La Quinta Dirección CAPÍTULO VEINTISIETE
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CAPÍTULO VEINTISIETE

CAPÍTULO VEINTISIETE

Colocó las cuatro llaves en las cuatro esquinas, y decidió, en el instante de soltar la última, hacia qué lado iba a leer.

Lo decidió mirando la cara de Ah Tok. El hombre de piedra con el rostro vuelto hacia arriba, la boca abierta mil años en una palabra que nunca terminó de decir, esperando —Itzel lo entendió con una certeza que no venía de la cabeza sino de más abajo— no que alguien viniera a abrir y lo dejara en su puesto otros mil años, ni que alguien viniera a abrir y soltara al mundo lo que él sostenía.

Esperando que alguien viniera, por fin, a soltarlo a él.

A relevarlo. A deshacer la cerradura que lo había hecho puerta, para que dejara de ser bisagra y volviera a ser sólo un hombre muerto, en paz, en el agua de su tierra.

Duarte quería que abriera. Rosa había querido que cerrara para siempre.

Y ahí, frente al hermano de Sak Balam, Itzel encontró por fin la respuesta que llevaba semanas sin poder darse, y no era ninguna de las dos: no venía a abrir la puerta ni a sellarla más fuerte.

Venía a desarmarla. A quitarle a esta piedra el poder de ser puerta, para que nunca más ni Duarte ni un sacerdote con hambre ni ella misma pudiera usarla, y para que Ah Tok, después de mil años, pudiera dejar de sostenerla.

La tercera manera. La de su abuela, terminada.

Para leer al revés tenía que hablar. Y para hablar, a quince metros bajo el agua, tenía que quitarse el regulador de la boca y entregarle al pozo el aire que era su vida.

Lo supo desde la gruta del sur, donde casi lo hace sin querer, seducida.

Ahora lo iba a hacer queriendo. Miró hacia arriba, hacia la oscuridad por la que subía la línea tensa, hacia la mano invisible de Sol, y le encomendó, sin palabras, lo único que le quedaba por encomendar: tráeme de vuelta.

Se quitó el regulador.

El aire escapó de su boca en un rosario de plata que subió temblando hacia el domo.

Y en el agua negra, con los pulmones ya empezando a arder, Itzel Canul empezó a leer al revés la escritura de los que bajaron, sílaba por sílaba invertida, desdiciendo mil años, con la voz ahogada y burbujeante que el agua le deformaba y que sin embargo —lo sintió en los dientes, en la piedra, en el temblor de la mano— el pozo entendía perfectamente.

Fue como desgarrarse por dentro.

Cada sílaba dicha al revés era un nudo que se soltaba en su propio pecho.

Sak Balam no había mentido: desdecir un nombre sagrado desdice al que lo dice.

Itzel sintió aflojarse dentro de ella cosas que no sabía que estaban atadas, sintió que se le iba el aire y con el aire algo más, algo que no era aire, mientras las cuatro llaves en sus nichos empezaban a apagarse una por una —el calor abandonándolas, el imán muriéndose, las piedras volviéndose, ante sus ojos, otra vez sólo piedras—, y el agua alrededor de Ah Tok empezaba a temblar, y los rostros impresos en la roca empezaban, muy despacio, a borrarse, a rellenarse, a volver a ser pared.

Y entonces la cosa del otro lado, que había esperado mil años a que la cuarta llave volviera para estar completa, entendió lo que Itzel estaba haciendo, y dejó de esperar, y vino.

No hacia arriba, como en la sequía. Vino hacia ella.

El agua se volvió tibia, cálida, dulce, la bienvenida del sur multiplicada por mil, y desde la boca abierta de Ah Tok, desde los rostros que se borraban, desde todas partes, la pertenencia la envolvió, ya no como invitación sino como súplica, como abrazo, como amor: no me deshagas.

Llevo mil años sola. Tú eres la primera que baja completa, la primera que puede quedarse y hablarme.

No me devuelvas al silencio. Suelta el aire, descálzate el nombre del todo, quédate, y nunca, nunca más estaremos solos ninguno de los dos.

Ah Tok también quiere que te quedes. Pregúntale.

Y era —ésa fue la parte que Itzel se llevaría el resto de su vida— era dulce.

No era un monstruo. Era una soledad de mil años pidiendo, con una ternura insoportable, no estar sola.

Itzel, con los pulmones en fuego y la cabeza llenándose de luces, sintió las ganas más hondas que había sentido nunca: soltar.

Quedarse. Dejar de leer al revés, dejar de desgarrarse, abrir en cambio, hablar hacia adelante, y ser, por fin, de algo con esa hambre, ella que toda la vida había querido pertenecer a lo que estudiaba.

Su boca, por costumbre, por súplica, empezó a invertir la inversión, a enderezar la sílaba, a decir hacia adelante—

La línea le dio un tirón brutal en el arnés.

Sol. Sol tirando desde arriba, no soltando, tirando, recordándole el otro lado, recordándole que había una mano sosteniéndola, que pertenecía aquí, con los vivos, con la que la había vendido y no la soltaba.

El tirón la sacó del hechizo el tiempo justo de un latido, y en ese latido Itzel eligió otra vez —lo mismo que ya había elegido con Sol y con los dioses, porque la otra manera de equivocarse no se podía deshacer—.

Cerró los ojos, agarró el aire que ya no tenía, y dijo la última sílaba al revés.

Arriba, en el domo, todo se rompió a la vez.

Porque los hombres de Duarte, que veían apagarse las luces de las piedras y sentían morir la nota grave de la pirámide, entendieron por fin lo que Duarte ya había entendido: que no estaba abriendo.

Que estaba deshaciendo. Que la puerta más grande de la historia se les estaba volviendo, entre las manos, piedra muda.

—¡Súbanla! —La voz de Duarte, por primera vez sin cortesía, rota, un hombre viendo evaporarse ciento veinte años de obsesión—. ¡Sáquenla del agua ya! ¡Viva o no! ¡Corten si tienen que cortar!

Dos de sus hombres se lanzaron por la línea de Itzel para jalarla, para arrancarla del fondo antes de que terminara, para romper el desatar a medias como Balam Ek’ habría querido.

Y Marisol Chan, que tenía esa línea en las manos, que había jurado sostenerla y a la que nadie le creyó porque no había cómo creerle, hizo lo que llevaba trece años haciendo y tres semanas traicionando: no soltó.

Se enredó la línea en los antebrazos, en la cintura, en el cuerpo entero, y se dejó caer hacia atrás en el agua con todo su peso para contrapesar los quince metros de Itzel, y cuando los hombres de Duarte la agarraron para quitársela, para arrancarle la línea, Sol peleó.

Peleó como pelea una buza, que sabe que el aire y la calma son la vida, salvo que esta vez gastó las dos cosas de golpe, sin reserva, mordiendo, pateando, aferrada a la línea con las dos manos llenas de cicatrices mientras dos hombres el doble de grandes que ella la hundían, la golpeaban, le arrancaban el regulador, y ella no soltó, no soltó, se llenó la boca de agua y no soltó, porque había una cosa en el mundo que Rafael Duarte no le había podido comprar y era ésta, este minuto, esta línea, esta mujer al otro extremo a la que había vendido y a la que iba a devolverle, con lo último que tenía, la vida que le había puesto en precio.

Abajo, Itzel sintió la línea tirar una última vez, firme, imposible, la mano de Sol negándose a soltarla contra toda la fuerza del mundo, y sobre esa firmeza, como sobre un suelo, terminó de decir al revés el nombre de lo que espera, y lo desdijo, y lo soltó, y lo devolvió al silencio.

El pozo exhaló.

El agua tibia se enfrió de golpe. La súplica, la ternura, la pertenencia, se retiraron —no violentas, sino como se retira una marea, como se apaga una voz que por fin la dejan callar—, escalón por escalón hacia una hondura que ya no tenía escalones porque Itzel acababa de deshacerlos, y en el último instante, antes de irse del todo al silencio que ella le había devuelto, Itzel sintió —lo juraría, y también juraría que fue el cerebro muriéndose de falta de aire— sintió que la cosa, al retirarse, no la maldijo.

Le dio las gracias. Como quien lleva mil años despierto y por fin lo dejan dormir.

Y la cara de Ah Tok, en la roca, con los rostros ya borrados a su alrededor y las cuerdas de calcita aflojándose en polvo, cerró la boca.

Mil años abierta en una palabra, y la cerró, en paz, relevado, un hombre muerto por fin sólo muerto, en el agua de su tierra.

Estaba hecho. La puerta ya no era puerta. Nunca más lo sería.

Y Itzel Canul, a quince metros bajo El Castillo, sin aire, con el precio ya cobrándose en su pecho vacío, empezó a hundirse hacia el fondo, hacia Ah Tok, hacia el sueño, sin fuerzas para subir, sin nadie que —

La línea tiró.

Una vez. Dos. Constante, terca, con el ritmo de una buza contando parada de deco, subiéndola.

Alguien la subía. Con las últimas luces de la conciencia, hundiéndose y sin embargo subiendo, Itzel miró hacia arriba, hacia la mano que la traía de vuelta al mundo de los vivos contra la muerte y contra seis hombres y contra ciento veinte años de codicia, y no vio la cara.

Sólo vio la línea, tensa, imposible, viva.

Y supo, con lo último que le quedaba antes de la oscuridad, que la mano que la había vendido no la había soltado.

Que había contado bien las manos, después de todo. Que había puesto su vida en la única de la que no podía fiarse, y que esa mano, en el único instante que importaba en trece años y en mil, había resultado ser la que la quería.

Subió hacia el aire por una línea que sostenía, muy arriba, en el agua negra del domo, un cuerpo que ya no peleaba.