La Revolución Amarilla Prólogo. El Dogma del Acero
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La Revolución Amarilla

La Revolución Amarilla

Por Antonio Sanchez Navarro

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Prólogo. El Dogma del Acero

Prólogo

El Dogma del Acero

Perpetuo, inmortal, persistente, duradero, eterno.

En un acto de egocentrismo, magnificado por el orgullo de los seres humanos, nos creímos que el regalo al que llamábamos hogar era inalterable.

Creíamos que esa normalidad con la que se comportaba había sido dotada por los dioses para uso y disfrute del Homo sapiens .

Haciendo caso omiso de la memoria, se obviaba cada día que lo anómalo de aquel lugar era que fuese perpetuo e inmutable.

Preocupándose y ocupándose solo y meramente de sus banales pensamientos y luchas por el egoísmo de sus espíritus, tan agotados por su propia evolución como desmotivados por la bonanza que les rodeaba.

Estaban ciegos… y mientras se mataban por riquezas sobrevaloradas, no eran capaces de disfrutar del bien más valioso.

El tiempo… aquel que, sin darse cuenta, se les estaba acabando.

Porque, si hubiesen sabido pararse a entender lo que era el mundo en el que vivían, se habrían dado cuenta de que era cualquier cosa menos perdurable.

Y su mundo hizo lo que venía haciendo siempre: estar vivo, moverse, cambiar y romper con todo para volver a crecer.

Todo cambió sin avisar, porque no tenía por qué avisar y porque había estado demasiado tiempo dormido.

La Tierra, su corazón y su fuego, despertaron con fuerza y aquel día el gran volcán gritó con la potencia de veinte mil años en silencio.

Y el cielo se cubrió de negro, y el fuego arrasó la tierra, y las cenizas arroparon al mundo en un manto gris e insalubre, convirtiendo el aire en veneno, el agua en ácido y el Sol… en un fantasma.