La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 17 El Vuelo del Azor sobre Castilla
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Capítulo 17 El Vuelo del Azor sobre Castilla

El paisaje había cambiado drásticamente.

Atrás quedaban los verdes valles de Navarra; ahora, el grupo cabalgaba bajo un cielo de un azul tan intenso que hería la vista, sobre una tierra de color ocre que se extendía hasta el horizonte como un mar de fuego.

El polvo de Castilla se pegaba a las túnicas blancas de los templarios, dándoles un aspecto fantasmal, como si estuvieran hechos de la misma arcilla que pisaban.

Doña Sancha cabalgaba sobre una palafrenera blanca de paso firme, protegida por un manto de seda pesada en color púrpura, el tinte de la realeza, bordado en los extremos con hilos de oro que dibujaban leones rampantes.

A pesar del calor sofocante que hacía vibrar el aire, no se permitía un solo gesto de fatiga.

Su rostro, enmarcado por una toca de lino finísimo que solo dejaba ver sus ojos inteligentes, era la viva imagen de la autoridad soberana.

A su lado, el caballero de Carracedo no quitaba la vista del horizonte.

El calor creaba espejismos sobre el trigo segado.

Su mano derecha, enguantada en cuero endurecido, descansaba sobre el pomo de su espada, sintiendo el metal arder bajo el sol.

El aire era una mezcla densa de paja seca, tomillo quemado y el sudor acre de las cabalgaduras.

—Mirad hacia el sur, Carracedo —dijo Sancha, señalando con un leve gesto de su barbilla hacia donde, a lo lejos, se adivinaban las brumas del valle del Duero—.

Allí abajo, en las riberas de un pequeño asentamiento llamado Valladolid, mi hermano el Emperador tiene grandes planes.

Dicen que el agua de ese río es capaz de alimentar a todo un reino si se sabe gobernar con sabiduría.

—Valladolid es tierra de frontera aún en el alma, mi señora —respondió Carracedo con voz ronca por el polvo—. Siento que algún día, esa villa será el corazón de todo, pero hoy... hoy nuestro destino está en el Bierzo.

Se detuvieron al mediodía bajo la sombra exigua de unos chopos junto a un arroyo casi seco.

Los caballeros desmontaron en un silencio marcial.

El hermano Gauthier alzó un azor que llevaba en el puño, cubierto con una caperuza de cuero.

Era su explorador alado. Al soltarlo, el ave se elevó en círculos perfectos, una mancha oscura y veloz contra el disco solar.

—Si el açor no grita, el camino está libre de acero sarraceno —sentenció Gauthier, observando el vuelo del animal con ojos expertos.

Se sentaron en el suelo, sobre el manto de hierba agostada.

Sancha se acomodó junto a ellos, compartiendo la dureza del camino.

Repartieron queso ahumado, hogazas de pan blanco compradas en una abadía cercana y cebollas dulces.

El agua del arroyo, aunque tibia y escasa, sabía a gloria en sus gargantas resecas.

Sancha observaba a Carracedo mientras este afilaba una pequeña daga con una piedra de río. Había una tensión contenida en el caballero, una vibración que ella percibía en el aire.

—¿Sentís el peso, verdad? —le preguntó ella en voz baja—. La reliquia está inquieta. Carracedo dejó de afilar. Miró el cofre de cedro, que descansaba a la sombra custodiado por los dos freires que no se separaban de él ni para beber.

—No es inquietud, señora, es más bien reconocimiento.

Cuanto más nos acercamos al reino, más fuerte es el latido dentro de la madera.

Es como si la tierra estuviera llamando a lo que traemos.

Como si Carracetum fuera el único lugar del mundo donde esa fuerza inquieta pueda, por fin, hallar su morada.

En ese momento, un jinete solitario apareció en el horizonte, galopando a toda velocidad desde el oeste.

Llevaba un estandarte real. Todos se pusieron en pie al unísono, las manos en las empuñaduras.

El mensajero frenó en seco, levantando una densa nube de polvo.

Desmontó y cayó de rodillas ante Sancha, entregándole un pergamino sellado con la cera roja del Emperador.

Sancha lo leyó con rapidez. Sus ojos se iluminaron. —Mi hermano nos espera en León. Pero no en palacio. Nos aguarda en la basílica de San Isidoro, ante el panteón de nuestros antepasados.  Quiere que el mundo vea que la orden del Cister y la estirpe de Carracedo tienen su bendición imperial.

Miró a su caballero con una solemnidad nueva.

—Preparaos, Carracedo. Al llegar a León, se convertirá en figura clave en esta cruzada.

No habrá marcha atrás para vuestro linaje.

Carracedo solo asintió, sintiendo que el honor de su destino le quemaba en las venas con más fuerza que el sol de agosto.

El viaje estaba llegando a su punto crítico.