La Real Mentira Perfecta Capítulo 2
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Capítulo 2

Entre Copas y Sombras

Victoria Montenegro no sabía cómo había llegado a ese punto, ni cuándo comenzó a necesitar el alcohol para respirar.

Cada vez que se miraba al espejo, la mujer que veía no era la misma que recordaba de hace unos años.

Había cambiado, pero no solo en lo físico.

Algo más profundo se había transformado, una parte de su alma se había oscurecido, y el alcohol era su refugio.

Había aprendido a disimular, a poner una máscara sobre una máscara, pero no lograba entender por qué siempre sentía que había algo mal en su vida.

La tristeza se arrastraba con ella como una sombra.

No se podía nombrar, no se podía tocar, pero estaba allí, en cada respiración, en cada movimiento.

Por fuera, parecía tenerlo todo: éxito en el trabajo, amigos que la adoraban, una vida "perfecta".

Sin embargo, había una voz en su interior que no paraba de susurrar que todo eso no era real.

Solo era una fachada construida a base de risas vacías, copas y noches interminables.

Las noches de fiesta, esas que parecían tan divertidas, eran en realidad un escape.

Cada copa vacía era una pequeña liberación, un suspiro de alivio para olvidar por un rato la insatisfacción que le carcomía.

Entre risas, bromas y el sonido del hielo en los vasos, Victoria no pensaba en nada más.

Solo en ese momento, en ese pequeño segundo de placer que el alcohol le otorgaba.

Era como si pudiera gritar al mundo lo que sentía en su interior, sin que nadie lo notara.

Pero el grito siempre se quedaba adentro.

Se convertía en otro trago. En otra carcajada que sonaba exactamente igual a estar bien.

Había aprendido que esa era la diferencia entre ella y los demás: los demás pedían ayuda, o al menos dejaban ver que algo dolía.

Victoria Montenegro se servía otra copa y sonreía.

En el fondo, sabía que no estaba sola en esa lucha.

Con ella siempre estaban Camila, Valeria y Elena, sus amigas, quienes, al igual que ella, compartían la misma adicción, aunque de formas diferentes.

Cada una con sus propias historias, pero todas atrapadas en la misma red invisible.

Nadie quería mirar realmente lo que sucedía en sus vidas.

Nadie quería admitir que el alcohol ya no era solo diversión; era un modo de escapar de la realidad.

Camila era la más experimentada. Había crecido en un hogar donde el alcohol era tan común como la comida en la mesa.

Sus padres eran alcohólicos, pero eso no le había impedido salir adelante, o al menos eso creía ella.

Había aprendido a manejarlo. No se embriagaba, nunca perdía el control.

Podía beber durante horas sin que el alcohol se le subiera, pero lo hacía porque era lo que conocía.

Lo hacía porque la sensación de estar en control, aunque no lo estuviera, le daba seguridad.

En su interior, Camila se sentía como una prisionera de una vida que no había elegido, pero se había resignado.

Mientras el resto se perdía en el descontrol, ella mantenía la compostura, pero eso no significaba que no cargara con su propio dolor.

Camila nunca hablaba de eso. El control era su forma de sobrevivir, y sobrevivir, con el tiempo, se había confundido con vivir. Había una diferencia entre ambas cosas, aunque ella todavía no había encontrado el momento de sentarse a pensarla.

Valeria, por otro lado, no tomaba tanto, pero estaba en el mismo círculo.

Su historia era diferente. Ella no bebía para olvidar ni para escapar de nada en particular.

Su motivo era simple: socializar. Valeria no quería quedar fuera, no quería ser la que se quedara en la esquina mientras las demás se divertían.

Beber vino con ellas le daba la sensación de pertenecer, de ser parte de algo.

Pero lo que nadie sabía era que, a pesar de no ser tan consumista del alcohol como las otras, Valeria también sentía ese vacío en su pecho.

Solo que lo disfrazaba mejor, lo ocultaba detrás de una sonrisa tímida y una copa bien sostenida.

Para Valeria, pertenecer era todo. Y si eso significaba sostener una copa que en realidad no quería, lo hacía. Lo hacía sin preguntarse cuántas cosas más había aprendido a hacer sin preguntarse por qué.

Elena, la más extrovertida del grupo, siempre estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para pasarla bien.

Para ella, el alcohol era solo una excusa para estar con los hombres, para ser el centro de atención.

"Todos somos iguales", solía decir, "la vida es para divertirse, para usar a los hombres y hacer lo que queramos".

Elena no ocultaba su necesidad de aceptación.

Su vida estaba construida sobre la imagen de una mujer segura, que no se detenía a pensar en las consecuencias de sus actos.

Pero, al igual que las demás, Elena no estaba exenta de sus propios demonios.

Sabía que el alcohol le daba una falsa sensación de poder, y eso era lo que la mantenía en ese ciclo.

Entre ellas, se entendían sin palabras. Se apoyaban en el dolor compartido, en el escape temporal que les ofrecía el alcohol.

A veces, se quedaban despiertas hasta la madrugada, charlando sobre todo y nada.

En esos momentos, Victoria sentía que podía ser alguien más, que podría olvidar sus miedos y angustias.

Sin embargo, al final de la noche, la misma sensación de vacío la perseguía, y, aunque nunca lo dijera en voz alta, sabía que todas, a su manera, sentían lo mismo.

El alcohol las mantenía unidas, pero también las alejaba de sí mismas.

Cada una tenía su propia lucha interna, pero mientras las copas se llenaban y vaciaban, las conversaciones se deslizaban sobre la superficie sin llegar a nada profundo.

Como si, por un momento, pudieran ignorar que sus vidas se desmoronaban lentamente bajo el peso de lo que realmente sentían.

Pero no podían engañarse por siempre. El hecho de que se encontraran una y otra vez en la misma situación, en la misma rutina, les hablaba en un lenguaje callado.

La vida de todas estaba basada en el mismo patrón: buscar el próximo trago, la siguiente fiesta, la siguiente distracción.

Victoria sabía que su alma estaba rota, que había algo dentro de ella que ya no podía sanar con más alcohol.

Pero no podía dejarlo ir. No podía enfrentarse a lo que realmente era, a lo que había estado evitando tanto tiempo.

A veces, en esos momentos de calma entre las conversaciones ruidosas, Victoria Montenegro se preguntaba si alguna vez podrían ser más que esto.

Si alguna vez pudieran liberarse de la necesidad constante de distraerse.

Pero esas preguntas se ahogaban rápidamente en el siguiente sorbo, en la siguiente carcajada.

Y así, una vez más, el ciclo se repetía.

Al final de la noche, Victoria siempre volvía a casa con el corazón lleno de incertidumbre.

¿Qué pasaría si alguna vez dejara de beber?

¿Qué pasaría si enfrentara lo que había estado evitando tanto tiempo?

Por ahora, esas preguntas no tenían respuestas, solo el eco de una vida que seguía esperando en las sombras.

La noche siempre llegaba al mismo lugar: al silencio del camino de vuelta, a la pregunta que ninguna se atrevía a pronunciar.

Victoria lo sentía en el cuerpo antes de pensarlo con la mente.

Había algo que el alcohol no borraba del todo, algo que regresaba en el instante exacto en que la música dejaba de sonar y la única compañía era el eco de una copa vacía.

Algo que todavía no tenía nombre, pero que esperaba, paciente, en el fondo de todo.