La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

La serpiente

—No hace falta recurrir a las armas. —Torbellino alzó una mano cuando Celine desenvainó un puñal—. ¿Acaso no perseguimos todos lo mismo?

—Dímelo tú, Torbellino —respondí—. ¿Por qué la casa de la señora Narza ha tomado otra?

Un calor rabioso se me anudó en el pecho. Si mi propia abuela me había traicionado en mi ausencia, cumpliría mi promesa: haría arder el Eterno hasta los cimientos, para luego empezar de nuevo con otra gente, otros lores, otras leyes.

—Nos unimos al señor de los huesos en un consejo.

—¿Y dónde está el señor Gavyn ?

Torbellino se movió con inquietud.

—Desaparecido. Lo explicaré dentro.

Celine estalló. Su voz tembló:

—¿Y cómo sabemos que dices la verdad? ¿Cómo sabemos que no has hecho daño al señor de esta casa?

—No lo he hecho, jovencita —respondió Torbellino, con una compasión que se arremolinó aún más en sus ojos.

Le tendí una mano a Celine , instándola a retroceder.

—¿Dónde está Narza ? Quiero hablar con ella.

—La dama de las brujas tampoco está aquí. —Torbellino dio un paso más—. Tras una reunión curiosa con el señor de los huesos, él le dijo adónde habías ido. Ella me dejó en su lugar y se lanzó a los vientos en tu busca.

—¿Sin luz en las brumas? —murmuró Sewell, y su voz dejó entrever la tensión.

—Mi hombre tiene razón —dije—. Si tú estás aquí, si Narza se ha marchado, ¿quién guía la Casa de las Brumas?

—Por ahora, está en manos de consejeros de confianza. Volveré ahora que tú has regresado. Mi hijo recibió órdenes de la dama de las brujas: si regresabas antes que ella, debía unirse a tu búsqueda con una de nuestras naves y una pequeña tripulación, mi rey.

La puerta principal se abrió, y un hombre alto, vestido con una túnica color verde bruma, entró en la estancia.

Su cabello cobrizo estaba recogido en la nuca y cuidadosamente apartado detrás de sus orejas puntiagudas.

Tenía el aire de un navegante aficionado que surca mareas tranquilas en las calas, sin enfrentarse jamás al mar abierto con viento y tormentas.

Quizá Tavish Rompehechizos prefería que la gente lo subestimara.

No conocía el carácter del hombre, pero sí sabía que era un hechicero formidable. Uno de los pocos cuya voz podía detectar las grietas en una maldición de bruja. Pocos hechizos podían resistirse a Tavish si él deseaba deshilarlos.

Tavish inclinó ligeramente la cabeza, con una media sonrisa astuta bajo la barba incipiente.

—Mi rey.

El hombre me llevaba poco más de diez ciclos y era muy valorado en la Casa de las Brumas.

—Te ayudará si lo necesitas, rey Erik —insistió Torbellino.

Había respeto en su tono, una suavidad que me hizo arder la piel con inquietud. Claro que siempre había estado intranquilo en presencia de aquel hombre. Torbellino era la mano derecha de la señora Narza , uno de los pocos a quienes ella permitía entrar en su círculo más íntimo.

Nadie sabía realmente quién era la pareja de Narza ; solo rumores y sospechas. Nunca me dijeron nada sobre el padre de mi madre, pero a lo largo de los ciclos me había preguntado más de una vez si, cada vez que miraba a Torbellino, estaba mirando a mi abuelo.

Torbellino se apartó hacia un lado, invitándonos a entrar en el gran salón de la mansión.

—Venid. Os explicaré lo que sé.

Envié a Portatormentas a avisar a la tripulación del Eterno de que podían recorrer los mercados interiores de la plaza: comer, reabastecerse, descansar, buscar compañía…, lo que quisieran mientras esperaban. Los miembros de la realeza, Tait , Celine y Sewell permanecieron a mi lado.

Sin decir palabra, empujé a Torbellino a un lado y pasé de largo, ignorando a Tavish y a las pocas brujas y elfos del mar de la Casa de las Brumas que aguardaban en el pasillo.

Sus túnicas de seda y su cabello coral rosado y azul plateado desentonaban entre los colores apagados y las expresiones sobrias de los sirvientes de la Casa de los Huesos.

Torbellino nos condujo a un amplio salón con un escritorio pulido, cubierto de pergaminos ordenados y plumas de espina de pez.

Sofás de satén de algas estaban dispuestos sobre alfombras tejidas, y sobre nuestras cabezas colgaba una lámpara de cristal con velas de cera perfumada, que envolvían la estancia en el aroma constante de la bruma marina matinal: limpio y fresco.

Sirvientes dóciles entraron y dejaron bandejas de plata con bizcochos esponjosos, vino dulce y un pescado asado envuelto en hierbas aromáticas.

Alek fue el primero en lanzarse a por un puñado de comida, seguido de cerca por Jonas . Mira puso los ojos en blanco y protestó por sus modales lobunos, pero, aun así, tomó, con disimulo, un puñado de pasteles antes de retirarse a un rincón junto a Celine y Tait .

Cerca de las dos mujeres, tres hombres recogían bandejas vacías, listos para marcharse, hasta que uno de ellos se detuvo al ver a la princesa.

Una mano fue al bolsillo de sus pantalones de lana.

Le di la espalda hasta que un punteo de cuerdas se transformó en una melodía delicada, dulce, de esas que se escuchan en una mañana luminosa.

No pensé que fuera nada… hasta que la voz de Jonas cortó la música de golpe.

—Santos infiernos, Mira. ¿Qué estás haciendo?

Los ojos de la princesa estaban vidriosos. Con la punta del dedo trazaba el borde puntiagudo de la oreja de Tait . Mi primo estaba pálido como un cielo de invierno. Soltó un siseo cuando ella deslizó la palma por su pecho.

—No eres tan terrible, ¿verdad, elfo del mar? —Santos infiernos, intentó morderle la oreja.

Tait parecía listo para cortarse el cuello él mismo.

—¡ Filib , cesa tu canción! —La voz atronadora de Torbellino hizo vibrar la lámpara del techo.

Dioses sangrantes, estos malditos cantores del mar.

Apenas perceptibles para los elfos del mar, las canciones del Eterno eran como un rascado persistente en la parte de atrás de nuestras cabezas.

Los cantores no podían controlar ni siquiera a los elfos de tierra que preferían a las mujeres, pero pon a esos hombres o mujeres ante una sirena y se doblegarán igual que la princesa.

El cantor del mar cayó de rodillas.

—Perdón… —sollozó—. Es solo que… han pasado muchos ciclos desde la última vez que alguien apreció mi melodía.

Crucé la estancia y agarré al cantor por su espesa melena dorada.

—Los elfos de tierra están bajo mi protección. Si vuelves a tocar para ella, será tu última canción.

—Sí, Alteza.

En cuanto solté su cabello, el cantor salió disparado de la habitación. El trance de Mira se estaba disipando, pero, aun así, Celine tuvo que quitársela de encima a Tait .

La princesa entornó los ojos.

—¿Qué pasa, elfo del mar? ¿Soy demasiado para ti? Te salvé la vida.

—Y ahora yo te salvo a ti. Estamos en paz, mujer. — Tait apretó los puños a ambos lados, como si luchara por mantener las distancias él mismo.

—Siempre bromeamos con los cantores del mar —dijo Jonas —, pero jamás pensé que fueran tan poderosos.

—No los subestimes. —A este paso, tendría que reclamar a cada maldito miembro de la realeza igual que reclamé a Livia solo para mantener sus mentes a salvo de las canciones del mar.

—A Livia también le pasó —añadió Celine , sonriendo cuando el trance de Mira se disipó por completo, dejándola con el rostro encendido y enterrado entre las manos—. Sacan a la superficie el deseo. Ella no podía mantener las manos lejos del rey.

—No le deseo —protestó Mira, fulminando a Tait con la mirada mientras él iba a colocarse junto a Aleksi.

Celine le guiñó un ojo y se encogió de hombros.

—Lo que tú digas, elfa de tierra.

—Basta. Dime lo que sabes, Torbellino. —Tomé asiento en una amplia butaca frente al escritorio de Gavyn .

Torbellino se sentó en el borde del escritorio, con los brazos cruzados sobre su jubón azul. Un hechicero de enorme poder por derecho propio, pero en ese momento parecía más un rey que yo.

—¿Estás bien, mi rey?

—No estamos aquí por eso.

—Perdón, pero fuisteis a los elfos de tierra y nos preocupamos…, la dama de las brujas estaba inquieta.

—Oh, el rey del pueblo de la Noche todavía quiere su cabeza —intervino Jonas , engullendo otro pedazo de pescado y hablando con la boca llena—. Lo sacamos de allí.

Tavish ocupó una silla junto a la ventana central. Cruzó un tobillo sobre la rodilla y sonrió.

—¿Los elfos de tierra traicionaron a los suyos?

—Tenemos motivaciones parecidas —dije, entornando los ojos—. No he venido a contaros una historia. Torbellino, dime por qué el señor de los huesos no está aquí.

—Fuimos convocados. El señor Gavyn estaba buscando, pero no había logrado encontrar ni un rastro de la reina desaparecida. Pensó que quizá habría un hechizo, o algo que pudiéramos usar. Cuando la señora Narza oyó a dónde habías ido tú, dejó al señor de los huesos a mi cargo y zarpó.

—¿ Narza cruzó el Abismo?

—Ayer al anochecer. —Torbellino se pasó una mano por la barba plateada, con la preocupación tallada en los surcos de su rostro—. Navegó bajo la superficie, muy deprisa. Seguro que ya ha llegado.

Me giré bruscamente hacia Tait .

—La hemos dejado en una posición peligrosa.

— Narza no es fácil de doblegar —murmuró Tavish , pero miraba por la ventana, perdido en sus propios pensamientos.

—¿Dónde ha ido Gavyn ?

—Antes siquiera de encontrar un hechizo adecuado para ayudarle, algo… se lo llevó. No sé cómo explicarlo —dijo Torbellino—. Estábamos en la orilla. Me dijo que planeaba ir a la Torre, vigilar a los comerciantes y ver si había rumores.

—Una idea sensata —dijo Sewell.

Y lo era. La Torre siempre bullía de marineros. Si había noticias de Livia , aparecerían allí.

—¿Qué es lo difícil de explicar? —pregunté.

—Estaba preparándose para partir, a su manera. —Torbellino vaciló, visiblemente incómodo al hablar de la habilidad de Gavyn .

—¿Lo sabías?

Sewell dejó escapar un gemido —una respiración temblorosa entre dientes— y miró fijamente el escritorio vacío de su señor.

—¿Que es un buscador? Sí. Su don está a salvo con nosotros —aseguró Torbellino—. Es un buen líder. Odiaría perjudicar eso. Como decía: se encaminaba al mar cuando… la oscuridad lo cubrió. Lo tomó.

Celine gimió.

—¿Qué? ¿Qué significa eso?

—Tenía poder —dijo Tavish , en un tono áspero y sombrío—. Fue una fuerza. No sé qué era, e intenté deshacerla, pero desapareció demasiado rápido. Igual que el señor de los huesos.

Gavyn había sido tomado por un maldito hechizo. No podía ser real. Me levanté y empecé a caminar detrás del escritorio.

— Larsson sabe lo que puede hacer —susurró Celine , admitiendo lo que todos temíamos.

—Mierda. —Golpeé la pata del escritorio de Gavyn . Aleksi, mientras tanto, explicaba entre murmullos a los otros miembros de la realeza el papel y la habilidad de Gavyn . Exhalé un suspiro áspero—. Bien. Ahora buscamos a Livia y a Gavyn .

—¿Cuánto hace que se fue? —Las palabras de Sewell eran claras, pero el tono de su voz denotaba que estaba roto por dentro.

Torbellino suspiró.

—Dos noches.

Maldita sea.

Aleksi empezó a pasear con el pulgar sobre la empuñadura de su espada con forma de cuervo.

Jonas ladeó la cabeza, escuchando algo que Sander le susurró al oído.

Mira rodeaba los hombros de Celine como si fueran antiguas compañeras, como si la princesa ya supiera del vínculo de Celine con esta casa y con el señor desaparecido.

—Vamos a la Torre —dije—. La idea de Gavyn era buena. Si hay rumores sobre reinas o lores desaparecidos, los encontraremos allí. —Di media vuelta y avancé hacia la puerta con paso firme—. Mi agradecimiento, Torbellino.

—Espera. —Torbellino tiró de una correa de cuero que llevaba al cuello. Al final de esta colgaba un fragmento de plata marcado con una runa de conocimiento—. Toma esto.

—¿Qué es?

—Lo que desearía que tuvieran la reina o el señor de los huesos. Nos permitirá encontrarte si lo necesitamos, si oímos algo… o si tu tripulación se mete en problemas.

Incliné la cabeza y me colgué el cuero al cuello. El fragmento de plata chocó con la golondrina que colgaba sobre mi pecho.

—Y Tavish os acompañará.

—¿Cedes a tu hijo para ayudarme, Torbellino? —Mi voz iba cargada de sospecha.

El hombre no apartó la mirada.

—Insiste por su propia voluntad, rey Erik .

—Curioso, cuando habéis tenido tan poco que ver con la Casa de los Reyes, ¿no te parece?

A Torbellino se le movió una comisura del labio.

—Siempre hemos apoyado a la Casa de los Reyes, desde que un rey niño tomó el trono. Siempre lo haremos, Erik .

Durante un instante estudié al hombre; había palabras no dichas y sospechas vivas entre nosotros, tan densas que casi podían paladearse. No apoyaban a la Casa de los Reyes de Thorvald , sino a la de su hijo.

Porque Thorvald no era suyo…, pero yo sí. Y no había tiempo para pensar en ello ahora.

—No espero a nadie —dije por encima del hombro—. Si deseas zarpar, Tavish , reúne a tu tripulación y seguid nuestro viento.

Tavish emitió un murmullo de asentimiento.

—A sus órdenes, rey Erik .