Capítulo 18 El Eco del Acero y el Vino del Duque
Me desperté con el sabor metálico de la sangre en la boca, aunque mis encías estaban intactas.
La luz de la calle ya no asomaba por la persiana, y el sol de tarde se había desvanecido; una penumbra gris inundaba mi habitación con un silencio que zumbaba a una frecuencia insoportable.
La parálisis me había atrapado de nuevo a plena tarde.
Esta vez no hubo imágenes. Fue peor. Fue el sonido.
Escuché el estrépito del acero chocando contra el acero: el golpe seco de las espadas rectas contra el silbido curvo de las cimitarras.
Y gritos. Lamentos en lenguas que no entendía pero que me hacían querer llorar de puro terror.
Era el sonido de una carnicería, una batalla que resonaba en mi propia médula.
Cuando los músculos por fin me obedecieron, me incorporé de inmediato, empapada en un sudor frío que me pegaba la camiseta al cuerpo.
Miré el reloj digital de la mesilla: las seis de la tarde.
En la casa se respiraba una calma irreal.
Mis compañeras estarían en pleno apogeo entre vinos y pinchos por la zona antigua, ajenas a que yo acababa de regresar de un campo de batalla.
No podía quedarme allí. La habitación me asfixiaba.
Me calcé las zapatillas, me eché una chaqueta por encima y salí a la calle, huyendo de las sombras de mi propio techo.
Caminé por las calles empedradas de Segovia, dejando que el aire fresco del atardecer me golpeara la cara.
Necesitaba algo real, algo que supiera a tierra.
Mis pies, casi por instinto, me llevaron a la Taberna del Duque.
Es un espacio que respira autenticidad: vigas de madera ennegrecida por el tiempo, olor a vino tinto y a jamón de bellota. Me abrí paso hasta la barra.
—Un Ribera y una de torreznos, por favor —le dije al camarero, con la voz todavía trémula.
Cuando me puso el vaso de vino tinto, denso y oscuro, y el plato de torreznos crujientes, sentí que recuperaba mi eje.
El primer trago me quemó agradablemente la garganta.
Comí un trozo de torrezno, aferrándome a ese placer mundano para sepultar los gritos de la parálisis.
Saqué mi libreta de la mochila. Los dibujos del caballero de blanco empezaban a colonizar mis notas de clase.
“¿Cómo voy a ir a León?”, escribí en una esquina.
No tenía dinero, ni tiempo, y Cholo no me daría libre el fin de semana.
Entonces, recordé el cartel del tablón de anuncios de la facultad: "Certamen Nacional de Publicidad - León 1998".
Era en diez días. El Cannes español. La universidad organizaba un viaje cultural para asistir a las ponencias. Era la cobertura ideal para perderme en la Catedral y buscar aquel manuscrito del Vigilante Eterno del que me habló el chaval de arquitectura en la biblioteca de la universidad.
—León —susurré, mojando los labios en el Ribera—. Me estás llamando.
Me disponía a hincar el diente al último torrezno cuando alguien se sentó en el taburete de al lado.
Al girar la cabeza, casi tiro el vino. Era Luis.
No llevaba su habitual aspecto impecable sino que vestía una chaqueta de lana vieja y una gorra calada que le ensombrecía la cara.
Parecía como si quisiera pasar desapercibido entre los parroquianos de la taberna.
—No te atragantes, Lucía —dijo en voz baja, sin mirarme, mientras levantaba la mano para pedir un clarete al camarero—. He tenido que venir a Segovia por unos asuntos de la bodega y no podía irme sin ver cómo estabas. Tienes los ojos más grandes de lo normal.
—Luis... pero qué sorpresa. Me has dado un susto de muerte —susurré, tratando de recomponerme—. Me ha vuelto a pasar. Hace un rato. Esta vez ha sido... ruido. Acero. Gritos.
Luis dio un sorbo a su vino y se inclinó un poco hacia mí. Su presencia, aunque extraña allí, me dio una seguridad inmediata.
—A ver. Lo que oyes no son ruidos, reinita, es el efecto de la apertura. Mencionar tu apellido funciona de escudo...y te está ayudando a manejar mejor la situación pero te estás quedando en el umbral, con un pie en cada lado. Por eso sufres.
—No entiendo nada de lo que dices, pero he de contarte que he descubierto algo —le dije, bajando aún más la voz—.
El abuelo escribió sobre los custodios y las puertas.
Y en la biblioteca he leído sobre un caballero de Carracedo que protegía a una infanta llamada Sancha en la época medieval.
Luis, tengo que ir a León. Un compañero se acercó a mi y me contó que existe un pergamino en los archivos de la catedral que habla sobre un vigilante eterno y mira la dedicatoria que puso mi abuelo en el diario que me regaló:
"Para Lucía: la última de la estirpe de los vigilantes eternos. No temas al sueño, porque tú eres la que guarda la puerta."
—¿No te parece demasiada casualidad? —proseguí aprovechando que Luis me miraba sin pestañear, — pues vas a flipar, en breve la universidad organiza un viaje ni más ni menos que a León, porque se celebra este año allí el certamen de publicidad más importante de España.
He pensado aprovechar el viaje para colarme en los archivos de la catedral y buscar el pergamino a ver si ahí hallamos respuestas a todo esto, ¿qué opinas?
Luis me miraba de frente. Sus ojos, siempre cargados de esa mezcla de ironía y profundidad, se volvieron serios.
—Que te voy a decir, Lucia, las casualidades no existen, existen las causalidades.
Ya sabes lo que tienes que hacer. Aprovecha el viaje a León y busca ese pergamino.
Y escucha bien esto que te quiero decir: cuando vayas a dormir, que alguna vez tendrás que hacerlo, no luches por salir corriendo de tu casa.
Me preocupa que andes de aquí para allá como un alma en pena.
Deja que la oscuridad te lleve a donde tenga que llevarte.
Y si vuelves a conectar con ese caballero, considéralo como si tú misma fueras parte de él. ¿Lo harás?.
Luis apuró lo que quedaba del clarete y posó con determinación el vaso sobre la vieja barra de la taberna. Sacó un billete del bolsillo y lo dejó caer a su lado.
—Si vas a ir a León, prepárate. Allí la piedra tiene memoria, una memoria de tiempos muy antiguos y habla, pero solo responde a quien sabe escucharla.
Me guiño un ojo y, realizando una reverencia, salió con su sonrisa pícara de la taberna mezclándose con la gente que subía hacia la Plaza Mayor.
Y ahí me quedé yo, sentada en el taburete alto con un codo apoyado sobre la barra con el corazón martilleando contra las costillas.
Luis me acababa de confirmar lo que yo ya sospechaba: el viaje a León era más que una excursión universitaria, era una cita con mi propia historia, una cita en 10 días a la que no podía faltar.