La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo29
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Capítulo29

La alondra

Me desperté sola.

El pánico me atravesó el pecho con una intensidad que me dejó sin aliento. Mi mano buscó el lado de la cama de Erik . Todavía conservaba algo de calor, pero se enfriaba a un ritmo alarmante.

—¿ Erik ? —Me incorporé de un salto, con la sangre subiéndome a la cabeza hasta martillarme en los oídos. Las cortinas de satén oscuro bloqueaban la luz, pero entre las rendijas se filtraba un rayo de sol, más brillante que el amanecer.

La puerta del baño conectaba nuestra alcoba con la sala de estar, pero esta parecía vacía, salvo por la ropa que habíamos dejado tirada, dispersa sobre el suelo. Apoyé el talón de la mano sobre el corazón; la piel aún dolía por la ausencia del vínculo de corazón.

— Erik .

Dioses, me sentía como una tonta por desmoronarme de esa manera.

No era ni guerrera ni reina, incapaz de sostenerme frente al vacío de mis propios pensamientos.

Crueles y persistentes, se infiltraban en mi mente, susurrando que todo había sido una ilusión hermosa, un juego vano, y que, en realidad, mi serpiente seguía perdida para siempre.

Deslicé las yemas de los dedos por las marcas de mi garganta, recuerdos que la boca traviesa de Erik Cantasangre había dejado.

Respira. Concéntrate. Parpadeé, y las lágrimas cayeron de mis pestañas. Las aparté con rapidez, al borde del llanto, presa del pánico.

La puerta que daba a la sala cedió y Erik entró, desnudo de la cintura para arriba, con una bandeja entre las manos: infusiones de hierbas aún humeantes y pequeños pasteles esponjosos cubiertos de glaseado rosa y azúcar.

Mantenía la atención fija en el frágil equilibrio de la bandeja, sin notar que yo me había convertido en una piedra llorosa en el centro de nuestra cama.

Dioses, era hermoso: fuerte, con un cuerpo hecho para deslizarse por el mar. Su cabello oscuro seguía revuelto por mis dedos.

Entonces alzó la mirada carmesí, y una sonrisa espontánea apareció en sus labios.

—Planeaba despertarte a mi manera, pero… —La voz de Erik se apagó. Frunció el ceño mientras dejaba la bandeja con rapidez sobre una cajonera junto a la pared—. ¿Alondra? ¿Qué sucede?

La vergüenza me calentó las mejillas, implacable. Forcé una sonrisa, sacudiendo la cabeza.

—Nada.

Erik se deslizó sobre la cama; apoyó una mano suave sobre mi corazón y me empujó con cuidado hasta recostarme en el colchón. Con su cuerpo formó una jaula sobre mí.

—¿Es este el momento en que empezamos a mentirnos? Creí que hacía tiempo habíamos decidido que esas cosas no tenían sentido.

—Es una tontería —susurré.

—Entonces me intriga aún más, porque todavía no he escuchado nada insensato salir de tu boca.

Deslicé la mano por su brazo, siguiendo un grupo de cicatrices cerca de su muñeca.

—Solo pensamientos errantes intentando escapar otra vez.

Erik se acomodó detrás de mí, rodeándome la cintura con un gesto posesivo; sus labios rozaron mi oreja.

—Tú eres Livia Ferus . —Me aferré a su brazo con fuerza, como si fuera parte de las mantas revueltas que nos cubrían, deleitándome en la aspereza grave de su voz—. Hija de guerreros —continuó, dejando besos detrás de mi oreja—, aniquiladora de traidores, mordedora del rey eterno…

—No te he mordido.

Erik ladeó la cabeza, dejando al descubierto los moretones con forma de dientes a lo largo de su hombro.

Fruncí los labios y aparté la mirada.

—No te he oído quejarte.

Sus dedos recorrieron lentamente la punta afilada de mi oreja.

—Nunca me ocultes tus miedos, alondra.

—Solo fue un instante de inquietud cuando no estabas; pensé que quizá todo había sido un sueño. Sabía que no tenía sentido, pero aun así caí en ese torbellino de pensamientos.

—Estoy decepcionado —dijo, tomando mi barbilla para obligarme a mirarlo—. Aún no he oído nada insensato de tus labios.

—Me consientes demasiado, Erik Cantasangre. —Le pellizqué el hueso de la cadera.

—Ni siquiera sé cómo hacer eso —replicó, tirando de mi cintura hasta que rodé sobre el hombro para encararlo—.

¿Qué te dije, amor? El miedo es poderoso.

Cada mente lo percibe de forma distinta, pero es un honor para mí caminar contigo a través del tuyo, por ilógico que te parezca. ¿Acaso no harías lo mismo?

Suspiré.

—Claro que sí. Tú, rey eterno, podrías permitirte tropezar un poco más, para que yo pudiera ayudarte a levantarte también. Eres demasiado inquebrantable. Eso hace que los demás —me señalé— se vuelvan bastante ariscos cuando no logran ser igual de firmes.

Rozó mis labios con un beso breve.

—Sabes mejor que nadie, amor, que no es más que una máscara.

Acaricié la sombra áspera de su mandíbula.

—Conmigo no uses máscaras, Serpiente.

—Así será. —Me besó de nuevo, más lento, más tierno—. Siempre que tú hagas lo mismo.

—Está bien. —Solté un suspiro exagerado—. Por los dioses, eres exigente.

Erik acomodó su cuerpo sobre el mío, sonriendo con la misma ferocidad que había amado desde aquellas noches en que lo observaba a través de los barrotes de su celda.

—Tengo maneras de exigir que quizá disfrutes —dijo, besando las curvas de mis pechos antes de rodar fuera de la cama—. Por desgracia, tendrá que ser más tarde. Nos requieren en el salón.

Recogió la bandeja con comida y la dejó sobre la cama. Erik se tumbó de costado a mi lado, apoyado en un codo.

—He intentado amenazar de muerte a Alistair para que nos deje en paz; incluso he jurado despojarlo de sus malditos jubones, pero me temo que aquí él es el rey.

Solté una risita y me llevé un pequeño pastel a la boca. Un gemido de placer me encogió los dedos de los pies. El glaseado lechoso me cubrió la garganta con una explosión de dulzura, seguido de la miga suave del bizcocho.

Erik observaba, con su propio dulce a medio camino de los labios.

—Pídemelo, amor, y haré que vuelvas a emitir sonidos así. Tendría que ser rápido, pero no podría soportar oírlo de nuevo sin estar dentro de ti.

Le lancé una pequeña semilla de grosella a la frente.

—He pasado días sin comida decente. Larsson no fue generoso con su mascota.

Levanté una copa hasta mis labios y me detuve al ver cómo el rostro de Erik se ensombrecía.

—No te llames así —dijo. Su mandíbula palpitó—. Gavyn nos contó cosas…, lo que te hizo.

La bilis me subió a la garganta. Apoyé una mano en su brazo.

—Sigo siendo tuya, Erik .

—Dioses, Livia . —Se incorporó y dejó caer los pies al suelo, apoyándose sobre las rodillas—. ¿Pensaste que no lo serías? ¿Que te vería como algo menos?

—No. No he querido decir eso.

Erik dudó un instante, y luego habló:

—Por cada momento que te tuvo, ya había planeado hacerlo sufrir.

Pero saber que puso sus manos sobre ti, que te arrancó sangre…

No habrá reino alguno, entre los dioses y tu pueblo, que no escuche sus gritos.

Se convertirán en leyendas, en espectros que atormenten los mares.

—Giró el rostro, ofreciéndome el perfil, pero no alzó la mirada—.

No soy un hombre al que muchos consideren sentimental, pero siempre puedes hablar conmigo, amor.

Si alguna vez deseas, o necesitas, hablar de lo que te hicieron…

—De lo que nos hicieron —lo interrumpí—. Esto nos lo hicieron a los dos.

Con cuidado, me deslicé por la cama y rodeé su cintura por detrás con los brazos. Apoyé la mejilla en el calor de su espalda y besé el espacio entre sus omóplatos.

Erik cubrió mis manos, que descansaban sobre su vientre, con una de las suyas.

—Puede que no sea hábil en la gentileza —dijo—, pero no quiero que la violencia que siento te impida hablar conmigo de nada. Siempre te escucharé primero. La furia puede venir después.

Lo que Erik decía con sinceridad encendió una nueva vena de afecto en mi corazón por el rey eterno. Por doloroso que fuera escucharlo, me estaba ofreciendo su hombro, sus brazos. Me ofrecía su refugio, su seguridad, si alguna vez la necesitaba.

Deslicé los dedos por una de las cicatrices de su espalda alta.

—Lo que más temí fue no volver a verte jamás. Cuando… cuando Larsson se aseguró de que el vínculo del corazón fuera arrancado, pensé que nunca volvería a respirar. En mis pensamientos más oscuros, llegué a creer que podrías darme por muerta… y abandonar la búsqueda.

Con lentitud, Erik se acomodó en el borde del colchón: una pierna doblada sobre la cama, el otro pie aún apoyado en el suelo. Me tomó el rostro en las manos.

—Asaltaría las puertas del Otro Mundo para encontrarte, alondra. Cuando llegó el vacío, jamás consideré poner fin a la búsqueda. Nunca permití que la idea de que te habías ido echara raíces en mí. Para mí no importaba. Nunca me habría detenido.

Una nueva lágrima me quemó la mejilla. Erik la secó con el pulgar.

—Aquella noche, cuando me tocó… —Mi voz se quebró, y Erik me estrechó contra su pecho, sujetándome como si su cuerpo se hubiera solidificado a mi alrededor.

El aire me llegaba en jadeos cortados contra su piel—.

Su contacto fue cruel, repulsivo… y sentí que jamás podría borrar de mi piel los restos de aquello.

Besos suaves se posaron en el lateral de mi cabeza.

—Si alguna vez mis manos son demasiado…

—No. —Rodeé su cintura con los brazos—. Tu contacto es lo que anhelo. —Cerré los ojos con fuerza—. Aquí, a tu lado, es donde encuentro la paz, Erik . No dejes nunca de tocarme.

El rey eterno guardó silencio, pero apretó aún más su abrazo, como si me asegurara sin palabras que esos brazos jamás me soltarían.

—Mi crianza siempre estuvo marcada por el control —dijo al fin, despacio, con vacilación—.

Después de la guerra, seguí bajo el yugo de las expectativas de los nobles y del pueblo del Eterno.

Me he acostumbrado a controlar la Nave Eterna: ya fuera durante una incursión o al navegar hacia encuentros con las casas, siempre mantuvimos cierto orden.

Desde que te secuestró, no he sentido nada más que caos.

No sé cómo se siente un mortal al ahogarse, pero dicen que es como si los pulmones fueran a estallar.

Así fue cada instante que estuviste ausente, amor.

Solo cuando volviste a mis brazos pude respirar de nuevo.