Epílogo
Un mes después
Azucena apenas y podía creer que sus hijas por fin estuvieran entre sus brazos, todas llorando de felicidad al saberla de regreso y en perfecto estado, y no pudo evitar que las lágrimas bajaran por sus mejillas sin control alguno.
Todas se veían llenas de vitalidad, con las mejillas sonrosadas y los vestidos más lindos que hubiera visto jamás.
Era como si… negó con la cabeza, lo mejor sería dejar el pasado atrás.
—Me alegra tanto que estés de regreso, madre —sollozó Audrey, su hija mayor, y Azucena besó su coronilla con ternura—. Nuestra tía fue muy buena con nosotras, pero incluso así ansiaba verte de nuevo.
Azucena se limpió las lágrimas del rostro y rompió el abrazo para incorporarse y dirigirse hacia los marqueses de Sutherland, quienes cuidaron de sus hijas con mucha paciencia y amor.
Como era de esperarse, Ashley tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Muchas gracias por todo —la voz le tembló y contuvo el aliento cuando su hermana la abrazó con fuerza, indicándole que no había nada que agradecer.
—Es bueno saberte de regreso, Azucena —musitó Ashley, contenta, y luego miró a Max—. Sabía que lo lograrían, yo siempre confié en ustedes —admitió y Max abrazó a su amiga sin duda alguna, dado que fueron criados por el mismo hombre.
—Muchas gracias por cuidar de mis hijas, Ashley —espetó Max, haciendo que las cuatro niñas lo miraran con cierto asombro y timidez, y él se acuclilló sobre su lugar para mirarlas a todas a los ojos—. Les doy mi palabra de que, a partir de ahora, todo estará bien.
La primera en abrazarlo fue Harper, quien parecía encantada ante la idea de tener un padre en su vida, y poco a poco las niñas se acercaron y rodearon a Max en sus pequeños brazos.
Azucena no supo qué pensar al ver como los ojos de Max se cristalizaban, pero apartó la mirada para no incomodarlo. Después de todo, él siempre trataba de mostrarse fuerte y sereno.
—¿Y tú…? —la pregunta de Ashley hizo que se centrara en Percival, quien miraba la escena de su padre y hermanas con cariño, pero se mantenía al margen de todo.
—Es Percival —Su hijo se ruborizó cuando su hermana lo envolvió en un fuerte abrazo.
—Me alegra tanto que estés bien —acunó su rostro, llena de alegría—. Eres idéntico a tu padre —fue la voz del marqués la que la instó a retroceder un poco.
—No lo presiones, cariño, aún somos extraños para él —musitó Sutherland, y Ashley asintió, pero no se alejó de Percival.
—Si algún día necesitas algo, cualquier cosa, no dudes en buscarnos, Percival —acunó sus manos y su hijo la miró con preocupación.
Azucena asintió.
—Es mi media hermana —se vio obligada a explicar, pero Ashley carraspeó.
—¿Por qué tantos detalles? Hermana es más que suficiente —le guiñó el ojo y Azucena se rio—. Además, tu padre y yo fuimos criados juntos, así que las puertas de mi casa siempre estarán abiertas para ti.
—Muchas gracias, milady —espetó Percival, reparando en el marqués—. Y a usted también, milord, gracias por cuidar de mis hermanas.
Sutherland hizo una inclinación de cabeza, mostrándole sus respetos a Percival, y Azucena se dio cuenta que la envidia y el odio que sintió hacia Ashley fue una pérdida de tiempo.
Ella era demasiado buena y generosa, se parecía mucho a su madre.
El pensamiento hizo que su corazón comenzara a bombardear sin contemplación alguna y después del almuerzo, se vio obligada a rechazar la oferta de su hermana, quien quería que pasaran la noche en su casa para descansar un poco.
—De verdad lo siento, Ashley —acunó sus manos con suavidad—. Pero realmente necesito partir, yo… —recordó que su madre nunca quiso tener una relación con ella y se quedó sin palabras.
Sin embargo, la rubia lo comprendió y le sonrió con ternura.
—Lo entiendo, quieres ver a tus padres.
Asintió, apenada.
—Está bien, pero por favor, no olvides que ahora somos familia, ¿sí?
—Muchas gracias —le dio un último abrazo de despedida—. Y perdóname por todo —espetó una vez que estuvo dentro del carruaje, mirando al marqués de reojo.
Ashley sonrió con suficiencia.
—No hay nada que perdonar. —Le quitó aquella culpa que cargó consigo por años y el carruaje se dirigió a la estación de tren.
—¿Cómo te sientes?
Max entrelazó sus manos y ella observó a sus hijos con emoción contenida. Sus hijas ya no miraban el exterior con temor y desconfianza, ahora ellas apreciaban el paisaje y le hacían todo tipo de preguntas a Percival, quien claramente se sentía algo presionado por la situación.
—Más feliz que nunca —reconoció, clavando la vista en la ventana.
Llegaron a Essex un día después y Azucena no pudo controlar el temblor que se suscitó en sus rodillas al encontrarse frente a la posada de sus padres. Su hogar seguía tal y como lo recordaba, por lo que empezó a caminar hacia la propiedad con pasos temblorosos.
Iba a llamar a la puerta, hasta que una voz a su espalda la instó a parar en seco.
—¿Puedo ayudarla en algo? —Las lágrimas bajaron por sus mejillas y muy lentamente giró sobre su eje, sollozando con emoción contenida al ver a sus padres ahí, tomados de la mano.
—¡Eleonor! —dijeron ambos al unísono y ella no esperó un segundo más, corrió hacia sus padres para rodearlos en sus brazos, percatándose de lo mucho que extrañó su calor.
Así, rodeada por Evan y Grace, era fácil sentirse una niña pequeña.
—Los extrañé tanto —confesó entre llanto, y ellos sollozaron en respuesta.
—¿Cómo es posible? —su padre acunó su rostro—. Nos dijeron que moriste. —Él apenas y podía regularizar su respiración y por esa razón negó con la cabeza.
—Perdónenme por todo, por favor —soltó con angustia—. Yo… fui una pésima hija. —Miró a su madre—. Nunca pude entenderte y ahora sé que nunca me amaste menos que Ashley.
Su madre la abrazó con fuerza, dejando un sonoro beso en su sien, y negó con la cabeza.
—No hay nada que perdonar, mi amor, no sabes lo feliz que acabas de hacerme con tu regreso.
En ese momento, Azucena observó a Max y sus hijos tras la verja, ellos no estaban seguros si sería un buen momento para hacer notar su presencia, pero ella solo sonrió e hizo que sus padres siguieran la dirección de su mirada.
—Oh, cariño —gimió su madre con emoción contenida y ella asintió.
—Sé que tardé mucho en encontrar el camino de regreso, pero siempre supe que llegaría el día en que mis hijos podrían conocer a sus abuelos.
A partir de ese momento, Azucena pudo asimilar su nueva realidad: por fin era libre.
Y, como era de esperarse, su boda con Max se efectuó semanas más tarde, en el jardín de sus padres, y no pudieron volver a Gloucester con demasiada prontitud.
Sin embargo, nada de eso le importó, porque en Essex amaba ser la niña de sus padres, quienes al parecer esperaron muchos años por ese milagro.
Porque sí, para ellos era un milagro que ella hubiera regresado a casa después de haberla creído muerta.
—¿Eres feliz? —preguntó su esposo, acariciando sus bucles dorados con delicadeza, y ella asintió.
—Más de lo que alguna vez me imaginé.
—Si tú quieres, podemos quedarnos en Essex.
Azucena analizó su oferta, para después reírse por lo bajo.
—¿Te urge volver a Gloucester?
Él negó con la cabeza.
—Entonces no hay razón para pensar en eso ahora.
No pensaba irse justo ahora que sus hijos empezaron a recibir el cariño más puro y sincero de sus abuelos. Por fin pudo darles aquello que siempre quiso: una familia de verdad.
***
Tres años después
La bienvenida de la nueva integrante de la familia no era algo que pudiera tomarse a la ligera. El pueblo era un rebosar de alegría y actividades, cada día llegaban nuevas visitas y Azucena no podía dejar de sonreír mientras Maggie y Gardenia se fundían en un fuerte abrazo.
—¿Por qué tardaron tanto en visitarnos? —inquirió Gardenia, con un mohín en los labios, y la duquesa de Marlborough se rio por lo bajo.
—Primero, porque ahora me encargo de crear armas para la corona —musitó en tono confidencial y Gardenia abrió los ojos con sorpresa, totalmente orgullosa por el nuevo empleo de su hermana—.
Y segundo, porque nos rehusamos a hacer un viaje tan largo durante mi embarazo —se vio obligada a aclarar y Azucena observó al duque con su nuevo bebé en brazos, mientras vigilaba a los mellizos, quienes jugaban alegremente con los hijos de Salazar y Amy.
—No exageres, Lucifer, están con sus niñeras —siseó, levemente irritada, y el castaño la miró de reojo.
Definitivamente, ellos sí se veían como dos duques.
—Lo siento mucho, pero no confío mucho en las niñeras de Gloucester —se mofó, avanzando hacia ellos después de entregar al pequeño William a su niñera, y Gardenia se rio por lo alto.
—¿Por qué? Si todos tienen el mismo entrenamiento que nos diste —respondió la morena y Azucena asintió, entretenida.
Después de la caída de Steve, su gente decidió que nunca más volverían a ser los débiles de la historia, por lo que no sólo levantaron el pueblo y su economía, sino que ahora todos tenían un entrenamiento digno de cualquier guerrero.
—Yo diría que es uno mucho mejor —acotó Max a su espalda, rodeando su cintura, y ella se apoyó en su pecho—. Percival y Azucena se encargaron que termine en las oficinas de la naviera en vez de en los campos de entrenamiento.
—Seamos sinceros, Thomas y tú son mejores con los números —se mofó Gardenia, abrazando a su esposo por la cintura, y el rubio les guiñó el ojo, mientras aferraba a la pequeña Molly contra su pecho.
—No diré nada porque no quiero que los invitados de mi pequeña se ofendan —bromeó él.
En ese momento, vio como Hugh y Regina ingresaban al jardín de la casa. La pareja acababa de llegar de Boston, dado que ahí era donde radicaban debido al club de Regina, y se veían más animados que nunca.
Sabía que en un principio ese matrimonio fue pura conveniencia, pero ahora… estaba segura de que su amigo era muy feliz con su mujer y, por suerte, su hijo pudo confirmárselo.
—La pequeña Molly pudo reunirnos a todos —comentó Max, con la vista fija en la puerta principal, y todos siguieron la dirección de su mirada.
—Aún faltan dos personas —añadió Thomas, resignado, y Azucena miró de reojo a las hermanas Gardener, ambas se veían nostálgicas.
—Es una celebración de una semana, Sheldon dijo que harían hasta lo imposible para llegar —se vio obligada a recordarles la última carta que recibieron y ellos forzaron una pequeña sonrisa.
—Tienes razón —musitó Gardenia y se volvieron hacia las mesas donde estaban todos sus invitados—. ¿Empezamos?
—¡¿Sin nosotros?! —En ese momento, todos se volvieron sobre su eje con los ojos muy abiertos, encontrándose a unos metros de distancia con la pareja que pensaban que aún no podrían ver por una larga temporada.
—¡Hortensia! —Maggie y Gardenia corrieron hacia su hermana y Azucena las siguió, en ese momento sus piernas se movieron por sí solas.
—¡Oh por Dios! —jadeó con emoción contenida al darse cuenta de algo que a la distancia no era tan notorio y Sheldon posó una mano en el abultado vientre de su esposa, obligando a Gardenia y a Maggie a parar en seco.
—Espero tengan un espacio para nosotros en Gloucester porque esta vez pensamos quedarnos —espetó el pelirrojo con orgullo y así como ellas abrazaron a Hortensia, Max y Thomas lo hicieron con Sheldon.
—Es bueno saberte de regreso —ahora fue Lucifer quien abrazó a Hortensia—. Por un momento pensé que mi hija más fuerte terminó huyendo.
Gardenia carraspeó y todos rieron por lo alto.
—Eso jamás —aclaró Hortensia, con seguridad, y luego centró la vista en Molly—. Ahora si me disculpan, me gustaría conocer a mis sobrinos.
Azucena abrazó a Max, viendo como el grupo completo se dirigía a las mesas, y agradeció que por fin su familia estuviera completa. A veces unos tenían que irse, pero ellos siempre encontraban la manera de reunirse de nuevo porque su amor era capaz de superar la distancia.