15. La reina
Cuando Aylis cruzó las puertas de la capital, nadie se atrevió a llamarla extranjera.
La ciudad se extendía bajo un cielo gris de finales de otoño, con las torres del palacio asomando entre la bruma como huesos antiguos.
Las calles estaban casi vacías. Los comerciantes habían cerrado sus puestos, las ventanas permanecían selladas con tablones y el silencio pesaba más que cualquier muralla.
Solo algunos rostros aparecían entre las cortinas, observando el avance de la columna con una mezcla de temor y esperanza que Aylis conocía bien.
Era la misma expresión que había visto en los pasillos del harén cada vez que el equilibrio del poder cambiaba de manos.
Rashan cabalgaba a su izquierda. Llevaba horas insistiendo.
—Si les damos tiempo para reorganizarse dentro del palacio, cada hora que pase costará vidas. Un asalto limpio terminaría con esto antes del anochecer.
Aylis no apartó la mirada de las puertas principales.
—No voy a gobernar una capital que recuerde mi llegada como un baño de sangre.
Ordenó establecer un cerco completo. Los caminos quedaron cortados, los suministros militares interrumpidos, las salidas bloqueadas por jinetes de Gael y arqueros de la Casa Zaydan.
Pero también hizo circular un mensaje entre los defensores: todo soldado que depusiera las armas conservaría su libertad y su rango.
Ninguna familia sería castigada por haber obedecido las órdenes de un rey legítimo.
—Obedecieron a un rey que dejó de serlo —murmuró Rashan.
—Eso lo decidirá el Consejo, no nuestras espadas.
Gael se adelantó con un pequeño grupo hacia la puerta principal, donde conocía por nombre a varios oficiales de la guardia que habían servido bajo las órdenes de Alaric.
Las conversaciones duraron hasta bien entrada la tarde.
Aylis esperó sin moverse de su posición, con Laleh a su lado y el estandarte de la coalición ondeando sobre su cabeza.
El frío le entumecía las manos, pero no se las frotó ni buscó refugio.
Sabía que cientos de ojos la observaban desde los muros.
Al caer la noche, las puertas se abrieron.
No hubo trompetas. No hubo gritos de victoria.
Los soldados de la guarnición salieron en filas ordenadas, depositaron sus armas en el suelo y se retiraron hacia los barracones bajo la escolta de los hombres de Gael.
Algunos miraban al suelo. Otros buscaban el rostro de Aylis con curiosidad, como si intentaran reconciliar los rumores que habían escuchado durante meses con la mujer real que tenían delante.
Laleh acercó su caballo al de Aylis.
—Respiran como si acabaran de despertar de algo.
—Llevan cinco años dormidos —respondió Aylis—. Todos lo estuvimos, de una forma u otra.
Dentro del palacio, la situación era distinta.
Los corredores olían a cera quemada y a miedo.
Los sirvientes se movían pegados a las paredes, algunos llorando en silencio, otros con la rigidez mecánica de quienes han aprendido a volverse invisibles.
Aylis reconoció esa forma de caminar. La había visto en el harén durante años.
Gael la esperaba junto a la entrada del ala real.
—Beltrán intentó huir por los pasadizos del sótano. Mis hombres lo interceptaron con dos cofres llenos de documentos y oro suficiente para comprar una provincia.
—¿Y Leandro?
—En el salón del trono. Solo. No ha permitido que nadie entre.
Aylis desmontó. Se ajustó la espada al costado, no porque esperara combatir, sino porque necesitaba sentir su peso. Laleh hizo ademán de seguirla, pero Aylis la detuvo con un gesto.
—Espera aquí.
—Aylis...
—Necesito hacer esto sin testigos. Después entrarán todos.
Caminó por el corredor que conducía al salón.
Conocía cada piedra. De niña había recorrido aquel pasillo corriendo detrás de Leandro, cuando ambos todavía eran capaces de reírse juntos.
Las antorchas proyectaban sombras alargadas sobre los tapices que representaban las victorias de Alaric.
Alguien había arrancado uno de ellos. El muro desnudo mostraba la marca rectangular donde había estado colgado durante décadas.
Empujó las puertas.
Leandro estaba sentado en el trono, pero no como un rey.
Tenía los hombros hundidos, las manos caídas sobre los reposabrazos y la corona ligeramente torcida sobre la frente.
Parecía un niño disfrazado con la ropa de su padre.
A su alrededor, el salón estaba vacío. Los consejeros habían huido, los guardias habían desertado y las mesas del Consejo permanecían cubiertas de documentos que nadie había recogido.
—Viniste tú misma —dijo Leandro sin levantarse—. Pensé que enviarías a tu general.
—No es mi general. Es un aliado.
—¿Hay diferencia?
—Toda la diferencia del mundo.
Aylis se detuvo a varios pasos del trono. No subió los escalones. No quería mirarlo desde arriba. Todavía no.
—Beltrán ha sido detenido —dijo.
Leandro soltó una risa breve, amarga, desprovista de humor.
—Por supuesto. Siempre fue más rápido que yo para todo. Incluso para huir. —Levantó la mirada—. ¿Vas a ejecutarme?
—No.
—¿Por qué? Yo habría firmado tu sentencia.
—Lo sé. Pero yo no soy tú, Leandro. Nunca lo fui. Esa fue siempre la diferencia que te negaste a aceptar.
El silencio que siguió fue largo y denso, cargado de todo lo que ambos habían callado durante años. Leandro se quitó la corona y la sostuvo entre las manos, girándola lentamente, como si la viera por primera vez.
—Padre me la dio porque la ley lo exigía. No porque creyera que yo la merecía. Siempre lo supe. Cada vez que me miraba, veía la decepción. No por lo que yo era, sino por lo que tú no podías ser según sus propias reglas.
—Padre cometió errores —dijo Aylis—. No cambió la ley cuando pudo hacerlo. Te dejó una corona que pesaba demasiado y a mí me dejó la preparación para llevarla sin el derecho de tocarla. Nos falló a los dos.
Leandro bajó los ojos.
—Beltrán me dijo que eras el enemigo. Que conspirabas con Kaveh, que querías entregar Iberia a los Zaydan. Y yo le creí porque era más fácil que admitir que simplemente eras mejor que yo.
—No se trata de quién es mejor, Leandro. Se trata de quién protege lo que juró proteger.
Él dejó la corona sobre el reposabrazos del trono con un gesto lento, casi ceremonial.
—¿Qué será de mí?
—Vivirás lejos de la capital, vigilado pero con dignidad. No iniciaré mi reinado con la sangre de mi hermano.
Leandro asintió. Se puso de pie con esfuerzo, como si el cuerpo le pesara más de lo que podía soportar, y bajó los escalones del trono.
Al pasar junto a Aylis se detuvo un instante.
Pareció que iba a decir algo más, pero las palabras no llegaron.
Siguió caminando hacia la puerta, donde Gael lo esperaba con una escolta.
Aylis quedó sola en el salón.
Subió los escalones despacio. Tocó el respaldo del trono con la punta de los dedos. La madera estaba gastada en los bordes, pulida por generaciones de manos que habían sostenido el peso de un reino. Recogió la corona que Leandro había dejado y la observó bajo la luz de las antorchas.
Recordó otra corona, abandonada sobre una mesa en un palacio persa, la noche en que decidió dejar de ser la esposa de un rey.
Aquella corona había sido un regalo. Esta era una respuesta.
Cuando las puertas se abrieron de nuevo, entraron Gael, Rashan, Laleh y Esteban de Valcázar, seguidos por los miembros del Consejo que habían sobrevivido a los cinco años de Leandro.
Esteban llevaba el acta de reconocimiento redactada durante la marcha, con los sellos de las regiones que respaldaban la reclamación.
El portavoz del Consejo leyó los cargos contra Leandro, la declaración de incumplimiento y las razones legales y políticas para reconocer a Aylis como soberana legítima de Iberia.
Su voz era firme, pero Aylis percibió el temblor en sus manos.
Esteban no estaba simplemente coronando a una reina.
Estaba rompiendo una tradición que había definido su propia comprensión del orden.
Aylis juró proteger el reino, respetar las instituciones y someter su autoridad al escrutinio del Consejo.
Esteban colocó la corona sobre su cabeza.
El metal estaba frío. Pesaba exactamente lo que debía pesar.
Laleh la observaba desde el fondo del salón con los ojos brillantes. No aplaudió. No inclinó la cabeza. Simplemente sonrió, con esa sonrisa discreta que reservaba para los momentos en que Aylis hacía exactamente lo que ambas sabían que haría desde el principio.
Aylis ocupó el trono de Alaric. No como sustituta de un hombre. No como viuda de un rey ni como hermana de otro. Se sentó como quien ha caminado durante décadas hacia un lugar que siempre le perteneció y que el mundo tardó demasiado en reconocer.
Fuera, la niebla comenzaba a disiparse sobre las torres de la capital.
Las puertas del salón permanecieron abiertas.