Capítulo 93 El Retorno de los Guardianes
Cuando tomamos la carretera dirección Valladolid, su mente se asentó como el asfalto y el silencio dejó paso a la palabra.
—Durante la ceremonia de consagración —soltó de repente—, todo aspirante a templario se comprometía formalmente a unos votos monásticos y a un estricto código de conducta.
—Hizo una pausa y continuó—: El “corazón virtuoso” es un concepto que me explicaron cuando me nombraron caballero.
Recuerdo que había un maestre y un sacerdote, y otros templarios sentados atrás haciendo de testigos del acto.
Digamos que existe un compendio de ocho virtudes que todo caballero debe poseer.
—Es como el bushido —no pude evitar interrumpir como gran fan de la cultura japonesa y de todo lo que tenía que ver con los samuráis—. Los samuráis se basaban precisamente en un código de ocho virtudes: coraje, honor, lealtad, autocontrol… —maticé.
—Así es. Es muy similar. Solo que en el caso de los templarios están las virtudes llamadas Teologales, luego las Cardinales y luego la octava superior, que es la que Bernardo consideró la más importante. Decía que es el primer peldaño para conocerse a uno mismo y, por ende, a Dios.
—¿Y cuál es esa supervirtud, Luis? Vamos, que me estás poniendo nerviosa.
—La paciencia —Luis volvió a ser él mismo, recuperando la sonrisa—. No, reinita, no es la paciencia, pero me lo dejaste a huevo. La virtud que para Bernardo era el centro de su doctrina templaria era la humildad. ¿Te acuerdas del lema templario que está en mi anillo, el que te presté una vez?
—Sí, claro. El eslogan de los caballeros: “Non nobis nomine…” y no sé qué más…
—“Non nobis Domine, sed nomini tuo da gloriam”, reinita. Significa: "No a nosotros, Señor, sino a tu nombre da la gloria". Es el lema, sí; la declaración de que cualquier victoria o mérito pertenecía a Dios y no al caballero, en un gesto de humildad.
—Y… ¿por qué te cambió la cara cuando oíste lo del corazón virtuoso? Aún no me ha quedado claro.
—Porque tengo la impresión de que lo que nos espera en Carracedo va a ser algo que nos va a conducir a demostrar si nuestro corazón está a la altura del nivel de los templarios de la época.
—¿Y lo dudas, Luis?, nosotros somos unos virtuosos —le dije para animarle, guiñandole un ojo.
—Sí, sí. Los virtuosos de pegar vinilos en los cristales, no te fastidia.
—No, pero en serio —continuó Luis—. He estado pensando en el momento más idóneo para entrar en la sala y mirar bien el hueco de la columna que apuntaba el rayo del sol. No podemos hacerlo lleno de gente o con el guardia merodeando. He pensado que mejor esperemos a agosto.
—Tienes razón. Creo que es la mejor opción —respondió Lucía—.
El sábado 7 de agosto se celebra el primer Festival Medieval de Carracedo.
Habrá música, gente disfrazada, juegos en el claustro y en el patio de la reina; estarán todos distraídos.
Ese día el monasterio abre sus puertas de par en par.
Será nuestro momento para mirar bien ese punto de la columna.
Seguro que el guardia estará más atento a que los caballos de las justas no atropellen a un juglar que al palacio real.
—Agosto —asintió Luis, mientras volvíamos al coche—. Nos da tiempo a prepararlo todo. Estoy deseando sacar todos mis enseres templarios que tengo en el armario.
Capítulo 93: El Retorno de los Guardianes
Monasterio de Santa María de Carracedo. Sábado, 7 de agosto de 1999.
Aparcamos el coche justo detrás de la iglesia, donde el rugido de los motores se mezclaba con el sonido de las gaitas y el rabel.
Al bajar, el aire del Bierzo nos recibió cargado de olor a leña y carne asada.
Era el primer evento medieval que celebraba el monasterio y la energía era eléctrica; parecía que los muros de piedra hubieran estado esperando ocho siglos para volver a ver este colorido.
—Estás increíble, Lucía. La viva imagen de la reina Sancha —dijo Luis mientras ajustaba su cinturón de cuero.
Me sonrojé. Sancha era una gigante, una grande de la historia de España, y yo solo una estudiante, pero el vestido que Bianca me prestó para la ocasión me transportaba a aquellos tiempos lejanos.
Pili, la dueña del bar de La Acequia, me lo había adaptado a la medida, ella, aparte de gestionar uno de los locales más icónicos de Valladolid era una magnífica costurera.
El traje era un diseño de hombros caídos con una gonela de color blanco roto y una sobreveste de brocado color vino, con flores de lis doradas que brillaban al sol.
Las mangas, largas y perdidas, me daban un aire señorial, y en la cabeza, en lugar de una corona, llevaba una diadema de tela terminada en punta, sencilla y elegante.
Sobre los hombros, la capa que Luis me prestó, de lino pesado.
Caía con gracia hasta el suelo, cerrada por el broche de plata de mi familia.
En el saquito que colgaba de mi muñeca, el Alcatel amarillo convivía con el diario de mi abuelo y una mini linterna.
Luis, por su parte, era la estampa del monje guerrero.
Llevaba una túnica blanca hasta las rodillas sobre calzas oscuras, pero lo que imponía era el hábito blanco con la cruz patada carmesí en el hombro.
Portaba una espada de acero —sin filo, pero de un realismo que asustaba— y un cinturón donde, oculta por la capa, colgaba la bolsa con los prismáticos.
Entramos al patio de la reina, donde una vez estuvo el jardín y la fuente de la Chata.
Ahora, el cubo de hormigón pasaba desapercibido junto al ajedrez viviente que se celebraba en el centro: piezas humanas vestidas de azul y rojo moviéndose con parsimonia sobre un tablero gigante.
Vimos juglares con sus laúdes, nobles con tocados de cuernos y damas con hennins de seda.
Desde nuestro asalto en junio, había tenido tiempo para ponerme al día en la biblioteca sobre indumentaria medieval y cuanto más leía más me fascinaba.
La televisión leonesa entrevistaba al alcalde, que lucía un traje de la época impecable, mientras los músicos seglares, vestidos de ángeles, afinaban sus instrumentos.
Paseando entre los puestos de artesanía, nos encontramos a la tía Bianca. Iba finamente vestida con un vestido largo verde botella y un velo translúcido que le cubría el cabello dejando entrever algunos reflejos cobrizos.
—¡Estáis maravillosos! —exclamó ella, abrazándome—. En un rato canto con el coro en el claustro mayor. ¡No me falléis! Os quiero en primera fila.
Le prometimos estar allí, ocultando que nuestra verdadera cita no era con la música, sino la de averiguar por qué el óculo improvisado de la Octalfa durante el amanecer del 24 de junio apuntaba a una marca grabada en la piedra.
Justo antes de dirigirnos a las escaleras del palacio real, Luis se detuvo y me miró con una chispa de travesura. —Tengo una sorpresa para ti. Mira quién viene por el camino de las justas.
Tres jinetes aparecieron al trote, provocando que la multitud se abriera como las aguas del Mar Rojo.
Eran tres caballeros templarios con sus capas blancas ondeando al viento, montando caballos engalanados.
Al frente iba Borja “maestro historiador y jamonero” con una presencia imponente, seguido por Mario "el del Ferrol" y Xavi "el de la Sixtina".
Hasta el alcalde y los altos mandos se quedaron embelesados.
Aquella visión recuperaba el respeto y el temor que los monjes guerreros inspiraban en el Camino de Santiago.
—Son nuestros guardianes —me susurró Luis—. Se han comprometido a vigilar las entradas. Son expertos en dar conversación y entretener a cualquiera, desde el guardia de seguridad hasta un sordomudo. Nadie subirá a la planta de arriba mientras nosotros estemos allí.
Borja nos dedicó un leve asentimiento con la cabeza, una señal silenciosa de que el perímetro estaba cubierto.
—Es el momento, Luis —dije, apretando el saquito contra mi costado—. Vamos a la Cocina de la Reina.
Subimos las escaleras que llevaban a la segunda planta. El bullicio del festival empezó a atenuarse conforme nos alejábamos del patio. El oratorio del abad nos recibió en penumbra, y al fondo, los cuatro arcos de la chimenea nos esperaban como la boca de un tiempo que estaba a punto de revelarse.