La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 94 El crepitar de las Estrellas
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Capítulo 94 El crepitar de las Estrellas

—Luis, mira esto.

Nos detuvimos en el Oratorio, la estancia previa a la Cocina de la Reina.

Era un espacio cuadrado, alto, coronado por una bóveda de crucería que me obligó a echar la cabeza hacia atrás.

La luz entraba por un gran óculo cuyo calado original había sido sustituido por un entramado de barrotes de hierro oxidados.

Me dolió la vista. ¿En qué momento priorizamos tanto la funcionalidad que nos olvidamos de la estética?

Luis se paró en seco, haciendo que su capa blanca flotara en el aire por un instante, y me miró con gesto de disgusto.

—Déjame los prismáticos —le pedí—. Quiero ver esa figura de ahí arriba. —Lucía, por favor, es la típica mandorla con el Pantocrátor y el Tetramorfos. Lo estudiamos en el colegio, no tenemos tiempo. —Es Sancha —sentencié mientras enfocaba la clave de la bóveda—. Fíjate, Luis. No tiene barba.

Él resopló. —Y qué más da. Se habría afeitado.

—No —musité—. A los hombres se los representa con barba; a las mujeres, sin ella y con pelo largo.

Y esa figura lleva corona. Es ella, Luis.

Si ella trajo a los constructores franceses e introdujo estos arcos apuntados, estos avances protogóticos que aprendió de sus vínculos con Saint-Denis y su amistad con Bernardo de Claraval, era lógico que le hicieran un homenaje.

Ella trajo la modernidad de Francia a este rincón del Bierzo.

¡Incluso en ese tímpano se la ve con un bebé en brazos!

—¡Vale, tú ganas, es Sancha! —Luis me agarró del brazo, tirando de mí con suavidad—. ¿Puede tu ego femenino pasar ya por esta puerta, milady? Luego te hago el tour, pero ahora tenemos una misión más importante.

Entramos en la imponente Cocina de la Reina. El eco de las gaitas llegaba amortiguado desde el patio. Luis se agachó de inmediato, con su hábito templario rozando el suelo, buscando el punto exacto que el rayo de sol había marcado en la famosa madrugada de San Juan.

—Aquí está. Ya veo la marca de la cruz. Hay una pequeña apertura en la piedra, Lucía. Un agujerito.

Sin dudarlo, me desprendí el broche de plata que sujetaba mi capa.

Extendí la aguja de la fíbula todo lo que pude e introduje la punta en la oquedad.

Apreté con fuerza al alcanzar el tope y sentí de golpe una resistencia mecánica, como si un muelle antiguo cediera con una suavidad asombrosa. Empujé la aguja todo lo que pude.

¡Clack!

Un sonido metálico, como el de una cadena gruesa tensándose, resonó con un eco profundo que parecía venir de las entrañas del monasterio, justo detrás de la gran chimenea. El jolgorio de fuera tapó el ruido para los demás, pero para nosotros fue un trueno.

Corrimos hacia las ventanas geminadas que daban al patio.

Desde allí, vimos algo increíble: el "cubo" de piedra del jardín, aquel regulador que siempre nos había parecido un estorbo visual, empezó a descender lentamente.

El sistema hidráulico interno, alimentado por aguas subterráneas, estaba funcionando como un regulador de presión.

El cubo bajó hasta quedar al ras del suelo y se detuvo.

Dos segundos de silencio sepulcral. Y entonces... ¡TACATACATACATACA!

Un estruendo de cadenas en movimiento sacudió la sala. El suelo vibró bajo nuestras botas; por un momento temí que los arcos apuntados se nos cayeran encima. Oímos un desplazamiento de piedra que rechinaba torpemente muy cerca de donde nos encontrábamos.

Buscamos el origen del sonido y tras revisar cada muro, cada pared de la sala, no encontramos indicio de desplazamiento alguno.

Decidí parar, colocarme en el centro de la sala y cerrar los ojos. La vista no me ayudaba a percibir exactamente la procedencia de ese sonido.

—Shhhh, no hagas ruido —susurré. Respiré y me concentré por unos segundos. Abrí los ojos y ahí estaba: la imponente chimenea.

Era tan inmensa que en su interior cabía una mesa con sillas.

En el lateral derecho la pared se había deslizado.

Piedra contra piedra, un rozamiento pesado y milenario había revelado una apertura estrecha.

Tras ella, solo había una oscuridad absoluta y un olor a agua estancada y salitre que nos golpeó el rostro.

Luis y yo nos miramos. En sus ojos vi el reflejo de las antorchas del festival, pero también una chispa que juraría que no era de este mundo. Tenía los ojos con más estrellas que las que pudieron brillar alguna vez en los techos de aquella sala.

—La Puerta de los Hombres —susurró Luis, encendiendo su linterna—. ¿Quieres ir a ver el pantocrátor de Sancha o quieres venir a ver qué hay aquí dentro? ¿Qué decides?

A veces Luis con su sarcasmo me sacaba de mis casillas.