La Reina Caída Capítulo 26
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Capítulo 26

La reconstrucción de Ashcaida empezó antes de que sanaran del todo las heridas de la batalla, en parte porque Leonor —ahora la reina Leonor de Ashvara, un título que aún se sentía extraño en su propia boca— se negó rotundamente a esperar.

Había demasiado que reparar: el reino, la confianza de un pueblo que había vivido cinco años bajo un gobernante maldito, y algo más frágil y personal que todavía pendía sin resolver entre ella y Diego.

Hablaron por primera vez, de verdad, tres días después de la batalla, sentados en la misma biblioteca donde habían descubierto juntos el secreto de la maldición.

—No te voy a mentir —dijo Diego, la marca ausente de su brazo un recordatorio constante de todo lo que había cambiado—. Todavía me duele cómo me enteré de quién eras. Va a llevarme tiempo confiar del todo otra vez.

—Lo entiendo. —Leonor entrelazó los dedos, nerviosa de una forma que cinco años de entrenamiento nunca le habían enseñado a disimular del todo—. No espero que todo se arregle en tres días. Solo espero que me dejes intentarlo. Todos los días que hagan falta.

Diego la miró largamente, algo suavizándose detrás de sus ojos grises.

—La Tercera Unidad necesita un comandante permanente en la frontera norte. Y este reino, aparentemente, necesita una reina que todavía está aprendiendo a serlo. —Una sonrisa breve, la primera genuina desde la revelación—. Tal vez podamos aprender juntos. Si me dejas quedarme.

—Siempre vas a poder quedarte —dijo ella, la voz quebrándose de alivio—. Eso nunca fue una mentira, Diego. Ni una sola vez.

Se acercaron lentamente, dejándose el espacio necesario para que la confianza volviera a construirse a su propio ritmo, hasta que sus frentes se tocaron en un gesto más íntimo que cualquier beso apresurado.

—Vamos a tener que reconstruir mucho más que un palacio —susurró él.

—Lo sé. —Leonor cerró los ojos, permitiéndose, por primera vez en cinco años, la esperanza pura de un futuro que no tenía que ganarse a través de la venganza—. Pero por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo de intentarlo.

• • •

A cientos de kilómetros de ahí, en las sombras de una corte que la Corte Gris jamás había controlado del todo, otra mujer observaba un espejo negro donde aún podía ver el reflejo distante del salón del trono de Ashvara.

Duarte había caído. La maldición de Ashvara se había roto.

Pero el mundo era mucho más grande que un solo reino, y la Corte Gris había esperado dos siglos por una razón: tenían más de un plan en marcha.

La mujer sonrió, y en algún lugar de una corte lejana, gobernada por un príncipe con una maldición propia y un secreto propio, alguien empezó a mover las piezas de una historia completamente nueva.