La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

La serpiente

Una vez estuvimos bajo cubierta y el agua se retiró, descendimos junto con la plataforma hasta las tablas del suelo y avancé con dificultad hacia el timón. Aleksi y los demás se mantuvieron cerca.

—Este monstruo tiene varios niveles —murmuró Jonas —. Y es más largo de lo que imaginaba, pero ¿por qué nuestros barcos no pudieron cruzar el Abismo?

—Jo —rio Sander —, compara este navío con nuestros drakkars. Varios mástiles y niveles…

—Cubiertas —lo corrigió Aleksi—. He aprendido que las llaman «cubiertas».

Jonas apenas parecía escucharlos. Se detuvo en lo alto de la escotilla y pasó una mano por la baranda.

—¿Esto es… hueso?

—Sí —gruñí—. Manteneos cerca hasta que encontremos vuestros puestos.

—¿A qué se refiere con «puestos»? —susurró Mira a Aleksi.

—En un barco, todo el mundo tiene el suyo.

—Eres un elfo del mar hecho y derecho, Invocasangre —comentó Tait ; le dio un leve codazo a Alek y fingió no ver la mirada afilada de la princesa cuando él se acercó más de la cuenta.

—¡El rey está a bordo! —tronó la voz de un tripulante en cuanto puse un pie en la cubierta principal.

La tripulación del Eterno se movía de un lado a otro; algunos se detuvieron solo para inclinar la barbilla cuando pasé cojeando rumbo al timón.

Hasta que todos nos quedamos paralizados por una voz aguda y amarga.

—Caminacorazones. Invocasangre. Malditos desgraciados.

Celine Cantamareas bloqueaba los escalones que subían hacia el timón; se alzaba como una barrera furiosa entre nosotros.

Sus ojos ardían con una rabia surcada de miedo.

—Ni una señal, ni una certeza para quienes dejasteis atrás. ¿Qué se supone que debo pensar sobre mi rey mientras esperamos aquí? ¿Y ahora aparecéis, sonriendo como si debiéramos recibiros con vítores?

Celine bajó los escalones con fuertes pisadas.

Bajo el pañuelo azul que mantenía su cabello lejos de la frente, los mechones plateados captaron la luz cuando los echó hacia atrás.

Sus dedos juguetearon con la punta de su única oreja bien formada, un tic que siempre le daba cuando deseaba arrancar ojos.

No me dedicó ni una mirada; me apartó como si fuese un espectro a bordo, golpeó a Aleksi en el hombro y trató de abofetear a Tait , pero él la esquivó.

—Maldita sea, Cantamareas, basta —bufó Tait —. ¿Creíste que estábamos por ahí descansando? Me tuvieron encadenado.

—Pues ya te encadenaré yo con más fuerza. Y tú, Invocasangre… — Celine metió la mano en el bolsillo de su túnica y lanzó una moneda de plata a Alek—. Aquí me tenías, imaginando todas las formas en que nos habías traicionado.

—¿En tan baja consideración me tienes? ¿Incluso después de todo lo que vivimos en el Eterno?

—¡Sí! He estado pensando cosas bastante horribles sobre ti.

Los ojos llameantes de Celine se apartaron de Alek y se fijaron en mí. Apretó los labios, arrugó la nariz.

—Es bueno verte con vida, rey Erik .

Incliné la barbilla.

—Cantamareas. ¿Ya has terminado de hablar?

—¿Estás… te hicieron daño?

—No.

—La lengua te sabe a mentiras, anguila —intervino Sewell. Rodeó a Portatormentas junto al mástil y acortó la distancia entre nosotros para examinar los nuevos arañazos y cortes en mis labios y cejas—. ¿El mordisco de un lobo?

—Unos cuantos mordiscos menores —respondí, y extendí un brazo hacia los nuevos miembros de la realeza a bordo—. Pero creo que estamos llegando a una tregua… tentativa.

Sewell dejó escapar un leve gruñido.

—Más zorros astutos.

—¿Elfos de la tierra? —preguntó Celine , mordiéndose el labio inferior.

—Elfos reales de la tierra —repliqué, dándome la vuelta.

—¿Confías en ellos, Alek? —susurró Mira a la vez que se aferraba al brazo del príncipe.

—Les confío mi vida, Mir.

Qué visión más extraña: marineros del Eterno marchando junto a la realeza de los elfos de la tierra. Aparté ese pensamiento y me aferré a la paz tibia que habíamos logrado. Livia la necesitaría.

—Preparaos para la inmersión —grité—. Llevadnos al viento.

Sin la menor vacilación, el barco estalló en movimiento. Los hombres lanzaron una cadena de órdenes por la cubierta. Las velas restallaron y cayeron hasta quedar extendidas. Amarraron los cabos y sellaron las escotillas.

Celine , al fin, permitió que nos reuniéramos en el timón. Cerré la mano alrededor de la madera y sentí el temblor de poder que corría a través del vínculo con mi navío.

—Agarraos bien —advertí—. Esta parte no os va a gustar.

Con un leve gesto, una ráfaga de viento azotó las velas y las hizo hincharse como grandes nubes manchadas de sangre.

El mar lamió el casco como si cada corriente fuese un carrete dispuesto a arrastrarnos hacia las profundidades. Inspiré una larga bocanada de sal, brea y hogar, y luego miré hacia la cubierta principal.

—¡Izad el estandarte! —ordené.

Mis hombres se dispersaron para obedecer; algunos soltaron gruñidos mientras tiraban de los cabos, hasta que el estandarte —dos hojas cruzadas tras un cráneo de serpiente— terminó por desplegarse y restalló en el viento creciente.

—¡Listos para nadar, muchachos! —vociferó un hombre encorvado con agujeros en las puntas de las orejas tras demasiadas peleas contra dientes mellados.

La tripulación respondió con un clamor ronco de aprobación, y cada uno corrió a ocupar su puesto sobre la cubierta.

Apreté el timón mientras un estremecimiento violento recorría la nave de proa a popa como una ola del mar.

«Ya vamos, mi alondra».

El mar, en oleadas brutales de agua y espuma, castigó el casco y hundió la proa. Con cada palmo de cubierta que se tragaba la marea, llegaban las voces espectrales de la tripulación:

«No es un hombre; trabajo y podredumbre.

Hasta que todo acaba no dormimos.

La tumba de un marino, nuestro único deseo…

El mar helado me tragó por completo cuando entonaron el verso final:

«Oh, la tripulación del rey eterno».

El agua estalló en un torrente espumoso cuando las fauces de la serpiente marina del bauprés partieron la superficie en dos.

Un sol pálido se filtró sobre la oscura madera de la cubierta, bañando la nave en una luz tibia cuando esta se alzó hacia el cielo en largas, tensas sacudidas.

Un latido después, la quilla se estrelló de nuevo contra la superficie, haciendo que el barco se bamboleara en violentas sacudidas antes de estabilizarse.

Inspiré hondo por la nariz. El Eterno.

Las olas zarandeaban la nave de un lado a otro, las velas restallaban, y la tripulación abajo gritaba órdenes para ajustar los cabos y asegurar cajas y barriles.

Desde detrás del timón llegaban arcadas profundas: alguien vomitaba por la borda, y los peces plateados de fauces chasqueantes se arremolinaban debajo.

Tait terminó de lamer el borde de su cigarrillo de papel.

—Has aguantado bien, príncipe.

Como respuesta, Sander volvió a vomitar. Jonas le dio unas palmadas en la espalda a modo de apoyo, aunque él mismo tenía el rostro un poco amoratado.

Los príncipes gemelos no eran los únicos elfos de tierra incómodos.

En la cubierta principal, Sewell seguía gritándoles a Aleksi y Mira:

—¡Al mar con eso!

Y Celine lo traducía con ferocidad:

—Si vomitáis en la cubierta, la fregáis vosotros, inútiles.

Habíamos viajado bajo las mareas hasta el límite de lo que los príncipes podían aguantar. Estábamos lo bastante cerca de mi destino: a través de la bruma del horizonte distinguía los acantilados gigantes con las cataratas interminables de la Casa de los Huesos.

—Cantamareas, envía un mensaje al señor Rompehuesos. Dile que el rey exige una reunión.

Los ojos de Celine se abrieron de par en par, pero inclinó la cabeza. No sabía si Gavyn permanecía en sus tierras o si seguía perdido en el Eterno, buscando a Livia . Era el único en el reino que conocía nuestra situación.

Necesitaba algo: una dirección, un plan, una esperanza.

La tripulación del Eterno entendía que nos habían traicionado. Sabía que se habían llevado a mi reina, pero no sabía nada de la participación de Gavyn . Para ellos, aquello sería una reunión privada entre un señor de casa y su rey, nada más que nueva cerveza, nuevas mujeres, un nuevo respiro.

Con los ojos cerrados, intenté calmar la mente, intenté alcanzarla, desesperado por oír el tono apacible de su voz. Nunca llegó.

—¿Vamos… vamos a sumergirnos otra vez? —preguntó Sander , algo jadeante.

—No. Vamos allí. —Señalé hacia los acantilados—. Id acostumbrándoos al mar mientras tanto. Apenas podéis manteneros en pie.

Sander me fulminó con la mirada, pero una sonrisa asomó en la comisura de su boca cuando Tait le dio un empujón en el brazo y le tendió un pedazo de bizcocho duro.

—Come. Ayuda.

Sander tomó el dulce y lo partió en dos.

—¿Y tú qué sabrás, elfo del mar?

Tait se encogió de hombros.

—Es lo que me dijo nuestra reina una vez.

La mención de Livia fue un mordisco brutal en el pecho. Cuanto más tiempo pasábamos separados, más se convertía su nombre en una hoja que se retorcía, hundiéndose más y más en mí.

—Cantasangre, tengo preguntas —dijo Jonas , colocándose junto al timón—. ¿Por qué, me pregunto, no estoy completamente empapado, cuando hace un instante el mar parecía querer abrirse paso hasta mi cerebro?

—No nos serviría de mucho andar siempre mojados —respondí—. Hay hechizos entrelazados en cada veta de la madera, en cada hilo de las velas y en cada hueso de este barco, para cuando salimos a la superficie y volvemos a sumergirnos una y otra vez.

Jonas examinó su túnica húmeda, un tanto desconcertado.

— Sander , sin duda, te dirá que eso es fascinante y querrá estudiarlo, pero yo no voy a darte ese gusto. A mí me parece solo medianamente interesante.

Aquel hombre me había derrotado y, sin duda, habría disfrutado matándome, pero en ese momento entendí por qué Livia apreciaba su compañía. Era… tolerable.

—¿De verdad es tu reina? —preguntó Jonas , con la voz más baja que antes.

La ligereza se borró de su rostro, sustituida por un ceño inquieto—.

¿Tomasteis votos? Que sepas que todas las reinas de casa estarán bastante contrariadas si lo hicisteis.

Sobre todo mi madre, que ni siquiera tiene hijas a las que preparar para una ceremonia de votos.