Capítulo 6. Lealtad de roca #2
El segundo oponente duró doce segundos, el tercero, seis y el cuarto se rindió antes de empezar.
Hamso, desde su rincón en la sombra, observaba con la boca ligeramente abierta.
No era solo que Kael ganara.
Era cómo ganaba.
Sin rabia. Sin esfuerzo visible. Sin nada que indicara que estaba peleando contra humanos y no resolviendo problemas abstractos.
Cada movimiento parecía haber sido calculado tres pasos adelante.
Cada bloqueo llegaba justo a tiempo, pero no antes.
Cada contraataque terminaba exactamente en el punto de inmovilización, nunca más allá.
Era como ver agua moverse o como ver una máquina. No, algo peor que una máquina. Una máquina perfecta con forma de niño de quince años.
Después del último combate, cuando los otros candidatos estaban en el suelo respirando como peces fuera del agua, Kael seguía de pie. La postura inalterada. El uniforme apenas desarreglado.
El instructor se acercó.
"Kael. Edad."
"Quince años, señor."
La voz salió plana, sin inflexión. Como si estuviera reportando temperatura ambiente.
"¿Cuánto tiempo llevas entrenando?"
"Desde los ocho años, señor. Siete años."
El instructor asintió. Miró al resto de los candidatos en el suelo.
"Esto," señalando a Kael sin mirarlo, "es el estándar. Esto es lo que significa ser Guardia Gris. No fuerza bruta. No rabia. Precisión. Control. Obediencia al entrenamiento."
Kael permanecía inmóvil.
No había orgullo en su rostro. No había satisfacción. No había nada. Solo esos ojos grises mirando al frente, sin enfocar nada en particular. Y Hamso, con todo el asombro del mundo, pensó:
Así quiero ser, exactamente así, perfecto, imparable. Sin duda, no vio la jaula, solo vio la fuerza. No vio al niño criado como un arma, solo vio al soldado perfecto. No vio la ausencia de humanidad, solo vio la presencia de poder.
Esa noche, Hamso durmió soñando con ser como Kael. Tardó seis años en darse cuenta de que había soñado con convertirse en un fantasma, y otros dos en entender que Kael mismo estaba empezando a despertar de esa pesadilla.
Pero con dieciocho años, observando a un chico de quince moverse como muerte líquida bajo las antorchas del Patio de Acero, Hamso solo pensó:
Eso es un héroe.
Eso es lo que protege a la humanidad.
Eso es lo que quiero ser.
Año 29, octubre
Kael descendió desde la residencia del líder, había estado todo el día encerrado con su padre, Vorak había sido implacable, no había lugar para las grietas y Kael no podía plantearse ni siquiera parecer una.
Se sentía disgustado por el trato brusco de su padre, estaban resultando semanas duras tras la activación del protocolo de contención, sus hombres estaban presionando a las gentes del Nivel II y Nivel III, pero sin conseguir nada más que generar más inestabilidad y desorden.
Francamente empezaba a tener serias dudas de si esta acción sacaría a la luz conspiradores o los terminaría creando.
Y luego estaba esto, en el peor de los momentos posibles, con su padre buscando traidores… Hamso…
Vorak había sido contundente y quería utilizar este acto para dar ejemplo, Kael sabía que el código del Orden estaba por encima de todo. Pero había algo dentro de él que le apretaba el pecho, esta vez no era como otras.
Kael: [nervioso] El Orden nos salva, el fin justifica los medios
Se repetía sin cesar, una y otra vez, a cada peldaño que descendía al Nivel I.
Y cuando se disponía a bajar al Balcón de la Guardia, algo le retorció el estómago.
Era como si tuviese una piedra de doce kilos colgando del esófago; lo ahogaba y le hizo clavar una rodilla en el suelo.
Por primera vez en muchos años, se sintió vulnerable.
Su escolta le ayudó a levantarse, pero Kael vomitó sobre el quinto escalón de la bajada al Balcón.
No es para menos, el designio que porta pesa mucho para él, pero debe ejecutarlo.
Recompuesto, tras beber algo de agua, Kael y su escolta entran al Pabellón de Acero, las puertas se abren, entran apresurados, con paso fuerte y decidido, mostrando la similitud con un toro de lidia, fuerte, negro, decidido, pero fuera de lugar.
El Pabellón de Acero se pone en pie, en silencio, con honor a su líder, 200 hombres uniformados de gris que se camuflan con el espectro de la Montaña, este lugar está lleno de soldados, pero la frialdad es antártica.
En el medio una pequeña tienda de campamento, custodiada por cuatro guardias, Kael se dispone a acceder a ella cuando un destello fugaz pasa por su mente… se gira y pide a la escolta entrar solo.
Dentro, una sola silla, y Hamso permanecía sentado en ella, sin uniforme y visiblemente castigado por los guardias.
Kael, alzó la vista por primera vez en media hora, lo miró fijamente, pero Hamso no era capaz de devolverle la mirada, pesaba demasiado y la culpabilidad de su corazón se reflejaba en sus ojos.
Por un instante, ocurre, sucede que el hombre de acero se quiebra, solo por segundos, su expresión cede y su mirada refleja dolor.
Kael: [enervado] ¿Entiendes lo que has hecho? [pausa] ¿Por qué?... ¿Qué demonios se te pasó por la cabeza?
Está enfurecido, pero no con ira o rabia: es una mezcla de impotencia, incomprensión y tristeza.
Kael: ¿¿POR QUÉ??
Hamso: [con resignación] Tú no podrías entenderlo. No tienes nada que se mueva dentro de ti; solo tienes tu ambición, tu propósito, tus lemas, tu visión… Eres como Kabil, eres como...
Kael: ¿Cómo quién? ¿Ahora vas a blasfemar también?, has traicionado todo lo que te hizo ser un hombre, has fallado a lo único que te separó de ser un miserable recoge-hongos o una porta-carretas del Nivel III...
Hamso: ¿Y tú qué quieres ser, Kael? Un día serás el Lord de la Montaña: te asomarás a la barandilla del búnker y contemplarás tu gloria.
La gloria de oprimir a gente que vive aquí; de arruinar las pocas cosas que hacen sonreír a los que cada día dejan su sangre y su vida por mantener este sistema...
Kael: El Orden nos salva, el Ord...
Hamso: ¿Nos salva de quién, Kael? ¿De quién nos salva? ¿De qué nos salva? Solo protege a los Custodios. Somos marionetas de los experimentos de Kabil; dudo incluso que tu padre conozca todo lo que tiene en mente ese chiflado.
Kael, asiente resignado, este hombre no es el soldado fiel en quien confió, dice cosas que jamás él se ha planteado, plantea situaciones que atentan contra el orden establecido que protege la Montaña.
Se hizo el silencio por dos minutos que les parecieron doscientos; ambos se apreciaban y se respetaban.
Para Hamso, Kael siempre fue su ejemplo a seguir en la vida y en cierto modo se sentía orgulloso de haberlo imitado, pero en el último año al estar destinado en el Nivel III, había podido vivir de primera mano la crueldad del sistema impartido por Kabil.
Porque, aunque ambos habían nacido en la montaña, había algo que los distinguía diametralmente.
Si bien Kael es el soldado perfecto, casi un experimento más de su padre, Hamso creció desde la nada, soñando con poder mejorar el mundo en que vivía.
Hamso: [sosegándose] Me hablas de traición.
Crecí anhelando tener el uniforme gris, el poder para impartir justicia, la legitimidad, el respeto y el honor de luchar por construir un orden que nos proteja en este lugar por muchos años.
Pero me he visto traicionado por todo esto.
Mi vida se ha desmoronado; todo lo que creía, lo que respetaba, ya no significa nada.
¿Has estado en el Nivel III?, sé que sí, pero no recientemente...
Había un niño. Tendría ocho, quizás nueve... flaco como todos los niños de Recolectores, con esos ojos demasiado grandes en esa cara demasiado pequeña y las costillas marcándose bajo la túnica gris.
Lo habían encontrado robando.
Una ración extra del Gran Comedor. Media torta de hongo, que sabía a cartón pero que al menos llenaba el estómago por unas horas.
El protocolo era claro: Castigo Nivel II para menores. Quince azotes, ejecución inmediata de la sanción, sin aplazamiento, sin excepciones.
Yo sostenía el látigo mientras el niño miraba hacia atrás con esos ojos enormes, sin llorar todavía, porque los niños de la montaña aprendían rápido que llorar antes del golpe solo hacía que durara más. Esperaba.
“¿Tienes algo que decir?”, pregunté. Era parte del protocolo. Tenías que ofrecer la oportunidad de confesar, de mostrar arrepentimiento.
El niño habló con voz pequeña, clara:
"Mi hermana tiene hambre."
Cuatro palabras.
Levanté el látigo. El brazo se movía por sí solo después de seis años. No había que pensar. Solo ejecutar. El látigo silbó en el aire, ese sonido que había producido ciento veintitrés veces antes, y cuando tocó la espalda del niño, el cuerpo pequeño se arqueó, pero no gritó.
No gritó.
Di catorce azotes más porque el protocolo exigía quince, y ese niño no gritó ni una sola vez.
Cuando terminé, guardé el látigo y me fui al barracón, y me acosté en mi litera y miré el techo metálico durante seis horas sin conseguir dormir, pensando en cuatro palabras:
Mi hermana tiene hambre.
Mi querido Jefe de la Guardia Gris, supongo que también habrá estado en el pabellón de las matronas...
La Reproductora tenía quizás veintiocho años, aunque el Internado la había envejecido hasta parecer cuarenta. Delgada como todas, con el cabello recogido y esa manera de mirar al suelo que las Reproductoras desarrollaban después de suficientes visitas a la sala de examen.
La habían sorprendido fuera de su sector después del toque de queda.
El protocolo era claro: Advertencia primera vez, degradación segunda vez. Esta era la segunda vez.
Patrullaba con otro guardia, Dante, que tenía diecinueve y aún se creía todo lo que le habían enseñado.
La escoltaban de vuelta al Internado para procesamiento.
Íbamos por el pasillo del Nivel II, ese pasillo largo y húmedo entre las fuentes y el Internado, donde el musgo crecía en las grietas de las paredes, cuando ella tropezó.