La Quinta Dirección CAPÍTULO VEINTISÉIS
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CAPÍTULO VEINTISÉIS

CAPÍTULO VEINTISÉIS

—Sí —dijo Sol.

Lo dijo mirando a Itzel a los ojos, porque le quedaba esa última dignidad y decidió gastarla ahí. No en negar. En confesar de frente.

—Me pidió que soltara la línea. —Le temblaba todo el cuerpo sobre el agua negra—.

Cuando bajaras a leer, cuando estuvieras hasta el fondo y ocupada, yo soltaba, me subía, y él…

él lo iba a llamar accidente de buceo. Otro cenote, otra profundidad, otra narcosis.

Como Aurelio. —Se le quebró la voz en el nombre—.

Ese era el trato, Itzel. La diálisis de mi mamá contra tu línea.

Me dijo que no ibas a sufrir. Me dijo tantas cosas, y yo…

yo me las creí porque las necesitaba creer, porque mi mamá se me muere y tú tienes con qué, tú siempre has tenido con qué, y yo no tengo nada más que el agua y las manos, y él me ofreció salvar a mi mamá con lo único que sé hacer.

—Lloraba sin ruido—. Le dije que sí. Hace tres semanas le dije que sí. Soy eso, Itzel. Esa soy.

El domo de mil años esperó. Duarte, en su repisa, miró su reloj.

—Y ahora te voy a decir la otra parte —siguió Sol, y algo en su voz cambió, se endureció, se enderezó, la voz de una buza que ha decidido qué va a hacer con el aire que le queda—, la parte que él no compró, porque no estaba a la venta y yo no sabía que no estaba a la venta hasta este momento exacto, oyéndolo decir mi nombre como si fuera suyo.

—Se volvió hacia Duarte—. No voy a soltar la línea.

—Y otra vez a Itzel, con los ojos deshechos y firmes—.

Te vendí los pasos. Que Dios y mi mamá me perdonen, te vendí cada cenote.

Pero no te voy a soltar en el agua. Puedes no creerme.

Tienes todo el derecho del mundo a no creerme, y si yo fuera tú no me creería.

Pero es la única cosa verdadera que me queda para darte, así que te la doy aunque no la aceptes: voy a sostener tu línea hasta que subas, o me ahogo agarrándola.

Es lo único que soy que él no pudo comprar.

Itzel la miró. Y supo, con la parte fría e infalible de sí misma, que no había manera de saber si Sol decía la verdad.

Que una traidora que jura lealtad y una amiga que jura lealtad dicen exactamente las mismas palabras, con la misma cara, con las mismas lágrimas.

Que no había glifo. Que nunca lo hubo. Que el rostro del que te quiere y el del que te vende, cuando la que te vende también te quiere, es el mismo rostro, y ella iba a tener que bajar quince metros a la oscuridad colgada de una mano sin poder leer, por primera vez en su vida, lo que esa mano iba a hacer.

Ésa era la tercera manera. Lo entendió del todo, ahí, en el agua negra.

Don Fabián no le había mentido: el precio nombrable de desatar la puerta no era la sangre ni el temblor.

Era esto. Era poner la vida entera en la mano de la que sabía, con certeza, que la había vendido, y bajar de todos modos.

Confiar no porque fuera seguro, sino porque era imposible, y hacerlo igual.

Su abuela no había podido. Rosa escondió una llave para no tener que poner su vida en una mano que amaba y de la que dudaba.

Itzel, en cambio, tenía a Sol, y tenía la puerta abierta delante, y tenía que elegir, ahora, en el peor momento posible, con la peor información posible, si el amor que le tenía a esta mujer que la había vendido era más fuerte que el miedo perfectamente razonable a morir por él.

—Te creo —dijo Itzel.

No era verdad. No podía saberlo. Pero decidió, como había decidido creer que los dioses eran reales —no por prueba, sino por costo—, decidió creerle a Sol, porque la otra manera de equivocarse, la de bajar desconfiando y sola y sin ancla, esa manera no se podía deshacer tampoco.

Bajaría confiando. Si se equivocaba, moriría queriendo.

Había peores últimas palabras que grabarse en el cuerpo.

Duarte aplaudió, dos veces, despacio, un sonido obsceno en la bóveda.

—Conmovedor —dijo—. De verdad. Pero el sol no aplaude, señoras, y ya va por el sexto cuerpo de la escalera.

Doctora Canul: las piedras. —Empujó la caja hacia el borde del agua con la punta de la bota—.

Las cuatro, en las cuatro esquinas del pozo, como dice su libro.

Y lea. Yo me quedo aquí arriba, con mi gente y mi paciencia, viendo cómo la mejor lectora del mundo me abre la puerta más grande de la historia.

Y le advierto una sola cosa, con todo el cariño de que soy capaz: sé que existe una tercera lectura.

La de “desatar”. Sé que sus viejos indios quieren que en vez de abrir, usted rompa.

Tengo seis hombres alrededor de este pozo con instrucciones muy simples: si sospechan que usted está deshaciendo en lugar de abriendo, la sacan del agua por la línea, viva o no.

Así que léalo hacia adelante, doctora. Ábralo.

Es lo que vino a hacer, y es, no me lo niegue, lo que quiere.

Tener razón delante del mundo. Yo sólo le estoy quitando la opción de arrepentirse.

Itzel no se movió hacia la caja todavía.

—Antes de bajar, señor Duarte, le devuelvo el único regalo que me hizo en Boston —dijo, y la voz le salió tranquila, casi cortés—.

Me enseñó a leer gente. Aprendí rápido. —Miró a Sol un segundo, y luego a él—.

Supe que mi amiga le pasaba mis pasos desde Xocén.

No desde hoy: desde Xocén. Y en lugar de romper con ella, la dejé cerca, porque una filtración que uno conoce deja de ser una fuga y se vuelve un teléfono.

Todo lo que Sol le contó estas tres semanas se lo dije yo a ella primero, escogiendo cada palabra, sabiendo que le iba a llegar a usted.

Que iba a colaborar. Que iba a abrir. Que lo que más quería en el mundo era tener razón.

—Ladeó la cabeza—. Usted no me dejó viva porque le fuera útil.

Me dejó viva porque yo le hice creer que iba a abrirle la puerta.

Se paró detrás de mí toda esta historia seguro de que me leía, y cada vez, lo que leyó fue lo que yo le puse enfrente para que leyera.

Algo cruzó la cara de Duarte que no le había cruzado en toda la noche: la de un hombre que descubre, un segundo tarde, que el espejo en el que llevaba la vida entera admirándose era, del otro lado, una ventana.

—Y una última cosa, para que baje sabiéndola —siguió Itzel, sin darle tiempo a rehacerse—.

Usted cruzó un mar y mató a un hombre por una sola idea: ser el dueño de esto.

Cree que teniéndome a mí tiene la verdad, porque cree que soy la única en el mundo que sabe leerla.

Ya no lo soy. Todo lo que este libro sacó a la luz está, desde ayer, lacrado en manos del INAH, con una sola instrucción: si yo no salgo de esta agua, se publica mañana, completo, para todo el mundo, gratis.

—Bajó la voz—. Quédese con las piedras, con el pozo, con mi cuerpo si le hace falta.

Lo que vino a comprar salió de sus manos hace un día y usted apenas se entera.

La verdad ya no es suya. Nunca lo fue, en realidad; sólo que ahora tampoco va a ser de nadie.

Lo que pase de aquí para abajo es entre el agua y yo.

Duarte abrió la boca, y por primera vez desde que Itzel lo conocía, no le salió nada.

Itzel tomó la caja. Sacó las tres piedras, y en cuanto la cuarta —la suya, la del poniente— tocó a sus hermanas dentro de sus manos, las cuatro se apretaron unas contra otras con un chasquido, un imán, un reencuentro, y un calor recorrió a Itzel desde las palmas hasta los dientes, y por un instante el domo entero, el agua, el aire de mil años, vibró con una nota grave, sub-audible, como si la pirámide encima de ellos hubiera exhalado.

Todos la sintieron. Los seis hombres de Duarte se removieron. Duarte se puso pálido. Y del agua negra, abajo, muy abajo, algo contestó a la nota con otra nota, más honda.

—Sostén la línea, Sol —dijo Itzel.

—La sostengo —dijo Sol.

Y bajó.

Descendió por el agua negra del pozo del centro con las cuatro llaves ardiendo en una malla contra el pecho y la lámpara cortando la oscuridad, y a los pocos metros la lámpara le mostró que el pozo bajo El Castillo no era un cenote cualquiera.

Las paredes, bajo el agua, estaban labradas.

De arriba abajo, cada centímetro, cubiertas de glifos y de figuras que ningún ojo vivo había visto en mil años, tallados por manos que trabajaron con la respiración contada, en el agua o antes del agua, no se sabía; y a medida que Itzel bajaba las leía sin querer, columnas y columnas, la historia entera contada por dentro de la boca de la tierra: la sequía, la apertura, lo que subió, el sello, y en el fondo, esperándola, el final de la historia y su prueba.

Porque en el fondo del pozo, a quince metros, sobre una plataforma de piedra rodeada por cuatro nichos —las cuatro esquinas, los cuatro asientos de las cuatro llaves—, había un hombre.

Lo que quedaba de un hombre. Sentado, con las rodillas contra el pecho, atado con lo que fueron cuerdas y ahora era calcita, mineralizado, vuelto piedra por mil años de gota y de agua, fundido con el asiento que él mismo había aceptado.

Ah Tok. El partidor de piedra que se dejó enterrar por su hermano, que pidió maíz tostado con miel, que bajó con la última llave para ser el guardián vivo del sello y llevaba mil años ahí, en la oscuridad, sosteniendo la puerta con su cuerpo.

Y su rostro —Itzel se acercó, y el corazón se le rompió y se le llenó de terror a la vez— su rostro estaba vuelto hacia arriba, hacia el agua, hacia el mundo de los vivos, con la boca abierta, y en la boca abierta, y en las cuencas de los ojos, y por toda la piedra alrededor de él, había algo.

No supo llamarlo. Toda su vida de ciencia no le dio una palabra.

En la piedra alrededor del hombre mineralizado, en las paredes de los cuatro nichos, había rostros.

Impresos. Como se imprime una mano en el barro fresco, pero al revés, hacia adentro, en negativo, docenas de rostros que no eran humanos ni eran de animal ni eran de dios tallado por hombre; rostros que la piedra parecía haber recibido, no que un escultor hubiera hecho; y de la boca abierta de Ah Tok salía, tallada o crecida o las dos cosas, una columna de agua petrificada, una estalagmita que subía como una palabra congelada en el acto de ser dicha, y en la superficie de esa columna de piedra-agua había signos que Itzel no conocía, que no estaban en ningún corpus, que eran la misma escritura imposible del octavo glifo de Aurelio, la de “los que bajaron”, multiplicada, viva, cubriendo el agua vuelta piedra como la escarcha cubre un vidrio.

Dejaron su rostro en la piedra y su palabra en el agua, había escrito el sur, para que ningún hombre pudiera ya decir que no vinieron.

Ahí estaba. La prueba. Lo que había matado a Aurelio, lo que el viejo Duarte buscó sin saberlo con su draga, lo que su abuela cargó cuarenta años, lo que Duarte había roto el techo del mundo para tener.

Rostros que la piedra recibió de algo que no era de este lado.

Palabras que el agua se llevó y devolvió hechas roca.

Un hombre que se ofreció de puerta y llevaba mil años con la cara vuelta hacia arriba, esperando.

Y era, exactamente y a la vez, las dos cosas que el libro había prometido que sería, sin decidir nunca cuál: la prueba irrefutable de que algo bajó de verdad, de que los abuelos no dijeron metáforas, de que del otro lado del agua hubo, hay, una cosa que dejó su rostro en la piedra —y la prueba, igual de irrefutable, de una crueldad humana sin fondo, de un pueblo que ató a un hombre a una silla y lo dejó morir en la oscuridad para sostener con su cuerpo el miedo de sus sacerdotes, y que después lo llamó dios para poder soportarlo.

Itzel flotó frente a Ah Tok, frente a los rostros impresos, frente a la palabra de piedra saliéndole de la boca, y supo que cualquiera que viera esto vería una de las dos cosas según lo que ya traía en el corazón, y que ninguna cámara del mundo, ninguna prueba, iba a poder obligar a nadie a ver la otra.

La prueba probaba todo y no probaba nada.

Era, por fin, exacta: la verdad más grande de la historia, y perfectamente imposible de creer.

Arriba, lejísimos, a través de quince metros de agua y de un techo de piedra perforado, la multitud de la plaza rugió: la cabeza de la serpiente de sombra acababa de tocar la tierra al pie de la escalinata. Kukulcán había bajado. La ventana estaba abierta.

Y en el fondo del pozo, sola con un hombre de piedra de mil años y con cuatro llaves ardiéndole en el pecho, con la línea de Sol tensa y viva subiendo hacia la oscuridad, Itzel Canul se acercó al primer nicho, sacó la primera piedra, y tuvo que decidir, ahora, con la boca ya formándole las sílabas por costumbre, hacia qué lado iba a leer.