La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 22
40%

Capítulo 22

La alondra

El cuchillo de Fione se detuvo en el aire, la punta a un dedo de mi nariz.

Los ojos de la bruja se abrieron.

—¿Cómo…?

Raíces y enredaderas se enroscaron frente a mí como un escudo arbóreo que surgiera para recibir el golpe en mi lugar. Ramas y troncos se dispararon hacia delante y envolvieron su cuchillo, deteniéndolo a una distancia segura de mi rostro.

Hice girar la palma de mi mano, y los árboles apuntaron el acero hacia el suelo. Mi puño se cerró, y las ramas apretaron con fuerza el cuchillo hasta que la hoja se quebró bajo la presión.

Dejé caer mi brazo a un lado, y con él, los árboles dejaron caer los fragmentos dentados del cuchillo formando un pequeño montón sobre la arena.

De la vaina de hierba que yo misma había tejido, saqué la daga de Gavyn , con su peculiar empuñadura: amatista y runas grabadas. Fione me miró, los ojos abiertos y las mejillas teñidas de un rojo intenso.

—¿Te das cuenta de que quizá no he estado sola en absoluto? —dije con una sonrisa, una máscara para ocultar el miedo que me oprimía el pecho.

La frialdad de Fione se volvió aún más cortante. Con dedos rápidos, recogió arena y guijarros ásperos y gritó en señal de aviso para cualquier guardia que pudiera estar escondido por la zona. Después los lanzó con violencia, rompiendo el aire con un estallido seco.

Se movió con una rapidez furiosa, como un mar embravecido, y apenas tuve tiempo de comprender lo que hacía antes de que un zumbido dulce y letal golpeara mis oídos.

Cuando los guijarros cayeron al suelo, en vez de oscuras piedras lisas y copos de arena negra, se transformaron en barrotes y postes crueles a mi alrededor, atrapándome.

Chillé y golpeé con mis puños las piedras, agitando mi nueva jaula. Las voces y los gruñidos estaban cada vez más cerca. A través de los árboles, aparecieron en la playa una docena de hombres con sus respectivas espadas.

Fione me lanzó una sonrisa rápida.

—Creo que a partir de ahora pediré que te aten a la cama. El cuerpo extendido. Así será más fácil cavar un agujero en tu piel si alguna vez requiero sangre para un hechizo. Me pregunto cuánto vivirás antes de desangrarte.

Me caí de rodillas, con las palmas abiertas sobre la playa rocosa, la furia hirviendo en mis venas.

Hoy. Me iba a ir hoy.

Este momento me ponía a prueba como reina; este momento o bien me acercaba a mi rey o me mandaba al Otro Mundo, una luz en su oscuridad hasta que me encontrara en el salón de los dioses.

El dolor habitaba esta tierra. Cuanto más ahondaba en ella con mi propia magia, más me consumían los recuerdos de Natthaven.

Una mano cruel me apretó la garganta como una prensa, hundiéndose en mí y anclándome al sitio.

En mi mente, el ruido metálico de acero chocando contra acero, vibrando.

Humo y carne quemada ardían en mi nariz.

Lágrimas de pérdida. Se habían librado guerras sobre estas orillas.

Pero también habían conocido la felicidad.

Un consuelo, suave como la seda, nació en mi pecho.

Una risa cantarina resonó en mis oídos. Fiestas. Bailes. Música.

Natthaven devoró mi furia, revelando su dolor y su alegría con cada latido que enviaba a la orilla. No sabía lo que buscaba de la tierra. Todo lo que podía visualizar en mis pensamientos era hoy.

Me iba a ir hoy.

—Lleváosla —espetó Fione, pero su tono cambió—. ¿Qué es esto? No, ¡lleváosla!

Los músculos de mis brazos temblaban. Me incorporé lentamente, todavía atrapada entre los postes de piedra encantados de Fione. Pero la arena y los guijarros vibraban y crujían bajo mis pies, anunciando peligro. Fione alcanzó su bolsa, buscando un nuevo hechizo, un nuevo ataque.

La orilla se abrió ante nosotros.

Del mar surgieron brotes verdes, húmedos y viscosos, estallando como flores extrañas.

Serpientes de hojas verdes y negras se enroscaron y retorcieron alrededor de los postes de piedra que formaban mi jaula.

Los guardias élficos se detuvieron, asombrados.

Algunos reunían luz en sus palmas, al igual que hizo Arion contra Skadi , preparándose para lo que estaba por venir.

Nunca tuvieron oportunidad de atacar. Raíces y ramas del bosque surgieron del suelo en un ataque contra las enredaderas de la tierra y las algas del mar; derribaron a los guardias élficos, esposaron sus muñecas.

Los hombres gritaban, atónitos, golpeaban el follaje, y luego desenvainaban sus espadas. El acero chocó con corteza y zarza.

Grité, el agotamiento quemaba mis antebrazos.

¡Hoy! Hoy me iba.

Las plantas marinas comenzaron su retirada hacia el agua, pero mientras lo hacían, la fuerza de su agarre alrededor de los pilares de piedra que me mantenían cautiva crecía. El crujido de la piedra al romperse se mezclaba con los gritos de los guardias.

Una y otra vez, las plantas marinas tiraron y lucharon contra las barras malditas de Fione… hasta que se hicieron añicos.

Polvo, escombros y sal llenaban mis pulmones. Cubrí mi cabeza contra la lluvia de guijarros y piedras rotas.

Cuando todo se asentó, tomé la daga de Gavyn , mis brazos tan firmes como hierba húmeda, pero lista para luchar. Si el Otro Mundo reclamaba mi vida, rogaría a los dioses que me hicieran arder con fuerza en los cielos del Eterno.

Que Erik me viera noche tras noche, hasta que, al fin, me encontrara de nuevo.

Mi Fuego de la Noche.

Pero tropecé hacia atrás.

La jaula de Fione se había derrumbado. Las hojas marinas dejaron huellas en la orilla, pero entre el bosque y el agua se había levantado un muro retorcido y en constante movimiento de raíces, enredaderas y ramas.

Los elfos trataban de rebanar la barrera. Donde una rama se astillaba, otra se deslizaba en su lugar. Viva. El muro estaba vivo, un muro de serpientes hechas de madera y espinas.

A través del muro, Fione siseaba, haciendo todo lo posible por atravesarlo. Los elfos gritaban órdenes con un toque de incredulidad. Las campanas de la torre sonaron.

A mi lado del nuevo muro, no había nada más que bosque y noche.

«Respira. Concéntrate».

Un destello iluminó el horizonte y luego se desvaneció en la oscuridad. Entrecerré los ojos, buscando en el mar, hasta que el sonido de la madera astillándose me devolvió al presente. Mi muro de furia retorcida se debilitaba.

Los guardias cortaban las ramitas, y ahora no había nada que las reemplazara.

La madera retrocedía.

—¡Lleváosla! ¡Ahora!

Larsson . A través de una de las grietas en mi barrera, su rostro se contorsionaba de rabia. Giré sobre mis talones y avancé tambaleante hacia el bosque.

Los árboles se inclinaron lejos de mí, como si el bosque, una vez más, me invitara a su santuario. Con la daga floja a mi costado, me agaché bajo las hojas y los emparrados, la mandíbula apretada.

Esto no había terminado, pero terminaría. Ya fuera por mar o por muerte, me iba de esta isla.