La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 64 El Corazón en el Pergamino #2
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Capítulo 64 El Corazón en el Pergamino #2

—Padre, perdonadme porque he pecado. Siento el peso de la dejadez en mis funciones.

Mi mente, que debería pertenecer enteramente al cuidado de este reino y a la voluntad de Dios, se distrae con la pasión terrenal.

He amado con un ardor que no sé si el Cielo permite…

y me pregunto si esta niña que crece en mí es un milagro o el testimonio de mi debilidad ante los deseos del corazón.

Hubo un silencio breve, cargado de sabiduría.

El prior conocía bien la estirpe de Sancha y la nobleza de su espíritu.

—Hija, Dios es justo con los justos y ama a los que aman con verdad.

Dar vida no es un error de la carne, sino el milagro más excelso de la Creación.

No hay culpa en el amor que construye, ni en la pasión que se entrega con honor.

Quedáis absuelta de vuestras dudas. Caminad en paz, pues vuestra alma es necesaria para la luz de estas tierras.

Sancha se santiguó, sintiendo un alivio real que le recorrió la espalda. Pero, al terminar la cruz, su rostro cambió. La mujer piadosa dio paso a la estratega. Susurró más bajo, con una voz que ya no pedía perdón, sino que dictaba órdenes.

—Pasemos a lo terrenal, Padre. Debemos actuar con celeridad.

He decidido que la donación de Wamba a la Orden de San Juan se haga efectiva de inmediato.

Es un enclave vital para asegurar el paso de los peregrinos y fortalecer la frontera.

Necesito que redactéis el documento de confirmación; alegaremos que es por la salvación de mi alma y la de mis padres, así nadie cuestionará el movimiento político bajo el manto de la piedad.

El clérigo asintió en la penumbra. —Es una decisión prudente, señora. Los Caballeros Hospitalarios guardarán bien ese flanco.

—Además —continuó Sancha—, el Lignum Crucis debe ser trasladado bajo custodia templaria en la próxima luna.

No podemos permitir que las reliquias que traje de Jerusalén queden desprotegidas mientras los reinos vecinos, especialmente Portugal, observan nuestras debilidades.

Enviad una misiva cifrada a mi hermano el Emperador; decidle que los fuertes del sur están listos, pero que necesito que ratifique mi mandato en el Bierzo.

El caballero de Carracedo debe tener plenos poderes para actuar en mi nombre sin que la nobleza local pueda impugnarlos.

—Se hará como mandáis —respondió el clérigo—. ¿Algo más?

—Mañana partirá un mensajero hacia Francia. Depositaré el cilindro en el velario al alba, con las instrucciones para Bernardo.

Al finalizar, Sancha se levantó con elegancia.

El clérigo se incorporó de las sombras del escaño y, en un encuentro fugaz en la penumbra de una columna, se produjo el intercambio.

Sancha depositó en las manos del clérigo el paño con las pastas de miel, un gesto de cortesía que ocultaba su verdadera intención.

A cambio, el prior deslizó en su cesta varios pergaminos en blanco de fina vitela, un pequeño frasco de tinta de hollín y una pluma de ganso perfectamente afilada.

—Andad con cuidado, vuestra excelencia. Las sombras tienen ojos —advirtió el clérigo.

Sancha asintió, cubriendo los útiles de escritura con la tela bordada del mercado.

Salió de la iglesia con la mirada baja, recuperando su papel de mujer gestante que regresaba a casa tras la oración.

Esa misma noche tras la cena, bajo la luz de una vela en su alcoba, leería las noticias de su amado Carracedo.

Capítulo 64: El Corazón en el Pergamino

Peñafiel. Mayo de 1140

La noche había caído sobre Peñafiel con un manto de terciopelo frío. En la casa de los cesteros, el crepitar de la leña en el hogar era el único sonido que acompañaba el sueño de los demás. Sancha, tras una cena silenciosa donde apenas había probado bocado, se había retirado a su alcoba.

No era una estancia de reina; no había tapices de seda ni suelos de mármol, pero el aroma a madera limpia y la sencillez del lino le proporcionaban una paz que el palacio de León nunca pudo darle.

Encendió una única vela de cera de abeja, cuya llama vacilante proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra.

Con manos que traicionaban su agitación, Sancha extrajo el cilindro de madera de encina de la cesta.

Lo abrió con cuidado, haciendo saltar el sello de cera que protegía la intimidad de sus palabras.

Dentro, un pergamino estrecho y enrollado con fuerza parecía conservar todavía el aroma del Bierzo: una mezcla de tierra mojada, castaños y hierro.

Al desenrollarlo, reconoció la caligrafía de su señor de Carracedo. Era una letra firme, acostumbrada a manejar tanto la espada como la pluma, con trazos que denotaban una urgencia contenida.

Mi señora:

El Abad Florencio ha bendecido hoy los pilares de vuestro palacio.

El ala este crece firme, con sus tres plantas desafiando al viento.

El                             Maestro Petrus sigue mis órdenes de alineación como acceso                                           celestial.

He dispuesto que la cocina sea el corazón del refugio. La luz del                                           óculo y el agua de la fuente ya están hermanadas. Muy pronto, en el                             día de San Juan, la luz divina iluminará a la Vera Cruz.

A la espera, como fiel vasallo, de vuestras peticiones.

Carracedo.

Sancha apretó el pergamino contra su pecho, cerrando los ojos. “A la espera, como fiel vasallo, de vuestras peticiones…”

Parecía una jovencita enamorada a pesar de sus años maduros.

No podía quitarse la imagen de su amado de la mente.

Con la bendición del abad y de Dios, los sentimientos de culpa se habían disipado.

Se sentía liberada y feliz al sentir a su caballero más cerca.

Este pergamino, lo unía a él. Significaba que estaba bien, que su alma y su corazón estaban con ella y que el monasterio avanzaba en la reconstrucción.

El lugar donde ella pasaría los días más felices y donde Vera, crecería en un lugar santo, rodeado de amor, sabiduría y protección.

Volvió a leer el contenido del escrito, esta vez buscando la información sobre las obras. Sabía que el texto estaba escrito de forma que si llegara a las manos equivocadas no pudiera revelar gran cosa.

Pero ella sabía lo que significaba. Significaba que la construcción de la cámara que albergaría la tan codiciada reliquia estaba en camino, y significaba que Carracedo vendría a finales de junio para acompañarla durante el parto y dar la bienvenida juntos a la pequeña Vera.

Extendió sobre la mesa los pergaminos en blanco, la tinta de hollín y la pluma que el clérigo le había entregado. Mojó la punta de la pluma y, con la determinación de una soberana y la pasión de una mujer enamorada, comenzó a escribir.

La pluma rascaba la vitela con un ritmo frenético.

Sancha sabía que cada palabra escrita bajo esa luz de vela era un hilo más en el tejido de una historia que sobreviviría siglos.

Estaba escribiendo el futuro de su hija, el futuro del reino y, sin saberlo, un legado familiar que perduraría eternamente.