La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 65 El Solsticio de la Vera Cruz
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Capítulo 65 El Solsticio de la Vera Cruz

El calor de junio había transformado el valle del Duero en un crisol de luz vibrante.

En el taller de los Carracedo, el aire estaba tan cargado de aroma a resina y a agua estancada de los tanques de remojo que casi se podía masticar.

Sancha pasaba las horas sentada en un rincón cerca de la ventana, donde la corriente de aire que bajaba del castillo aliviaba un poco la pesadez de su cuerpo.

Su vientre era ahora una esfera perfecta y tensa que parecía albergar toda la fuerza del linaje. Sentía a Vera moverse con una insistencia nueva, como si la niña también percibiera que el sol estaba alcanzando su punto más alto en el cielo, el momento del Janua Hominum.

—Bebed esto, señora —dijo María, acercándole un cuenco de cerámica fría con agua de rosas—. Tenéis las manos calientes como brasas.

Sancha agradeció el gesto con una sonrisa débil.

Sus dedos, que ya se movían con cierta destreza entre las fibras de mimbre, estaban callosos y manchados, pero se sentía más orgullosa de esas marcas que de cualquier anillo de oro que hubiera portado en León.

Estaba terminando una pequeña pieza, un cesto minúsculo diseñado para encajar en el asa de la cuna de Vera.

En su centro, a pesar de lo apretado del trenzado, había logrado dibujar de nuevo el nudo infinito.

De repente, el sonido de unos cascos herrados golpeando con fuerza las piedras de la calle hizo que el corazón de Sancha diera un vuelco. No era el paso cansino de un mulo de carga, era el ritmo galopante y decidido de un caballo de guerra.

—Es él —susurró Sancha, poniéndose en pie con un esfuerzo que le hizo soltar un leve gemido.

Se asomó al portalón justo cuando un jinete cubierto por una capa de polvo blanco, que ocultaba el brillo de su armadura, frenaba en seco frente al sauce de la ribera. Cierzo, el semental negro, resoplaba vapor a pesar del calor, con los costados bañados en sudor.

El caballero de Carracedo desmontó de un salto.

Al quitarse el yelmo, Sancha vio su rostro: estaba más flaco, con la barba crecida y los ojos enrojecidos por el viaje ininterrumpido desde el Bierzo, pero su mirada desprendía una alegría feroz.

No traía oro ni seda, pero en sus alforjas de cuero, bien protegida, viajaba la última piedra tallada por el maestro Petrus: un pequeño amuleto de granito con el diseño de "La Chata" para ser colocado bajo la almohada del parto.

—He llegado a tiempo —dijo él, con la voz quebrada por el polvo del camino—. El solsticio aún no ha pasado.

Sancha se dejó caer en sus brazos, sintiendo el metal frío de su cota de malla contra su mejilla y el olor a hierro y a aventura que siempre lo acompañaba. En ese abrazo, Peñafiel y el monasterio dejaron de ser dos puntos en un mapa para convertirse en un solo refugio.

—Vera os estaba esperando —respondió ella contra su cuello—. Y yo… yo ya no recordaba cómo se respiraba sin vuestro aliento cerca.

María y Pedro observaban desde la penumbra del taller, respetando ese momento que desafiaba a reyes y a imperios. El guardián había vuelto a su puesto justo cuando la luz del verano se preparaba para dar la bienvenida a la primera de las custodias.

Capítulo 66: El Nacimiento de la Vera Cruz

Peñafiel. 24 de junio de 1140. Madrugada de San Juan

El aire de la noche de San Juan entró por la ventana abierta de la alcoba, trayendo consigo el eco lejano de las hogueras que los mozos habían encendido en las orillas del Duratón.

Pero dentro de la habitación, el tiempo se había detenido.

El olor a hierbas amargas —tomillo silvestre y lavanda que María había quemado para limpiar el aire— se mezclaba con el aroma metálico y cálido de la sangre y el sudor.

Sancha estaba exhausta. Sus manos, que horas antes trenzaban mimbre, ahora se aferraban a las sábanas de lino con una fuerza que hacía palidecer sus nudillos.

Cada contracción era una ola de fuego que subía desde sus caderas, una fuerza telúrica que le recordaba que, antes que infanta o reina, era tierra y era vida.

—Ya casi está, señora. No flaqueéis ahora, que la luz del alba ya despunta sobre el castillo —le susurraba María, limpiándole la frente con un paño húmedo.

En el rincón más oscuro de la estancia, el Caballero de Carracedo permanecía de pie, inmóvil como una de las columnas que había levantado en el monasterio.

No se le permitía acercarse al lecho del parto, según la costumbre, pero su presencia era el ancla de Sancha.

Tenía la mano derecha apoyada en el pomo de su espada y la izquierda apretando la pequeña figura de "La Chata" que había traído del Bierzo.

Sus labios se movían en una oración silenciosa, no a los santos de las iglesias, sino a las fuerzas antiguas de la piedra y el agua que custodiaban su linaje.

De repente, un silencio absoluto cayó sobre la habitación. Incluso el temblor de los cirios de cera pareció detenerse. Sancha dio un último grito, un sonido que no era de dolor, sino de triunfo, de una apertura total al universo.

Y entonces, el primer llanto.

Era una voz aguda, fuerte, que reclamaba su lugar en la historia. María recogió a la criatura entre sus manos expertas y, tras limpiarla con rapidez, la envolvió en el paño de lino fino que Sancha había bordado con los ocho nudos.

—Es una niña, señora —anunció María con los ojos empañados—. Una niña sana y hermosa como la mañana.

Sancha, con el cuerpo temblando por el esfuerzo pero con el corazón ensanchado, estiró los brazos. Al recibir a su hija, sintió el calor de esa piel nueva y suave. La pequeña abrió los ojos por un instante; unos ojos oscuros y profundos que parecían contener la sabiduría de los siglos.

El Caballero se acercó entonces, rompiendo la distancia. Se arrodilló junto al lecho y, con una delicadeza impropia de un hombre de armas, besó la frente de Sancha y luego la diminuta mano de la recién nacida.

—Vera —susurró él, entre lágrimas. Su voz retumbó en la habitación como un trueno suave—. Vera de Carracedo. Que la piedra te guarde y la luz te guíe siempre, pequeña.

En ese momento, el primer rayo de sol del solsticio entró por la ventana, golpeando directamente la fíbula de Carracedo que descansaba sobre la mesa. El reflejo de la joya proyectó un patrón de luz sobre la manta de la niña, como si el mismo sol estuviera bautizándola con el sello de su familia.

Sancha miró a su caballero y luego a su hija. Sabía que a partir de ese instante, su vida ya no le pertenecía a ella, ni al reino, ni a la corona. Pertenecía a ese pequeño ser que era la encarnación de su amor prohibido y la guardiana de un secreto que apenas comenzaba a gestarse.

—La Vera Cruz —murmuró Sancha, acunándola—. Nuestra verdadera luz.