La Revolución Amarilla Capítulo 15. El Fantasma
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Capítulo 15. El Fantasma

El Fantasma

Había transcurrido diez días desde la primera manifestación del ruido, y desde ese día, uno tras otro, cada vez que la Guardia Gris salía del Pozo Oscuro, otra vez…la música retumbando por doquier. Las gentes que habitaban la montaña, desde el Nivel I hasta el Pozo, enloquecían.

Los Custodios se dividían entre escucharla o encerrarse en el Gran Salón del Consejo para recitar en voz alta el Dogma de Acero y que a su vez resonase por los altavoces, pero el ritmo trepidante de la música agotaba el murmullo cansino de los Custodios.

Los recolectores no podían evitar bailar al son de la música entre los invernaderos y los huertos de tubérculos, mientras las reproductoras se alargaban en sus aseos diarios para coincidir con el ruido, cerraban los ojos y se transportaban a otro lugar para flotar con el sonido.

Y el Nivel III… se estaba transformando, de una sabana de zombis autómatas a un circo de fieras, sedientas de respuestas, de hambre, de exigencias… sus mentes despertaban cada vez que la voz de Morrison retumbaba en los túneles rebotando con su eco por cualquier lugar.

La Guardia Gris, que se había acostumbrado a acomodarse en su Balcón mientras el ritmo de la montaña fluía, ahora se afanaba en controlar a los extractores que se amontonaban en la despensa de Fodos exigiendo comida y agua.

Y que, al día siguiente, les costaba que volviesen a los túneles, ya que la mayor motivación que ocupaba sus mentes era buscar el sonido en esos túneles de carbón.

Las cargas eran diarias, y cada vez más, los extractores se giraban hacia los guardias, en cualquier momento podría estallar una revuelta que no se pudiese controlar.

Mientras tanto, Kael andaba ausente, sin moverse del Balcón, solo observaba, escuchaba la música como si esperase a que le revelase un secreto mayor.

Aunque realmente, lo único que atormentaba a Kael era la promesa que le hizo a Amara.

Amara ya había sido informada de su designio, y como parte de otra decepción más en su vida, había aceptado su destino, asumiendo que no volvería a ver a Kael nunca más.

Pero cada vez que sonaba esa música… se sonrojaba cuando inevitablemente su mente se iba a aquel momento en el que rompió con todo y se abrazó a Kael en un instante interminable. De algún modo, notaba su calor cada vez que ese sonido recorría su cuerpo y la encendía como una antorcha.

Y en el laboratorio del Brujo, rodeado de esquemas y cálculos matemáticos, amontonado en algoritmos imposibles… se hallaba Kabil.

Kabil: [a sí mismo, con paranoia] no está ocurriendo, no está ocurriendo…

ese ruido infernal… [gritó desesperado] ¡DE DÓNDE SALE!

Esta endiablada montaña y sus malditos recovecos y pasajes que parece que ha sido taladrada por millones de topos.

¡Cómo es posible que no sea capaz de encontrar ese maldito ruido!

RIIIIING, RIIIIING… Suena el teléfono interno.

Kabil tarda en encontrarlo entre tanto papel y desorden, pero lo consigue descolgar antes de que deje de sonar.

Vorak: [tono serio y pausado] Buenas tardes, mi querido Kabil, ¿sabes?

De nuevo, por décimo primer día consecutivo, [tono endureciéndose poco a poco] tengo que escuchar a Jim Morrison [gritó neurótico] ¡BERREANDO!

¡UNA Y OTRA Y OTRA VEZ! ¿me quieres explicar qué cojones está ocurriendo?

¿De dónde demonios sale ese ruido? [baja ligeramente el tono, pero muy enfadado] Los extractores no extraen, los recolectores no recolectan, los Custodios se encierran en el Consejo como si esperasen que la montaña se les fuese a caer encima y para colmo, la Guardia Gris parece completamente desorientada, persiguen fantasmas y se pasan el día apaleando a muertos de hambre que quieren asaltar la Despensa.

Escúchame Kabil, encuéntralo y hazlo ¡YA!

Vorak colgó el teléfono tirándolo de la mesa del despacho, aquello era un desacato imperdonable, cómo es posible que se les hubiese colado algo así. Alguien trajo ese ruido de afuera, si fue ese explorador, puede que no viniese solo, pensó...

Vorak: [para sí mismo] Encontraré a la rata que se ha colado en mi mundo... lo haré cueste lo que cueste.

Magnus encerraba a todos los Custodios en el Gran Salón de los Custodios, para recitar el Dogma de Acero lo más alto posible, y estos lo hacían como abducidos, esperando expulsar al demonio que trataba de corromper su cuerpo y su alma.

Cuando por fin se detenía la reproducción, todos se quedaban extasiados, mirando al ojo de la bóveda, esperando alguna señal.

Pero Magnus, no era como el resto, él sabía que esa música tenía que venir de afuera, alguien la reproducía desde afuera para llamarlos, para conducirlos a un mundo nuevo, era la señal que todos esperaban, por fin el Dogma de su Fe, cogía toda la fuerza necesaria para justificar todos estos años de cautiverio.

Y cada vez que sonaba la música, su poder se reafirmaba más.

Luego divagaba, y sus recuerdos le llamaban como cada noche, y entonces podía volver a verla, a ella, bailando The Doors, y pidiéndole que la salve.

En algún lugar en El Pozo Oscuro

El olor llegó primero.

No el olor del Pozo, eso era constante, omnipresente: carbón, sudor, azufre, braseros eternos, humanidad concentrada en su punto de quiebre. Este era un olor diferente, más limpio, más joven, ¿era jabón?

Y algo más sutil, era un miedo reciente, Alan lo detectó antes de verlo.

Veintidós años en el Pozo te enseñaban a leer olores como otros leían palabras.

Tu nariz se volvía instrumento de supervivencia.

Detectabas enfermedad antes de que se manifestara.

Detectabas muerte acercándose. Detectabas cambios microscópicos en el aire que significaban peligro y oportunidad, y, sobre todo, detectabas intrusos.

Alan estaba junto al brasero noreste, calentando sus manos, gesto inútil, el calor nunca penetraba realmente los huesos, pero el ritual ayudaba, cuando el olor lo golpeó. Levantó la cabeza. Esos ojos azul grisáceo, extraordinariamente claros incluso en la penumbra del Pozo, escanearon la oscuridad.

Veintitrés hombres visibles. Todos conocidos.

Todos catalogados en su memoria. Pero había veinticuatro presencias.

Se movió sin hacer ruido, había aprendido a caminar como una sombra, hacia el túnel 4, donde estaba su cámara secreta.

Y ahí, en la entrada del túnel, medio escondido detrás de una carreta volcada... estaba, ¡un niño!

Se trataba de Torbe, un niño de diez años, pequeño incluso para su edad, 1.

32 metros y 28 kilos de huesos y determinación.

Cabello castaño rebelde cayendo sobre ojos enormes que miraban todo con esa intensidad de quien está descubriendo un universo nuevo.

Llevaba una túnica marrón de Recolector, demasiado grande para él, con las mangas enrolladas tres veces.

Sus pies descalzos, sucios de polvo de carbón, con pequeños cortes que sangraban ligeramente.

Y su expresión...de asombro absoluto mezclado con terror y aderezado con curiosidad que pesaba más que el propio miedo.

Estaba inmóvil, mirando el Pozo como si fuera otro planeta.

Lo cual, técnicamente, lo era. Los braseros que proyectaban luz roja infernal alumbraban las literas de piedra simulando tumbas abiertas y los hombres moviéndose como espectros delgados, sucios y encorvados, nadando entre el calor y el olor indescriptible.

Alan se acercó por detrás silenciosamente y puso su mano en el hombro del niño. Torbe lanzó un grito ahogado, girándose bruscamente, tropezando hacia atrás, cayendo sentado.

Torbe: [aterrado] ¡Ahhh!

Alan: [calmado] Tranquilo, pequeño. Tranquilo. [pausa] No voy a hacerte daño.

Torbe lo miró desde el suelo, procesando lo que veía, era un hombre esquelético, encorvado por veintidós años bajo tierra. Con su cabello blanco despeinado y la barba descuidada, pero sus ojos, esos ojos claros que brillaban incluso en la oscuridad, no estaban muertos y le veían fijamente.

Torbe: [tembloroso] Yo... yo no quería... solo estaba explorando y... [mirando alrededor] ¿dónde estoy?

Alan: [sonrisa pequeña] Estás en el lugar más profundo de la montaña. [pausa] El Pozo. [extendiendo mano] Ven. Levántate.

Torbe vaciló, pero algo en los ojos de Alan, amabilidad que no había visto en adultos en mucho tiempo, le hizo tomar su mano. Alan lo ayudó a levantarse.

Alan: [mirándolo de arriba abajo] Eres pequeño. ¿Cómo llegaste aquí? Los Guardias no permiten que nadie baje excepto... [deteniéndose, comprendiendo] excepto que no bajaste por el montacargas, ¿verdad?

Torbe: [negando, ganando ligeramente confianza] Vine por los pasajes. Los túneles pequeños que conectan... hay uno en el túnel 7 que baja y baja y... [gesticula vagamente] terminé aquí.

Alan: [asombro genuino] ¿Bajaste por los conductos de ventilación secundarios? [pausa] Esos son... estrechos. Peligrosos. Podrían colapsar.

Torbe: [encogiéndose de hombros] Soy pequeño. Quepo. [pausa] Y necesitaba saber dónde llevaban.

Se oye otra voz desde la oscuridad. Jassim y Emro emergieron de las sombras haciendo retroceder al asustado muchacho. Pero Alan puso su mano protectora en su hombro.

Jassim: [acercándose, seguido por Emro] ¿Alan? ¿Con quién hablas?

Alan: [a Jassim y Emro] Tenemos visitante. [presentando] Este es... [mirando al niño] ¿cómo te llamas?

Torbe: [firme ahora] Torbe.

Jassim: [deteniéndose, mirando al niño con interés analítico] ¿Torbe? ¿Por dónde has venido?

Emro: [acercándose, voz suave] Hola, Torbe, yo soy Emro, y este gruñón es Jassim. [pausa] ¿Tienes miedo?

Torbe: [honestamente] Un poco. Hace mucho calor aquí. Y huele... diferente.

Alan: [asintiendo] El Pozo es diferente a cualquier otro lugar de la montaña. [pausa] Pero no debes tener miedo. No de nosotros.

Los cuatro se movieron hacia el brasero donde había más luz mientras Torbe miraba alrededor constantemente.

Jassim: [susurrando] Es peligroso que lo vean aquí, tenemos que esconderlo, Alan llevémoslo a la cámara.