La Real Mentira Perfecta Capítulo 1
4%
La Real Mentira Perfecta

La Real Mentira Perfecta

Por Leticia Gil Rendon

© inepub.com

Capítulo 1

Dónde empieza el ruido

Victoria nunca pensó que su vida cambiaría en un instante.

Había construido una rutina en la que todo parecía estar bajo control —o al menos, esa era la mentira que se repetía cada mañana mientras encendía un cigarro con las manos temblorosas.

Su carrera iba en ascenso, su relación parecía estable y su grupo de amigos siempre estaba listo para una noche de copas.

No importaba cuántas veces despertara con la boca seca y la memoria borrosa; mientras pudiera levantarse y funcionar, no había problema.

Había aprendido a moverse por la vida con una confianza que, vista desde cerca, era más actuación que certeza.

A los veintitrés años tenía trabajo, apartamento propio y una agenda llena de planes que rara vez incluían silencio.

El silencio la incomodaba. En el silencio, las preguntas encontraban espacio, y Victoria llevaba años sin darles espacio.

Era más fácil llenar la noche con música, con risas, con el ruido amable del hielo moviéndose dentro de un vaso.

Había aprendido eso muy pronto. Quizás demasiado pronto.

Esa noche no era diferente a ninguna otra.

O eso se dijo cuando salió de su apartamento con el bolso al hombro y la excusa ya preparada por si alguien preguntaba: era viernes, se lo merecía, había tenido una semana difícil.

Siempre había tenido una semana difícil.

Camila la esperaba en la puerta del bar con esa sonrisa suya de quien parece tener el control, aunque no lo tenga, Elena ya adentro con la segunda copa en la mano y la carcajada lista, Valeria mirando el celular en la barra con esa expresión de quien finge no buscar atención mientras la busca.

Eran su tribu, o algo que se le parecía mucho.

Las personas con quienes se sentía menos sola, aunque la soledad, pensándolo bien, nunca se había ido del todo.

Aquella noche, el bar tenía la misma luz tenue de siempre, la misma mezcla de risas y canciones antiguas que flotaban entre los vasos medio vacíos.

El aire olía a cerveza tibia y a perfume mezclado con algo que Victoria asociaba siempre con la sensación de estar en el lugar correcto a la hora correcta, aunque nada de eso fuera verdad.

Victoria Montenegro había perdido la cuenta de los tragos, pero sentía esa liviandad que tanto le gustaba, ese momento en el que todo dejaba de pesar.

Las palabras salían más fáciles. El cuerpo se movía sin el peso habitual de los pensamientos.

Era, por unas horas, alguien que no necesitaba explicarse nada.

No notó cuándo el tiempo había avanzado.

No notó cuándo las conversaciones se volvieron más lentas, más repetidas, más huecas.

Solo notó que era tarde, que las chicas cerraban la cuenta, que alguien —no recordaría después quién— preguntó si estaba bien para manejar, y ella respondió que sí, claro que sí, siempre estaba bien para manejar.

Era una mentira que se había repetido tantas veces que ya le salía sola, sin esfuerzo, sin culpa.

Salió del lugar con la seguridad ciega de quien cree tener el control.

Se despidió con un gesto rápido, asegurándoles a sus amigos que llegaría bien a casa.

El aire de la madrugada le golpeó la cara cuando cruzó la puerta, frío y limpio, y por un segundo sintió que la lucidez regresaba.

Pensó: estoy bien. Pensó: ya casi llego.

El golpe fue seco, brutal. No hubo tiempo de reaccionar.

En un parpadeo, las luces de la ciudad se convirtieron en un torbellino de vidrios rotos y metal doblado.

El estruendo de la colisión sacudió la madrugada, y el mundo que Victoria conocía se hizo añicos junto con el parabrisas de su auto.

Después, el silencio. Un silencio absoluto, cortado solo por el pitido ensordecedor en sus oídos y el dolor punzante que comenzaba a extenderse por su cuerpo.

Hubo un instante, antes de que la conciencia se nublara del todo, en el que intentó mover los pies. No pudo.

Recordaría después, en el hospital, fragmentos sin orden: luces rojas girando sobre el asfalto mojado, voces que llegaban de lejos como desde el otro extremo de un túnel, alguien que le pedía que no se moviera, que se quedara quieta, que respondiera su nombre.

Recordó haber pensado que necesitaba llamarle a alguien. No recordó a quién.

Cuando abrió los ojos en el hospital, la realidad la golpeó con más fuerza que el accidente.

No podía mover las piernas. La enfermera a su lado le explicó con una voz serena pero distante lo que significaba aquella fractura irreversible en su columna.

Victoria sintió que la habitación se cerraba sobre ella.

El techo blanco, las paredes blancas, el olor a desinfectante que se pegaba a la garganta —todo empezó a girar mientras las palabras de la enfermera se posaban sobre ella como piedras.

Fractura. Irreversible. Columna. Palabras que entendía por separado y que juntas formaban algo que no quería entender.

Todo lo que había planeado —su trabajo, sus viajes, su vida "perfecta"— se evaporó en un segundo.

No estaba lista para empezar de nuevo. No estaba lista para la verdad.

Su madre llegó esa misma mañana con los ojos enrojecidos y las manos temblando.

No dijo mucho. Nunca decía mucho. Se sentó al borde de la cama y tomó la mano de Victoria entre las suyas con ese gesto simple y antiguo que solo tienen las madres, y fue ese contacto —no las palabras de la enfermera, no el diagnóstico, no el frío de las sábanas del hospital— lo que consiguió que Victoria sintiera el peso completo de lo que había pasado.

Antes de ese momento había estado anestesiada por algo más poderoso que cualquier medicamento: la negación.

Con la mano de su madre sobre la suya, la negación se rompió.

Los días siguientes fueron una nebulosa de medicamentos y visitas incómodas.

Personas que llegaban con flores y se marchaban con cara de alivio al poder irse.

Conversaciones que empezaban con "lo importante es que estás viva" y terminaban en un silencio que nadie sabía cómo llenar.

Su teléfono sonaba cada vez menos. Sus amigos, aquellos con quienes compartió incontables noches de euforia, desaparecieron poco a poco.

No había más risas ni promesas de "una última copa".

Las notificaciones se espaciaron, los mensajes se volvieron más cortos, y luego simplemente dejaron de llegar.

Solo quedaba ella, atrapada en un cuerpo que ya no reconocía, en una vida que no había elegido.

Había noches en las que miraba el techo del hospital y pensaba en el bar, en la luz tenue, en el olor mezclado de perfume y cerveza, en la sensación de que todo era posible a las dos de la madrugada con una copa en la mano.

Y había noches en las que pensaba en el golpe, en el silencio que lo siguió, en la voz de la enfermera explicándole algo que cambió todo.

Entre un recuerdo y otro no había más que oscuridad y una pregunta que empezaba a arder, suave al principio y luego con más fuerza, desde algún lugar dentro de ella que todavía no había decidido rendirse.

A veces deseaba volver atrás. No para evitar el accidente —ya no exactamente— sino para ser, por un momento, la persona que existía antes de saber lo que ahora sabía.

Esa que caminaba sin pensar en caminar. Esa que llegaba tarde a casa sin que nadie se preocupara.

Esa que nunca imaginó que el cuerpo podía convertirse en una frontera infranqueable.

Pero el tiempo no retrocede. Y el cuerpo que ahora tenía era el único que tendría.

Pero entre el dolor y la desesperación, una pregunta comenzó a arder en su mente: Si todo lo que planeé se ha desvanecido, ¿qué queda? En ese vacío inesperado, en esa pérdida absoluta de control, Victoria se enfrentó a una verdad ineludible: debía reconstruirse. Y esta vez, no había escapatoria.

Era la primera vez en años que no podía huir.

No podía levantarse, salir, encontrar un bar, encontrar ruido.

No podía marcar el número de una amiga y desaparecer en otra noche igual a todas las demás.

Solo podía estar ahí, en esa cama, con ese silencio, con esa pregunta.

Y aunque la idea la aterraba, aunque no sabía cómo empezar ni qué significaba reconstruirse desde ahí, algo muy pequeño dentro de ella —tan pequeño que apenas podía llamársele esperanza— empezó a notar que seguía respirando.

Que el corazón seguía latiendo. Que, de alguna forma que todavía no entendía, seguía aquí.