La regla Kennedy DIECISIETE #2
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DIECISIETE #2

Claro que esta es solo la reacción del equipo.

El mundo del deporte en general, como he visto en lo que le está pasando a Gavin, no será ni de lejos tan indiferente.

Si mi padre se sale con la suya, utilizará esto para expulsar a Gavin de la liga y luego hará todo lo que esté en su mano para obligarme a volver al armario.

Y apenas he asomado la cabeza fuera de él.

Solo los que están en esta sala lo saben, pero mi padre se asegurará de que esta parte de mí no vea la luz mientras yo siga jugando al hockey .

Tal y como es nuestra relación, puede que intente impedírmelo hasta el día en que me retire. No permitirá que tener un hijo gay manche su reputación con su mera existencia.

Pero ahora mismo no quiero pensar en eso. Ahora que el ambiente se ha relajado, resulta agradable volver a estar bajo la órbita de Gavin. Me aprieta el hombro y siento que por fin puedo respirar.

—Debería haber sabido que era él —dice el padre de Gavin, sonriendo.

—¿Por qué? —pregunto, intrigado. ¿Qué hay en mí para que diga algo así?

Garrett se inclina hacia mí.

—A Gavin le gusta un tipo muy concreto —dice en tono conspirador.

—No es verdad —protesta Gavin, dándole a su padre un puñetazo juguetón en el hombro.

Esto es nuevo para mí. Pero supongo que nunca hemos hablado de nuestras exparejas. No es que yo tenga ninguna, aparte del tío que me chantajeó, claro.

—Sí que lo es —insiste Garrett.

—Papá, nunca he salido con nadie, y mucho menos te he presentado a alguien con quien haya pasado una noche —dice Gavin.

—No hace falta —replica Garrett—. Eres mi hijo. Te conozco.

—Eso sigue sin explicar por qué él es mi tipo.

Intrigado, miro de uno a otro como si estuviera viendo un partido y yo fuera el disco, rebotando de un lado a otro.

—Eres un ejecutor —dice Garrett—. Te gusta proteger a la gente. Era solo cuestión de tiempo que alguno de tus compañeros despertara ese lado tuyo hasta el punto de que ya no pudieras ignorarlo. —Clava la mirada en Gavin y da un sorbo a su zarzaparrilla.

Me sonrojo al oír eso.

—No sé si debería sentirme ofendido —admito.

—Claro que no —dice Garrett—. Eres exactamente lo que siempre he querido para mi hijo. Alguien capaz de ver el corazón enorme que tiene.

—Papá, ¿qué cojones está pasando? —dice Gavin con una emoción en la voz que nunca le había oído.

Me acerca más a él y me besa el pelo. Podría derretirme allí mismo.

—Solo digo que os apoyo a los dos. Hacéis buena pareja. —Entonces fija en mí toda su atención—. Eso sí, tengo que advertirte de una cosa, Connor. Gavin no es el único Marshal con instinto protector. Si veo a tu padre, puede que le dé un puñetazo.

—Tomo nota —respondo.

Y entonces, por supuesto, mi padre elige justo ese momento para entrar por la puerta con mi madre colgada del brazo.

Gavin

Joder. ¿Por qué está aquí?

Supongo que no debería sorprenderme. El tío se pasea por todas partes como si fuera el dueño del lugar, y eso incluye los palcos privados de los Juegos Olímpicos reservados para los equipos que quieran celebrar algo.

¿Acaso no tiene ya su propio palco donde pasar el rato con otros gilipollas ricos y privilegiados?

A mi lado, los labios de mi padre se curvan por las comisuras mientras entrecierra los ojos.

—Hablando del rey de Roma. Ahí está ese gilipollas.

Miro a Connor. Se ha quedado pálido. Sale de debajo de mi brazo y se acerca a sus padres. Su padre tiene la cara roja. Su madre, en cambio, parece completamente ajena a lo que ocurre a su alrededor y a la batalla que se está librando entre su marido y su hijo.

—¡Cariño! —Su madre lo besa en ambas mejillas—. Me he perdido el partido. ¿Has ganado?

Connor se mete las manos en los bolsillos.

—Sí, hemos ganado. Ha sido una victoria aplastante.

—¡Qué bien, cariño! Voy a por una copa para celebrarlo —dice ella, y se aleja tambaleándose hacia la barra.

—¿Esto es lo que significa la expresión «desastre total»? —murmura mi padre.

Si no fuera tan triste, me haría gracia.

La situación está empeorando a pasos agigantados.

La madre de Connor parece ser la única persona de la sala que no se da cuenta.

Hay que reconocerles una cosa a mis compañeros: todos intentan actuar con naturalidad, pero veo cómo de vez en cuando sus miradas vuelan hacia Connor y su padre.

El ambiente se ha vuelto a tensar. La alegría que estábamos disfrutando hace apenas unos minutos ha desaparecido por completo.

—¿Es esta mi oportunidad para darle un puñetazo al padre de tu novio? —pregunta mi padre.

—Quizá —respondo—. Pero solo si yo no lo hago antes.

Él me apoya una mano en el hombro.

—Déjame esto a mí, hijo. Tengo mucho menos que perder.

Le dedico una sonrisa ladeada.

—No estés tan seguro de eso. Esto no es Alaska. No sé nada sobre cómo sacar a alguien de una cárcel europea.

—Es Italia. Lo más probable es que me sirvan un plato de pasta y luego me ofrezcan trabajo.

Los dos nos echamos a reír y, claro, eso llama la atención.

Connor padre se acerca. Lleva los hombros echados hacia atrás con orgullo, pero tiene las fosas nasales dilatadas y la mandíbula tensa. Entonces, en un gesto sorprendente, le tiende la mano a mi padre.

—¿Quién eres?

Mi padre se la estrecha. La retiene un segundo más de lo debido, y veo tensarse los tendones de su mano mientras aprieta más fuerte de lo que sería educado.

—Nos conocemos.

Connor padre retira la mano al instante.

—¿Ah, sí? No recuerdo haberte visto antes.

¡Dios! Menudo gilipollas condescendiente. Sinceramente, me cuesta creer que este hombre sea el padre de Connor, de mi Connor. No podrían parecerse menos.

—Entiendo que no me recuerdes. Solo hablamos un poco por teléfono. Pero me causaste una gran impresión.

—Suelo causar ese efecto —dice con suficiencia mientras se palpa los bolsillos—. ¿Querías un autógrafo o algo así?

—No —responde mi padre con voz seca.

Luego ladea la boca y entrecierra los ojos mientras lo mira.

—¿Qué fue exactamente lo que me dijiste que no he podido olvidar? —Su expresión se relaja en una despreocupada sonrisa—. Ah, sí. Ya me acuerdo. Me preguntaste quién coño me creía que era para enviar a mi hijo, ese mocoso de Alaska, a tu campamento de hockey juvenil.

—No lo recuerdo. —Connor padre mira al mío como si se estuviera aburriendo.

Me hierve la sangre, pero mi padre conserva la calma.

Da un paso al frente y aprovecha su mayor envergadura para imponerle su presencia.

—Qué curioso —dice—. Yo sí recuerdo haberte dicho que te fueras a la mierda cuando amenazaste con enviarlo de vuelta a casa y arruinar sus posibilidades de jugar al hockey juvenil. Y eso es exactamente lo que voy a decirte ahora mismo, pedazo de mierda elitista.

Mi Connor me mira con pánico. Tiene los ojos muy abiertos y vuelve a morderse el labio inferior.

Si esto solo me afectara a mí, dejaría que siguiera su curso.

Incluso intervendría para ayudar a mi padre a darle a este hombre la paliza que tanto se merece.

Pero eso solo empeoraría las cosas. Aunque Connor padre ya quisiera hacerme daño cuando yo era un crío en el campamento de Ann Arbor y arruinar mis posibilidades de llegar a la liga juvenil, su objetivo aquí y ahora es controlar a Connor.

Hacerme la vida imposible es solo un beneficio añadido.

Llamar a seguridad y conseguir que arresten a mi padre sería la guinda del pastel.

Le pongo una mano en el hombro a mi padre.

—No pierdas el tiempo con él —le digo—. Vamos a ver el partido. Mi compañero de los Blizzards, Tavish, juega con Canadá.

—¡Sí! —exclama Bouchard, interponiéndose entre los dos hombres que están librando una batalla de voluntades.

Connor padre aprovecha la ocasión para lanzarle una última mirada envenenada a mi padre antes de apartarse y volver junto a su hijo, reanudando con él la conversación. Bouchard nos empuja suavemente a los dos hacia un lado.

—Vamos a ver si Tavish ha aprendido algún truco nuevo.

Miro a Connor mientras caminamos hacia la puerta que lleva a nuestros asientos en el palco. Tiene la mirada fija en el suelo mientras escucha lo que sea que su padre le está diciendo en voz baja. Parece abatido.

Ojalá pudiera agarrarlo y sacarlo de allí.

En lugar de eso, articulo en silencio:

—Ven con nosotros.

Pero no creo que vaya a hacerlo .