente shock de la propia detención---.

Me sentí traicionado, como si algo en lo que siempre creí resultara, de repente, mucho más complicado de lo que nadie me había explicado nunca.

Anselmo entendía esa sensación mejor que cualquiera en mi propia parroquia.

Me hizo sentir que no estaba solo, que había una comunidad de gente que compartía ese mismo dolor.

Padre Esteban, escuchando aquella confesión desde la sala contigua junto a Gabriel, sintió que sus propias palabras de días atrás sobre la necesidad de acompañar pastoralmente el dolor generado por la investigación cobraban, de golpe, una relevancia considerablemente más urgente y más concreta.

---Esto confirma exactamente lo que temía ---dijo, con una gravedad considerable---. No reclutó criminales. Reclutó a jóvenes vulnerables, atravesando genuinas crisis de fe, ofreciéndoles pertenencia y sentido a cambio de canalizar ese dolor hacia la violencia.

BLOQUE 3

Lidia, interrogada por separado, ofreció un testimonio considerablemente más reticente, aunque igualmente revelador sobre la propia dinámica interna del grupo.

---Anselmo dice que el fuego es solo el principio de una prueba mayor que se acerca ---dijo, con una expresión que oscilaba entre el miedo evidente y una convicción residual que todavía no lograba abandonar por completo---.

Habla de algo grande, algo que va a demostrarle al mundo entero que tenía razón desde el principio.

Gabriel, procesando aquella declaración con una inquietud considerable, sintió que la propia confirmación de Lidia, aunque vaga, reforzaba la urgencia de todo lo que ya sospechaban sobre el ataque planeado contra el museo catedralicio.

---Necesitamos que ambos colaboren plenamente, a cambio de las garantías legales que la fiscal Mera pueda ofrecerles ---dijo, reuniéndose con el resto del equipo apenas terminaron ambos interrogatorios---.

No solo por la información operativa que puedan aportar, sino porque, sinceramente, creo que merecen la oportunidad de salir de esto con algo más que una condena severa colgando sobre sus cabezas para el resto de sus vidas.

Padre Esteban, coincidiendo plenamente con aquella consideración, ofreció su propia disposición a intervenir directamente.

---Me gustaría hablar con ellos, si la fiscal Mera lo permite ---dijo---. No como investigador, sino como sacerdote. Quizás pueda ofrecerles algo que Veiga nunca les dio realmente: un espacio genuino para procesar su propio dolor sin necesidad de destruir nada en el proceso.