La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 72 La capilla Sixtina del Esgueva
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Capítulo 72 La capilla Sixtina del Esgueva

Con mi mente a mil por hora salimos por la calle de Los Moros hacia la calle Esgueva, doblamos a la derecha y la hermosa iglesia de La Antigua ya comenzaba a asomar.

A esas horas, la sombra de la imponente torre del siglo XI apuntaba directamente a nuestro destino, como si nos quisiera orientar con su silencio.

Nunca podía evitar levantar la vista y observar con admiración; era como un vínculo con mi pasado, algo difícil de explicar.

La zona estaba muy animada, los bares que rodeaban a la iglesia respiraban el buen ambiente de la gente de Valladolid.

Como era habitual todos los domingos, las terrazas del centro de la ciudad se llenaban de familias disfrutando del vermut con sus hijos tras la misa, de grupos de amigos aprovechando el día festivo y de parejas de ancianos que no perdían el gusto por la tradición.

Nosotros, tras lo que acabábamos de escuchar en el bar de Borja parecíamos inmersos en una especie de burbuja ajenos a todo.

Al entrar al bar de Xavi, la taberna Sixtina, justo al lado de Los Carrales, el aroma a carne asada y el frescor de los ladrillos de las paredes nos devolvieron al presente como si nos hubieran echado encima una jarra de agua helada.

—Hola chicos, —Xavi apareció por la puerta lateral que se escondía tras la barra alargada, con una gran sonrisa. Me miró con sorpresa el flequillo rojo chillón, y haciendo uso de su diplomacia trató de hacer como que no había visto lo que había visto, cambiando sobre la marcha la mirada a Luis.

—Ponnos una de torreznos y un par de riberas —pidió Luis, mientras nos acomodamos en una mesa alta frente a la barra que milagrosamente estaba libre —y el flequi loco este que nos trae la Luci mejor ni nombrarlo.

Al poco, Xavi con asombrosa habilidad nos trajo dos copas y una botella de Pesquera Reserva del 95.

Cuando tuvimos las copas con el portentoso jugo, sin necesidad de decir nada, las elevamos y mirando a Xavi, brindamos al son de: “salud”, como gesto de agradecimiento.

Él nos correspondió bajando ligeramente la cabeza y se esfumó entre la gente tratando de llegar a la barra para seguir con sus quehaceres.

Ese primer sorbo nos alumbró el alma. Nos quedamos cada uno mirando para un lado, yo pensando sobre la Puerta de los Hombres y el resto del relato de Borja.

Imaginaba que Luis también, pero sus palabras me demostraron que estaba equivocada, una vez más me sorprendió con una de sus anecdóticas historias.

—¿Sabías que justo debajo de nuestros pies hay un puente enterrado?

. Toda esta zona alrededor de la iglesia de la Antigua está llena de túneles y bóvedas subterráneas, restos del antiguo sistema para canalizar el agua del rio Esgueva que pasaba por aquí.

—Luis giró medio cuerpo apuntando a la torre de la Antigua que se veía a través de una de las entradas del bar, sin soltar su copa con la otra mano—.

Es una proeza arquitectónica que la torre de la iglesia se mantenga intacta después de tantos siglos.

—Luis —le dije contundentemente ajena a sus lecciones de sobre canalizaciones subterráneas—, según Borja, si el monasterio de Carracedo funciona como el de la ermita de San Bartolomé de Ucero durante el solsticio de verano, tendremos que estar en Carracedo el próximo 21 de junio.

Sin falta. Es el momento en el que podríamos dar un paso más para alcanzar lo que fuera que Sancha y los freires del Císter escondieron allí, que tuvo que custodiar el que se supone que fue mi antepasado y que tanto empeño puso mi abuelo en encontrar.

El brazo de Xavi apareció entre la gente con una tabla de pizarra alargada donde reposaban los torreznos, tan milimétricamente ordenados que me recordó a las columnas del plano del monasterio. Lo colocó en nuestra mesa y volvió a desaparecer. La taberna Sixtina cada vez estaba más llena.

—A ver, "reinita", hay un pequeño problema técnico en tu plan —dijo señalando con el dedo hacia el aire, como dibujando un círculo—.

El óculo de piedra del Mirador de la Reina ya no existe.

Es un agujero vacío en la piedra. Por mucha "Puerta de los Hombres" que sea, el sol pasará a saco por ahí.

Sin el diseño de la Octalfa, el nudo infinito, no hay dibujo, no hay “efecto láser”, no hay nada que ilumine ninguna baldosa secreta. El mecanismo está roto.

Sin piedad alguna, rompí con la armonía del plato, y tomé un torrezno con la mano. Saboreando la textura y el intenso sabor mi cabeza me dió la respuesta.

—Para eso está la tecnología, Luis. No todo va a ser latín y pedruscos.

—¿De qué hablas?

—Tengo un compañero en la facultad, Chema.

Es un friki total de la informática, un genio, vaya.

Se ha comprado el último modelo de Mac, se lo ha traido su padre de Estados Unidos, parece un huevo de color azul transparente, es una pasada, el iMac G3.

Dice que es el futuro. Él diseña la revista de la facultad y utiliza un programa que se llama Illustrator.

Dice que con eso puede dibujar cualquier cosa con una precisión matemática y con un formato que por mucho que lo amplíes no se pixela.

Luis me miraba como si le estuviera hablando en chino.

—Si le llevo un dibujo del nudo de la octalfa y las medidas exactas del óculo del mirador, él puede recrear el diseño.

Hay un sitio cerca de la Plaza Mayor en Segovia donde hacen vinilos de corte.

Podemos imprimir el símbolo en un vinilo negro mate, llevarlo al monasterio el 24 de junio y pegarlo directamente sobre el cristal que los restauradores pusieron por dentro para protegerlo.

Reconstruiremos el rosetón por un día. ! Un rosetón de quita y pón!

Luis se quedó callado unos segundos, procesando la locura que acababa de proponer. Luego soltó un silbido de admiración.

—Joder, Lucía... Usar diseño digital para hackear un monasterio del siglo XII.

Tu abuelo estaría muy orgulloso de su nieta.

Vale, podría funcionar... Si conseguimos que el sol pase exactamente por donde Sancha y tu antepasado querían, veremos qué es lo que esta Puerta de los Hombres quiere revelarnos.

La sensación de tener un plan real nos cambió el ánimo. El misterio ya no era algo inalcanzable; era un proyecto, una misión.

—Oye —dije dándole un empujoncito con el hombro—, ahora que ya sabemos que vamos a ser delincuentes arqueológicos a finales de junio...

¿Te apetece un pincho moruno de cordero aquí al lado, en La Alhambra?

Esta vez invito yo, que para algo he cobrado lo de modelo, aunque me hayan dejado el pelo como un semáforo.

Luis se rió, esta vez con más cariño que burla. —Venga, acepto el pincho. Pero solo si me prometes que Chema el friki ese no nos va a meter un virus informático y nos va a fastidiar el plan.

—Hecho.

Salimos por Las Angustias directos a La Alhambra.

Pedimos los pinchos morunos; el olor a brasa y especias inundó nuestro rincón de la barra.

Mientras esperábamos, saqué de nuevo la libreta y empecé a hacer una lista de lo que necesitaría: "Papel vegetal, medidas del óculo, hablar con Chema, vinilo".

Afuera, Valladolid florecía con la brisa de primavera, pero dentro, el fuego de la investigación estaba más vivo que nunca.

El solsticio de junio estaba a la vuelta de la esquina, y sabíamos que cada paso que dábamos nos acercaba más a la verdad que Sancha y el Vigilante Eterno de Carracedo guardaron tan celosamente a lo largo de los siglos.