La Real Mentira Perfecta Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

El silencio que siguió fue largo, pesado.

Gabriel de la Vega miró el vaso casi vacío de Victoria y dijo: "No quiero que te hagas daño así.

No quiero verte beber de esa manera." Esa frase, en cualquier otro momento, podría haber sido un gesto de preocupación; pero en ese instante, sonó como un reproche, como un ataque disfrazado de cariño, y como una forma de desviar la conversación hacia los defectos de ella para evitar enfrentar los suyos.

Victoria lo entendió de inmediato. "No me digas cómo vivir mi vida", dijo con un hilo de voz que contenía una tormenta entera detrás.

"Especialmente tú. Especialmente ahora."

Gabriel de la Vega murmuró: "Una de las razones por las que me alejé fue porque no podía ver cómo te hacías esto."

Esa frase fue la sentencia final. Victoria lo miró con una mezcla de incredulidad y dolor desgarrador.

"¿Así que la culpa era mía? ¿Ahora resulta que mi consumo, mi dolor, mi lucha…

fue la excusa perfecta para justificar lo que hiciste con Elena?

" Gabriel de la Vega abrió los ojos sorprendidos, como si no se esperara que ella lo viera tan claro. Pero ella lo veía más claro que nunca.

"Si eso es lo que te dices para dormir tranquilo, está bien", continuó Victoria con una calma feroz. "Pero no tienes ningún derecho a usar mi vulnerabilidad como una coartada para tu traición."

Él intentó acercarse, pero ella retrocedió una vez más. "No me toques. No lo hagas." Él se quedó paralizado, con la mano extendida en el aire, sin atreverse a romper esa última frontera.

"Quería creer que aún quedaba algo bueno en ti", dijo ella finalmente. "Algo que valiera la pena rescatar. Pero esta noche me doy cuenta de que no eres quien pensé. Y eso… duele. Pero también me libera."

Gabriel de la Vega bajó la mirada. "No planeé nada de lo que pasó con Elena. Estaba confundido. Me sentía…"

Victoria lo interrumpió una vez más. "No te atrevas a decir que estabas solo. Porque nunca estuviste solo. Fuiste tú quien decidió alejarse. Tú escogiste a dónde correr. Y no corriste hacia mí."

Ella terminó lo que quedaba en su vaso, no porque quisiera beber más, sino porque necesitaba cortar la conversación.

Cuando dejó el vaso sobre la barra, lo hizo con un golpe seco que marcó el final de algo que nunca terminó de comenzar.

"No vuelvas a buscarme. No quiero que me expliques nada más.

No quiero escuchar tus razones. No quiero cargar con tus culpas. "

Gabriel de la Vega intentó acercarse otra vez, pero ella levantó la mano en un gesto definitivo. "Y no vuelvas a mencionar mi problema con el alcohol. No eres la persona que tiene el derecho de decirme nada. Especialmente tú, que fuiste parte del daño."

El rostro de Gabriel de la Vega se descompuso.

Por un instante, pareció un hombre pequeño, frágil, completamente perdido.

Pero Victoria ya no podía permitirse empatizar con él.

"Me duele", dijo con sinceridad. "No sabes cuánto.

Pero prefiero este dolor a seguir aceptando migajas de alguien que no sabe sostenerme. "

Gabriel de la Vega bajó la mirada, entendiendo que no había nada más que pudiera decir para cambiar lo que ya estaba decidido.

Victoria tomó su bolso lentamente, sintiendo el peso de la noche sobre los hombros.

Impulsó su silla hacia la puerta con movimientos firmes, aunque por dentro estaba temblando.

Cada metro que la alejaba de él era una victoria pequeña y amarga.

Cuando llegó a la puerta, se detuvo y respiró hondo.

"Cuídate", dijo sin volverse, porque todavía quedaba en ella un resabio de afecto, uno que no podía borrar de golpe.

"Pero cuídate lejos de mí." Y con eso, salió.

El aire de afuera estaba frío, más frío de lo normal, y cuando el viento la golpeó, sintió que la claridad regresaba como una bofetada.

Se detuvo a unos metros, apoyando las manos en las ruedas mientras su pecho temblaba bajo el peso de todo lo que acababa de ocurrir.

Una parte de ella quería colapsar. Otra quería gritar.

Otra quería volver a entrar y pedir otra bebida que la hiciera olvidar.

Pero una voz interna, más fuerte que las otras, le susurró que esta vez debía resistir.

Se quedó ahí un rato largo, respirando entrecortado, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban sin permiso.

No quería llorar por Gabriel de la Vega.

No quería llorar por Elena. No quería llorar por su propia debilidad.

Pero el cuerpo no entiende de dignidades; el cuerpo llora cuando algo rompe sus límites.

Y una lágrima cayó. Luego otra. Hasta que por fin dejó que la pena saliera sin tratar de contenerla.

Era un llanto silencioso, agotado, un llanto que llevaba meses esperando permiso para existir.

Cuando logró recomponerse, caminó despacio hacia un taxi, sintiendo que esa noche se había abierto una grieta nueva en su historia.

Pero, al mismo tiempo, sabía que también se había abierto una puerta: la puerta de ponerse primero, de no aceptar más migajas emocionales, de entender que los límites no eran castigos sino actos de amor hacia sí misma.

Al llegar a casa, Valeria estaba despierta, sentada en la sala con un libro abierto, pero sin leerlo realmente.

Cuando Victoria entró, no dijo nada. Valeria la miró y supo.

Siempre supo. Se levantó en silencio y la abrazó, un abrazo cálido, fuerte, sin preguntas.

Victoria se dejó sostener, sintiendo que ese abrazo era el verdadero lugar seguro que había estado buscando.

El alcohol todavía ardía en su sangre, pero en ese instante, lo único que sentía con claridad era el consuelo del afecto genuino.

"Estoy aquí", susurró Valeria, y esas dos palabras fueron más sanadoras que cualquier discurso.

Victoria apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos mientras el dolor se acomodaba en un lugar más manejable.

"No quiero hablar todavía", murmuró Victoria.

"No tienes que hacerlo", respondió Valeria.

Y así se quedaron, dos mujeres sostenidas por el amor que no traiciona, por la amistad que no se esconde, por la lealtad que no se negocia.

Esa noche, cuando finalmente se acostó, Victoria miró el techo con la mente agotada pero el espíritu un poco más firme.

Sabía que la herida tardaría en sanar. Sabía que Elena tendría que enfrentar su parte.

Sabía que Gabriel de la Vega ya no tenía espacio en su vida.

Y sabía que la bebida era una sombra que seguiría persiguiéndola hasta que decidiera enfrentarla de verdad.

Pero por primera vez, no se sintió completamente sola en el proceso.

Ese pensamiento, pequeño pero luminoso, fue suficiente para permitirle cerrar los ojos y descansar.