Capítulo 6. Lealtad de roca #4
Hamso: [incorporándose ligeramente] ¿Mi Lord me pidió un porqué? Yo le he dado varios porqués.
Hace tres noches ya no pude sostener mi inquietud y desasosiego, me levanté a las 03:00, cuando el cambio de guardia dejaba una ventana de dieciocho minutos sin supervisión completa.
Bajé al Almacén de Objetos Requisados. No era un espacio grande.
Una habitación del tamaño de una celda, con estanterías de metal cubiertas de polvo y objetos que habían sido confiscados durante treinta años.
Libros, fotografías, juguetes de niños, instrumentos musicales o ropa desteñida.
Todo lo que el sistema considera peligroso porque recordaba que el mundo había sido diferente.
Un oso de peluche que alguien había amado hasta gastarlo. Sabía de una mujer en el Nivel II cuya hija había muerto veinte años atrás. Este podría haber sido de ella. Lo tomé.
Una fotografía de una familia: eran tres personas sonriendo en un paisaje que ya no existe. La tomé.
Un libro de poemas con las páginas amarillentas pero intactas. Lo tomé.
Luego me acerqué a la plaza central de la meseta del Nivel III. Todos dormían; todos salvo aquel gordo horrible que parece tener siempre alguna deuda que cobrar en su Despensa.
Coloqué cada objeto como si se tratase del tesoro más valioso que se haya encontrado jamás.
Me di cuenta de que aquello que tenía en mis manos no era otra cosa que partes del ser humano: trozos de la historia, pedazos de sentimientos que nos habían sido robados.
No sabía por qué lloraba; tampoco entendí la sensación de calidez, de satisfacción, de plenitud que sentía reposar en mí mismo.
Las gentes salían del asentamiento, los mayores gritaban, ¡regalos!, ¡regalos!
Nunca sentí haber hecho nada por nadie que hiciese ver a las personas así.
Un viejo se me acercó casi sin poder hablar, con una foto en su mano: parecía que era una mujer y un niño pequeño. No hablaba, solo tartamudeaba, y me abrazó con la poca fuerza que le quedaba.
Fue entonces cuando entendí que el sistema no tiene grietas que tapar: la grieta es el sistema.
Kael no podía dar crédito a lo que escuchaba, seguía perplejo, pero escuchaba cada palabra que salía de la boca de Hamso.
Sabía de corazón que era un hombre leal y que lo que contaba y como lo pensaba, lo hacía con plena convicción.
Había algo dentro de Kael que no le permitía ejecutar la sentencia que llevaba bajo el brazo, enviar a Hamso, a su amigo al Pozo Oscuro era como destinarse a sí mismo a un abismo de culpabilidad perpetua, una vez allí abajo, él ya no podría protegerlo.
¿Pero qué hacer? ¿Cómo acatar las órdenes de Vorak? ¿Cómo seguir la doctrina de los Custodios? ¿Cómo no traicionar al Orden de la Montaña después de haber escuchado una confesión tan concisa?
Si las palabras de Hamso salían de aquella tienda, sería ejecutado al momento, dudo que fuese ni siquiera enviado al Pozo Oscuro.
Entonces, algo se iluminó en su mente, algo que podría hacer que como si se tratara de un nudo marinero, uniera dos extremos en una sola sentencia.
Kael: [dando la espalda a Hamso] Tu confesión y traición contra el Orden de la Montaña es clara y concisa, no hay nada que se pueda objetar para que seas degradado y sentenciado.
Pero… cómo veo que te gusta mucho todo lo relativo al mundo antiguo, te daré la ocasión de que tú mismo seas consciente de todo aquello que fue destruido por esas cosas que ahora alabas.
Tú mismo te darás cuenta del poder destructivo de esas herejías, te daré la oportunidad de verlo con tus propios ojos.
Tu sentencia es formar parte de la Expedición 47, así podrás visitar el exterior junto con otros sentenciados con el fin de que podáis conseguir los materiales que necesita Kabil y su equipo. Mientras tanto, esperarás en el Pozo Oscuro.
Hamso, miró a los ojos grises de su amigo por última vez, en el fondo él también sabía que era lo único que podía hacer Kael, y se sentía agradecido por al menos darle la oportunidad de visitar el exterior.
Quizás pudiese volver algún día o pudiese vivir al menos unos meses después de recibir la radiación a la que su cuerpo se vería expuesto.
Hamso: [relajando su cuerpo] Lo siento amigo, nunca quise defraudarte.
Kael ya no volvió a hablar más, se giró y salió a paso apresurado de la tienda de campamento con la única idea en mente de tener un secreto que ocultar.
Estaba furioso. Caminaba como huyendo de verdades incómodas que no quería asumir, por un lado, estaba la realidad que había vivido durante toda su infancia y la motivación que le había llevado a convertirse en el Jefe de la Guardia Gris.
Por otro lado, estaba su amigo Hamso, sí, porque si había alguien al que podía llamar amigo era a ese hombre.
Hamso podría ser un loco, pero nunca un mentiroso, y era leal como nadie, ya se lo había demostrado varias veces…
Por primera vez en su vida, las dudas tocaron a la puerta del Halcón, del gran Jefe, y sentía, en una parte de sí mismo, que quizá algo no funcionaba en el sistema.