Capítulo 12
La noche que abrió los ojos
Durante semanas, Victoria había navegado entre la intuición y la negación, intentando encontrar una forma de sostenerse sin derrumbarse, y aunque las señales entre Elena y Gabriel de la Vega ya no podían ocultarse, ella tomó una decisión interna: establecer límites, no como un acto de orgullo, sino como una forma de preservar lo poco que quedaba de su paz.
Había pasado demasiado tiempo intentando entender a los demás, justificando heridas y suavizando traiciones, pero llegó un punto en el que comprendió que también tenía derecho a su propio espacio, a su dignidad, a no permitir que nadie cruzara las líneas que tanto había trabajado para reconstruir después del accidente.
Con esa claridad recién nacida, empezó a guardar silencio cuando algo le molestaba, no por evitación, sino por elección consciente; prefería hablar solo de lo que importaba y callar lo que sabía que no estaba listo para decirse.
Sus amigas lo notaron, especialmente Valeria, que mencionó en voz baja que verla tan tranquila le daba miedo, porque a veces la calma más profunda es el preludio del quiebre.
Pero Victoria no se rompió; al contrario, se acomodó dentro de sí misma, como quien se prepara para una tormenta de la que sabe que saldrá distinta.
Aunque había recuperado algo de control, la verdad era que el alcohol seguía rondándola como una sombra persistente, un hábito que nació como anestesia y que ahora se mantenía porque su cuerpo ya lo conocía.
Cuando alguien le mencionaba que estaba tomando más de lo normal, ella evadía con una sonrisa irónica o cambiaba el tema.
No lo hacía por soberbia, sino porque su corazón no tenía espacio para un problema más que enfrentar.
La bebida se convirtió en una niebla que amortiguaba el ruido, en una compañía silenciosa que no le exigía explicaciones, y aunque sabía que era peligrosa, también sabía que todavía no estaba lista para dejarla ir.
Una tarde, después de una discusión silenciosa con Elena, Victoria salió sola en silla de ruedas para despejar la mente, pero terminó entrando a un bar pequeño, uno de esos lugares oscuros donde la música es baja y las conversaciones ajenas se mezclan con el olor a madera y alcohol antiguo.
Había ido ahí otras veces, casi siempre buscando perderse en la penumbra, pero esa noche el ambiente tenía un peso diferente, como si intuyera que algo estaba a punto de revelarse.
Pidió una bebida fuerte, sabiendo que la quemazón en la garganta sería más fácil de soportar que la inquietud en el pecho.
Después pidió otra, más por el deseo de acallar sus pensamientos que por gusto real, y para cuando miró el reloj, ya habían pasado más horas de las que había planeado quedarse.
Sin embargo, justo cuando estaba por irse, escuchó su nombre pronunciado con una voz que la atravesó como una corriente eléctrica.
La reconoció al instante. Gabriel de la Vega.
Él estaba ahí, tan real como las noches en que la miraba con dulzura, tan cercano como las memorias que había tratado de enterrar, pero tan ajeno como lo que había ocurrido entre ellos y Elena.
Vestía simple camisa oscura, jeans, pero sus ojos tenían ese brillo de tensión contenida que ella conocía demasiado bien, como si llevara semanas pensando en algo que no se atrevía a decir.
"No pensé encontrarte aquí", dijo él con una sonrisa torpe que no alcanzó a tocar sus ojos.
Victoria lo miró sin expresión, sintiendo cómo un nudo se formaba en su estómago, porque ese encuentro inesperado tenía la textura amarga de una coincidencia que en realidad no era coincidencia.
Gabriel de la Vega dio un paso hacia ella, pero Victoria retrocedió apenas, un gesto mínimo pero lleno de significado, un gesto que colocó entre ellos una frontera invisible.
"Solo vine un rato", respondió ella, con una voz que sonaba más firme de lo que se sentía por dentro.
Gabriel de la Vega la estudió unos segundos, como intentando descifrar si podía acercarse, pero ella mantuvo la mirada fría, una mirada que decía claramente que él ya no tenía permiso de entrar en su mundo como antes.
"He querido hablar contigo… explicarte algunas cosas", murmuró, como si las palabras le dolieran al salir.
Victoria bajó la vista hacia su vaso, levantándolo apenas para tomar un trago lento, uno que no era para disfrutarlo, sino para ganar tiempo, para decidir si quería escucharlo o no.
Cuando dejó el vaso sobre la barra, respiró hondo y dijo: "¿Explicarme qué, Gabriel de la Vega?
¿Qué es lo que tanto tenías que decir y no dijiste a tiempo? "
Gabriel de la Vega se tensó ligeramente, y en lugar de mirar su expresión, se enfocó en el vaso de Victoria.
"Estás tomando mucho", dijo, con una mezcla de preocupación genuina y un juicio mal disfrazado.
Esa frase fue como una bofetada. Victoria sintió cómo un calor hiriente le subía al pecho y se obligó a respirar despacio para no explotar.
"No estamos hablando de mí", respondió ella con un filo en la voz que incluso la sorprendió.
"Y no tienes ningún derecho de señalar lo que hago o dejo de hacer con mi vida. "
"Solo me preocupa", insistió él. "Te conozco. Sé por qué bebes. Y… sé que te dolió lo que pasó conmigo."
Esa última frase fue la chispa que encendió la pólvora.
Victoria dejó escapar una risa amarga, una risa que no contenía alegría sino incredulidad y rabia contenida.
"¿En serio? ¿Ahora quieres jugar al sensible?
¿Quieres hablar del dolor que me causaste cuando ni siquiera tuviste el valor de enfrentar la verdad antes de meter a Elena en el medio? "
Gabriel de la Vega abrió la boca para responder, pero su expresión se quebró por un instante.
"No fue así", dijo, y ese "no fue así" sonó como una mentira aprendida, como algo que había repetido tantas veces que ya ni él mismo sabía si era verdad.
Victoria se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la barra con un gesto lento y calculado.
"No me mientas", murmuró con una calma peligrosa.
"Tú sabes lo que hiciste. Y Elena también lo sabe.
Si vas a hablarme, al menos ten la decencia de no disfrazarlo. "
Gabriel de la Vega tragó saliva, desviando la mirada.
"Ella me buscó", murmuró al fin. Victoria parpadeó una vez, muy despacio.
"Siempre es fácil culpar a la otra persona, ¿verdad?
" dijo con una suavidad inquietante. "Siempre es fácil decir que te arrastraron, que no querías, que estabas confundido.
Pero dime algo, Gabriel de la Vega: ¿cuándo fue la última vez que algo te pasó sin que tú lo permitieras? " Él no respondió. No podía.
"Sabes qué es lo peor", continuó ella con una voz quebrada pero firme, "que no me sorprende que eso haya pasado. No eres el primer hombre que huye cuando las cosas se ponen complicadas. Pero sí eres el primero que huye directo a los brazos de una de mis amigas."
Gabriel de la Vega cerró los ojos, y cuando los abrió, su mirada estaba llena de algo entre tristeza y desesperación. "Ili… no quería lastimarte", murmuró.
"Pues lo hiciste", respondió ella sin dudar.
"Y no solo a mí. A Elena también. Porque si crees que ella está bien con esto, estás más perdido de lo que imaginé.
" Victoria respiró hondo, intentando sostenerse mientras sentía el peso de la traición hundirse como una piedra dentro de su pecho.
"Les di un lugar a los dos en mi vida. Con toda mi historia.
Con todo mi dolor. Y ustedes tomaron ese lugar y lo convirtieron en una excusa para esconderse el uno en el otro. "
Gabriel de la Vega apretó los puños. "Yo… no sabía cómo hablarte. No sabía cómo acercarme. Tenía miedo…"
Victoria lo interrumpió levantando una mano.
"No uses esa palabra conmigo. No uses 'miedo' para justificarte.
Yo viví un accidente que casi me mata. Yo tuve que aprender a moverme en el mundo de otra manera.
Yo tuve que reconstruir todas las partes rotas de mi cuerpo y de mi alma.
Tú no sabes nada de miedo, Gabriel de la Vega.
Lo tuyo no es miedo. Es cobardía disfrazada. "
Lo que el cuerpo sabe
Las palabras quedaron flotando entre ellos como un golpe que no se podía esquivar.
Gabriel de la Vega las sintió como si se las hubieran tatuado en la piel.
Abrió la boca para responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
Victoria se enderezó lentamente, respirando hondo para no quebrarse frente a él.
"No voy a pelear contigo", continuó con la voz pesada pero controlada.
"No voy a pedir explicaciones. No voy a competir con Elena por un hombre que ni siquiera sabe qué quiere. "
Gabriel de la Vega dio un paso hacia ella, movido por un impulso desesperado.
"No quiero perderte", dijo, y su voz tembló de una manera que lo traicionaba.
Pero esa frase llegó demasiado tarde. Victoria retrocedió un paso completo esta vez, dejando claro que no permitiría que él invadiera ese nuevo límite que estaba estableciendo.
"Ya me perdiste", respondió, no con rabia sino con una tristeza tan profunda que parecía arrastrar años enteros con ella.
"Me perdiste el día que decidiste guardar silencio.
Y me perdiste el día que buscaste consuelo en el lugar equivocado. "