Capítulo 71 Janua Hominum
Llegué a la discoteca Canadá con el alma en los pies y una semana de exámenes grabada en las ojeras.
El viaje desde Valladolid y los trabajos en grupo me habían dejado sin aliento; ni siquiera había tenido fuerzas para abrir el diario de mi abuelo, aunque el deseo de descifrar la inscripción de "La Chata" me quemaba por dentro.
Solo pensaba en el fin de semana, en Luis y en la visita pendiente al bar de Borja.
Pero hoy era jueves, y en el Canadá, esa noche era otra historia.
—¿Barón Rojo? ¿Aquí? —murmuré incrédula.
Mi jefe, un segoviano alto y moreno que siempre parecía cargar con el peso del mundo sobre los hombros, me saludó con una mirada de alivio puro.
—Lucía, menos mal que estás aquí. ¿Y ese pelo?
¿Cambio de look?. Vete cortando limones, esto se va a poner hasta arriba.
Presentan disco y va a ser una noche mítica.
Me puse manos a la obra. Coloqué la tabla blanca, marcada por mil batallas y cortes, sobre las neveras plateadas.
Mientras cortaba los extremos de los limones y hacía las hileras de gajos, sentí un déjà vu.
Era la misma tabla, el mismo cuenco de metal y el mismo movimiento rítmico que hacía en el Black Rose.
Lugares distintos, música distinta, pero el mismo ritual de supervivencia tras la barra.
Como no había comido y el estómago me rugía como un león, decidí prepararme mi "alimento" de emergencia: un Bloody Mary.
Aproveché los limones que había pelado para las cáscaras de los Gin Tonics y los CES —esos preparados en copa de balón que le daban el toque chic a la movida segoviana— y los machaqué en el fondo del vaso más grande que encontré.
Tabasco, pimienta, el zumo de tomate rescatado de la estantería más remota y, como esa noche necesitaba animar el alma, un buen chorro de vodka.
Me miré en el reflejo de la cafetera mientras bebía.
Llevaba mis Levis negros desgastados y una camiseta blanca que yo misma había recortado con diseños intrincados para que se viera el top negro debajo.
Con mi nuevo flequillo de "pájaro carpintero" y un par de cintas elásticas negras para retirarlo hacia atrás, sentí que mi aspecto de repente encajaba perfectamente con el ambiente.
Parecía que me había teñido de negro y rojo adrede para el concierto.
Las puertas se abrieron y la marabunta inundó la barra.
—¡Cuatro birras! ¡Dos Mahou! ¡Tres DYC-colas! —los gritos se mezclaban con el ruido de los hielos.
Mis brazos y piernas empezaron a moverse por inercia. Me encantaba jugar a adivinar qué pedirían antes de que hablaran. Era puro branding: la gente se identificaba con sus marcas, proyectando quiénes querían ser a través de un vaso de tubo.
Entonces, los Barones subieron al escenario.
Mi "batallón visigodo" de clientes levantó sus copas en señal de veneración.
Uno de los solistas se acercó al micro. Me sorprendió su porte y su castellano perfecto tras esas pintas de rockero de vuelta de todo.
—¡Hola Segovia! Es un honor estar aquí. Vamos a revelar el Arma Secreta. ¡A sentir el rock en las venas!
Empezaron a tocar. Todo afinado, potente, natural. Yo, que era más de Los Suaves o Extremaduro, me quedé hipnotizada. Estaba a escasos metros, sin empujones, presenciando algo histórico. Me preparé otro Bloody Mary, esta vez con extra de vodka.
Tras unos temas cañeros, hicieron una pausa.
Se miraron entre ellos, comunicándose sin palabras, y el solista volvió al micro secándose el sudor.
—Vivimos tiempos de mucha mentira, de mucha sombra...
el sistema nos quiere anestesiados en este mundo hostil.
Pero el rock es la vía de escape. Este tema es un viaje hacia dentro, hacia la libertad total... aunque sea a mil años luz de aquí.
Empezó uno de los mejores temazos que había escuchado jamás.
El cantante comenzó a cantar. Se me erizaron los pelos.
¿Qué acababa de decir? "Una noche pasé a través del umbral de otra dimensión...
" —cantaba. —¡Una Mahou! —me gritaron. Corrí como si estuviera en el estadio de Zorrilla, serví la cerveza y volví al extremo de la barra más cercano al escenario.
"Atravesé, veloz como la luz, los límites del Sol... "
Era poesía pura. Ellos lo sabían. Sabían lo de los umbrales, lo de las sensaciones que yo vivía en mis sueños.
En ese momento aparecieron Juanmi y Robert, mis dos mejores amigos de la facultad.
Los "tres mosqueteros". Ellos conocían mi parálisis del sueño, pero nada del legado de Sancha.
Les preparé sus copas —DYC-cola y Gin Tonic— mientras Juanmi me gritaba datos sobre los hermanos Castro.
Después de un descanso, la locura volvió a la barra, pero de repente, el ritmo cambió. Empezó una melodía que detuvo el tiempo: "Siempre estás allí".
La gente abandonó la barra como si les hubieran dado una orden mística. Se fueron a la pista, encendieron los mecheros y empezaron a moverlos de lado a lado. Parecía una celebración ancestral en un bosque sagrado. Me quedé sola ante la inmensidad de la música.
El solista —Carlos— comenzó a recitar: "Llegó el final, cesó el clamor...
". Y entonces, ocurrió. No miró al público.
Giró la cabeza hacia la izquierda, hacia donde estaba yo, protegida por mi trinchera de cristal, y me clavó la mirada.
"Dime tú esta noche... ¿a dónde irás? ¿Descenderás al reino de la oscuridad?
Sigue buscando una escalera al cielo... los ojos de tus héroes te miran desde la pared".
Una lágrima me resbaló por la mejilla. En ese instante, todo lo que creía saber sobre la vida se dio la vuelta. Comprendí que la realidad es un entramado de capas y que solo quienes están en tu nivel de conciencia pueden entender tu verdad. El resto te verá como una impostora.
—Gracias, Barón —susurré.
El concierto terminó con el estallido de "Resistiré", haciendo vibrar los cimientos del mismísimo Acueducto.
El mundo volvía a girar, pero yo ya no era la misma.
Mi "Arma Secreta" ya no era solo un diario o un broche; era la certeza de que, aunque descendiera a la oscuridad de mis sueños, siempre habría una luz, una escalera, o una canción esperándome al otro lado.
Capítulo 71: Janua Hominum
Valladolid. Domingo, 7 de junio de 1998
Los calores de verano comenzaban a asomarse, aunque el clima en junio permitía disfrutar aún de las terrazas de la ciudad con una brisa agradable y un sol templado.
Caminaba por las calles vallisoletanas rápido, como solía hacer cuando iba sola, con las manos en los bolsillos de mis Levi´s ajustados.
No podía evitar sentir el incómodo roce de mi nuevo flequillo rojo contra la frente.
Al llegar a la puerta del bar de Borja, me detuve un segundo para recuperar el aliento.
Me asomé por los cristales rugosos, tratando de encontrar entre las imágenes distorsionadas algún atisbo de Luis en el interior.
Empujé la puerta y me adentré en la taberna.
Me invadió un intenso aroma mezcla de guiso, serrín húmedo y tabaco que me sacudió de golpe.
Luis ya estaba allí. Estaba sentado en un taburete de la barra, frente a una cazuelita de barro humeante.
Tenía su chato de vino al lado y parecía concentrado en el vapor de las lentejas que afloraba de la cazuelita.
Cuando me vio entrar, casi se cae del taburete.
—¿Lucía? —recorrió con la mirada mi melena azabache y el flequillo encendido—. Madre mía... Estás... horrible. ¡Qué narices te has hecho en el pelo! ¡Pareces una mezcla de la Bruja Avería y Maese Sonoro!
La carcajada que soltó terminó de humillarme del todo, pero me senté a su lado buscando el calor del radiador.
—Muy gracioso, Luis. Cosas del trabajo, mejor no preguntes.
Borja salió de la cocina secándose las manos en el delantal. Me guiñó un ojo al ver mi cambio de look y, sin preguntar, me colocó otro chato de Ribera al lado del de Luis.
—A ver esos dos investigadores —dijo Borja bajando la voz—. ¿Qué tal os fue en el Bierzo? Luis no ha querido adelantar nada antes de que llegaras.
Saqué la libreta de Luis. Estaba empezando a llenarse de tachones, esquemas y aquel dibujo rápido que hice de la Fuente de la Chata. Luis señaló las letras que habíamos copiado con tanto cuidado.
—Borja, sabemos que esto es latín, pero no queremos meter la pata con la traducción. ¿Tú podrías...?
Borja miró la inscripción, entornando los ojos.
—Yo de latín solo sé lo justo para no confundir el cuerpo de Cristo con el de la Guardia Civil —bromeó, pero luego señaló con la cabeza hacia el extremo de la barra, cerca de la puerta—.
Pero aquel de ahí es Don Julián. Catedrático emérito de la Universidad.
Se conoce las piedras de esta ciudad por su nombre de pila.
Si alguien puede leeros eso sin pestañear, es él.
Don Julián era la viva imagen de la academia vallisoletana: camisa clara de cuadros grises, perfectamente planchada y pantalones de pinzas color beige. Tenía su chato de clarete en una mano y un platito de torreznos crujientes a su lado. Borja se acercó con naturalidad.
—Don Julián, perdone que le interrumpa. Estos dos jóvenes están con un trabajo sobre epigrafía medieval y se han atascado con una frase. ¿Nos hace el honor?
Le pasé la libreta con timidez. El anciano sacó unas gafas minúsculas del bolsillo de la camisa y estudió mis trazos. El silencio en el bar era casi absoluto; solo roto por murmullos de un grupo de clientes afincados al fondo.
—Vera lux est speculum Sanciae in Gloria Mundi, in die Portae Hominum, ad memoriam posterorum —leyó con una voz profunda. Se tomó un momento para paladear las palabras—. Dice así:
“La verdadera luz es el espejo de Sancha en la Gloria del Mundo, en el día de la Puerta de los Hombres, para memoria de la posteridad.”
—¿Una puerta? —saltó Luis, con la voz demasiado alta—. ¿Habla de una puerta real?