Capítulo 6. Lealtad de roca
Lealtad de roca
Veintiséis años en un cuerpo de exsoldado que aún conserva la musculatura, aunque empezaba a perder peso en el Pozo.
Alto, de hombros anchos, con el cabello castaño cortado corto por costumbre militar que ya no sigue.
La mandíbula cuadrada, cubierta por una barba incipiente que nunca se rasura del todo porque ya no importa.
Tiene cicatrices de combate en brazos y torso: algunas de entrenamiento, otras de “intervenciones”, y una quemadura reciente en el antebrazo de acercarse demasiado al brasero mientras dormía.
Sus manos aún son fuertes, capaces, con nudillos marcados de años golpeando a gente que probablemente no merecía ser golpeada. Los ojos marrones miran con una mezcla de culpa y determinación, como alguien que sabe lo que hizo y está tratando de compensarlo sin esperar perdón.
Se mueve con la eficiencia residual del soldado, pero con una nueva cautela, como si estuviera reaprendiendo a usar su cuerpo para construir en lugar de destruir.
Viste harapos de extractor, pero a veces se yergue en posición de firmes sin darse cuenta, y tiene que recordarse que ya no es Guardia, que esa vida terminó.
Ahora huele a carbón, sudor y arrepentimiento.
Es el tipo de hombre que fue el instrumento de la opresión y está intentando, desesperadamente, convertirse en el instrumento de la liberación, sabiendo que el camino de regreso está bloqueado, pero caminándolo de todas formas.
En el año cuarto de la Montaña, Hamso nació en el Nivel II.
Su madre trabajaba en los huertos improvisados en las grietas de la montaña y recolectaba insectos; era una recolectora.
Lamentablemente, ella muere en el parto y el niño fue tomado al cuidado de las matronas, esperando a que tenga la edad suficiente para poder trabajar.
Siempre fue un niño muy fuerte y con gran determinación, por lo que siempre tuvo claro que sería un Guardia Gris.
Por las noches se dormía mirando el Balcón de Acero o el saliente desde donde se aposenta el barracón de la Guardia Gris.
Hamso fue criado por el sistema, por las matronas del sector infantil, por las tías comunales que cuidaban de los niños sin padres, que eran cada vez más porque la muerte en parto era común y la muerte en general era común y los niños se acumulaban como objetos perdidos que nadie reclamaba.
Creció sin nombre propio durante los primeros cinco años.
Solo era "el niño de la litera doce". Luego alguien, no recordaba quién, empezó a llamarlo Hamso porque era fuerte para su edad, como un pequeño martillo.
No tenía familia, no tenía posesiones y no tenía propósito. Era solo otro niño gris en un mar de grises, destinado a ser Recolector probablemente, o Extractor si tenía mala suerte, trabajando hasta morir en algún túnel cuyo nombre nadie recordaría.
Su obsesión era pertenecer. Esa era la palabra que más repetía, pero que sentía en cada célula de su cuerpo huérfano. Quería pertenecer a algo: a un grupo que tuviera nombre, a una hermandad que tuviera propósito, a una familia que no fuera accidental sino elegida, ganada, merecida.
Y la Guardia Gris era eso. No eran niños perdidos en literas numeradas, eran soldados con nombres en placas de identificación.
Comían juntos en su propio comedor, dormían juntos en su barracón, entrenaban juntos cada mañana.
Se movían como una unidad, un organismo único, algo más grande que la suma de sus partes.
Tenían el Pabellón de Acero. Un lugar propio, un hogar.
No una celda numerada en un nivel olvidado, sino un módulo con nombre, con historia, con identidad.
Y Hamso, once años, huérfano, sin nada que fuera suyo, quería eso con una desesperación que no podía nombrar.
Todas las mañanas observaba cómo entrenaban los guardias y trataba de seguir sus pasos hasta que le tocaba ponerse a trabajar cazando escarabajos o ayudando a los recolectores.
Para un niño que ha nacido en la Montaña, no hay nada más grande que estar en el Balcón, desde allí puedes sentir que vuelas, que todo lo ves, te respetan y la comida es mucho mejor que en la Meseta, seguro.
No hay duda, él quiere ser uno de ellos.
Veía a los hombres que protegían a la montaña del caos.
Que se interponían entre la gente y el peligro.
Que mantenían las cosas funcionando cuando todo amenazaba con colapsar.
Veía fuerza, orden, propósito. Veía disciplina donde el resto de su vida era solo supervivencia desordenada. Veía a alguien que importaba.
Una mañana, Hamso con solo 11 años se acercó al puesto de reclutamiento en el Balcón.
El guardia de turno lo miró con escepticismo. Era pequeño para su edad. Flaco. Con brazos como palillos y un pecho que mostraba las costillas.
"¿Cuántos años tienes?"
"Once."
"La edad mínima es doce."
Hamso se irguió todo lo que pudo, añadiendo quizás dos centímetros a su altura.
"Cumplo doce en tres meses."
Mentía. Cumplía doce en ocho meses. Pero nadie llevaba registros exactos de nacimientos de huérfanos del Año 4.
El guardia lo evaluó.
"¿Por qué quieres unirte?"
Hamso había preparado esta respuesta. Había pensado en ella toda la noche.
"Porque quiero proteger a la gente. Quiero hacer algo que importe. Quiero..."
Se detuvo. Buscó las palabras correctas. Encontró la verdad:
"Quiero pertenecer a algo."
El guardia lo miró durante un momento largo.
Luego asintió.
"El reclutamiento de candidatos comienza en seis meses. Si sigues queriendo esto, vuelve entonces. Demuestra que puedes hacer cien flexiones seguidas y recitar el Código del Orden completo. Si puedes hacer eso, te consideraremos."
Hamso agradeció y se fue. Durante los siguientes seis meses, entrenó. Cada mañana para conseguir hacer cien flexiones. Empezó haciendo diez y colapsando. En un mes hacía treinta. En tres meses, setenta. A los seis meses, ciento veinte.
Memorizó el Código del Orden. Lo recitaba mientras trabajaba. Lo susurraba en su litera antes de dormir. Lo repetía hasta que las palabras se volvieron automáticas, hasta que las creía completamente:
“Soy la Línea Negra que divide el orden del caos. No pienso. Obedezco. No siento. Ejecuto. No dudo. Protejo. Mi vida no me pertenece. Pertenece al Refugio.”
Con once años, esas palabras le parecían sagradas. Le parecían la respuesta a todo lo que le faltaba.
Finalmente, lo consigue y a los 18 años, entra en el Pabellón de Acero, él nunca podrá olvidar la satisfacción del primer día que pasó las pruebas de acceso, subiendo los interminables escalones tallados en roca a mano por los mismos guardias y que con el paso del tiempo se han ido redondeando sus afilados bordes.
Al llegar, pensó que era el primero, pero allí estaba el que sería el futuro capitán de la Guardia Gris, el mismísimo hijo de Vorak: Kael.
Hamso tenía dieciocho años y brazos fuertes por su entrenamiento diario, aunque le faltaba energía, le faltaba comida, y se negaba a los favores que solicitaba el rey de la sabana por una ración extra, sería un Guardia Gris, limpio.
Entonces fue cuando vio por primera vez lo que significaba ser perfecto.
Era medianoche en el Patio de Acero. Las antorchas proyectaban sombras que bailaban en las paredes de roca húmeda. Doce candidatos formados en línea, esperando la prueba final. Hamso estaba al fondo, esperando su turno para pasar la siguiente prueba de acceso.
Entonces él entró, con tan solo quince años, era Kael.
Alto ya, más de lo que un chico de quince debería ser, con hombros que prometían anchura y una espalda recta como si alguien hubiera dibujado una línea con regla desde su nuca hasta su coxis.
El cabello negro cortado tan corto que casi no existía.
La cara sin expresión, no neutra, sin expresión, como si alguien hubiera borrado las emociones y dejado solo la estructura ósea.
Vestía el uniforme de candidato, gris simple, sin insignias todavía. Pero lo llevaba como si fuera armadura.
Se movía diferente. Los otros candidatos caminaban mientras que Kael fluía.
Cada paso aterrizaba exactamente donde debía, sin vacilación, sin corrección, como si sus pies conocieran el camino antes de que su cerebro diera la orden.
No había desperdicio en sus movimientos.
Nada sobraba. Nada faltaba. También se notaba, que posiblemente tuviese una rica ración de Nivel I a diario, y eso simplemente eso, ya tiraba para atrás al más osado.
Los ojos grises, Hamso los vio cuando Kael pasó bajo una antorcha, no miraban a la gente. La medían. Como si calculara distancias, ángulos de ataque, puntos de vulnerabilidad. Como si cada persona en el patio fuera un problema de geometría que necesitaba resolver.
El instructor gritó la orden.
Combate.
Los candidatos se emparejaron. El primero de ellos, un chico de dieciséis años, corpulento, con un año de entrenamiento previo, se enfrentó a Kael. Hamso se inclinó hacia adelante, para no perder detalle, tenía ninguna experiencia en combate, pero toda la curiosidad del mundo.
El combate duró ocho segundos.
El chico grande lanzó el primer golpe, un puñetazo directo, telegrafiado, lento para los estándares de la Guardia, pero rápido para cualquiera de la montaña.
Kael no lo bloqueó.
Se movió.
Un paso lateral minúsculo, apenas un desplazamiento del peso, y el puño pasó rozando su mejilla sin tocarla.
Luego una mano “¿cuándo había levantado la mano?” atrapó la muñeca del oponente, la torció con una precisión que parecía más cirugía que violencia, y el chico grande estaba en el suelo con el brazo doblado en un ángulo que no debía ser posible sin romperse.
Kael no ejerció presión extra. Solo lo suficiente para inmovilizar.
El instructor golpeó el bastón contra el suelo.
"Punto. Siguiente."
Kael soltó al chico, se incorporó, volvió a posición neutral.
Sin respiración acelerada. Sin sudor. Sin emoción visible en la cara.
Como si acabara de realizar una ecuación matemática y estuviera esperando la siguiente.