La Quinta Dirección CAPÍTULO VEINTICINCO
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CAPÍTULO VEINTICINCO

CAPÍTULO VEINTICINCO

Siguieron la línea naranja porque no había otro camino, y la línea naranja las llevó, como Itzel temía, exactamente adonde alguien quería que llegaran: a la cámara del centro.

El pasillo se abrió de golpe, sin aviso, y el haz de la lámpara se perdió en un vacío enorme.

Habían llegado. Después de kilómetros de tripa estrecha, la piedra se abría en una bóveda catedralicia inundada, redonda, de unos veinte metros, tallada por el agua y por manos antiguas, y en su techo —Itzel lo vio al subir la lámpara— había aire.

Un domo. Una campana de aire atrapada durante mil años bajo la piedra, en el corazón exacto de la pirámide, sobre el agua negra que nadie vivo había tocado.

El cenote bajo El Castillo. El pozo del centro. La boca de Xibalbá.

Y no estaban solas.

En la superficie del agua, dentro del domo, había luces.

Frías, blancas, potentes, colgando de arriba: de un pozo perforado en la bóveda de piedra, un tiro estrecho abierto desde la plataforma de la pirámide, por el que bajaban cables, cuerdas, una escalerilla, y hombres.

La gente de Duarte había llegado primero, no por el agua sino por la roca, taladrando el caparazón sellado desde arriba mientras diez mil personas veían bajar una serpiente de sombra a cincuenta metros de sus cabezas.

Habían roto el techo del mundo con una máquina, como el bisabuelo rompió el fondo del pozo con una draga, y estaban ya dentro, en el aire robado de mil años, esperándolas.

Itzel sacó la cabeza del agua dentro del domo, se escupió el regulador, y el aire —viejísimo, denso, con un olor mineral que le raspó la garganta— le entró a los pulmones por primera vez en cincuenta minutos.

A su lado emergió Sol. Y sobre una repisa de piedra al borde del agua, iluminado por sus propias luces, con botas de goma y una chamarra técnica impecable sobre el lino, tranquilo, esperándola con las manos cruzadas como un anfitrión, estaba Rafael Duarte.

—Doctora Canul. —Su voz rebotó en la bóveda, cortés, casi tierna—. Puntual. Y por el único camino que yo no podía comprar, exactamente como esperaba de usted. —Abrió las manos—. Bienvenida al centro del mundo. Llevábamos los dos toda la vida viniendo.

A su lado, sobre una mesa plegable de campaña que resultaba obscena en ese lugar, había una caja acolchada abierta.

Y en la caja, sobre espuma gris, tres piedras.

Grises. Feas. Del tamaño de un huevo grande.

Las tres hermanas. Y en el pecho de Itzel, la cuarta, ardió de golpe con un calor que la hizo doblarse, tirando hacia la mesa, hacia sus hermanas, con una fuerza que ya no era mansa, que le desgarraba el bolsillo, que quería, con una voluntad enorme y ajena, reunirse.

Duarte lo vio. Vio a Itzel doblarse, vio el bulto ardiendo en su chaleco tirar hacia su mesa, y algo cruzó su cara —no triunfo: por un instante, otra cosa, la grieta, el miedo del racionalista ante lo que su razón no cabía—, y se rehízo.

—Ah —dijo, bajo—. Así que es cierto. Se atraen.

—Miró la caja, luego a Itzel—. Todos estos años pensé que eran inventario.

Folclor. —Volvió a mirarla, y por primera vez su voz no fue de anfitrión sino de hombre—.

Dígame que no siento lo que estoy sintiendo, doctora. Usted que lee. Dígame que es sugestión.

—No es sugestión —dijo Itzel, enderezándose con esfuerzo, apretándose la piedra ardiente contra el pecho con las dos manos—. Y usted lo sabe desde que puso la palma en la vitrina de su sótano.

Duarte no contestó. Fue toda la confirmación que Itzel necesitó de que también a él el agua le había empezado a hablar.

Y entonces Duarte hizo la cosa que ordenó, con una sola palabra, todo lo que Itzel llevaba semanas sin poder ordenar. Miró más allá de Itzel, a Sol, que seguía en el agua junto a ella con la línea de seguridad todavía en la mano, y le dijo, con la naturalidad de quien le habla a un empleado:

—Bien hecho, Marisol. La trajiste limpio y a tiempo.

—Señaló con la barbilla una repisa seca—.

Sal del agua. Ya cumpliste. Lo de tu madre está resuelto, como acordamos; el último pago sale mañana.

—Volvió a Itzel, cortés—. Su amiga es una excelente profesional, doctora.

Nos dio cada paso suyo desde el primer cenote.

Sin ella, sinceramente, esto habría sido mucho más lento y mucho más sangriento.

Debería agradecérselo. Gracias a Marisol, usted sigue viva: yo no toco a quien me es útil, y usted me fue útil porque ella me dijo, siempre, dónde estaba.

El domo se quedó en silencio, salvo el goteo del agua de mil años.

Itzel no miró a Duarte. Se volvió, despacio, en el agua negra, y miró a Sol.

Y Sol tenía la cara de alguien a quien acaban de quitarle la piel.

La boca abierta, sin sonido. Los ojos, sobre el agua, saltando de Duarte a Itzel y de vuelta, llenándose de un horror que —Itzel lo supo en ese instante, con la última certeza que le quedaba por adquirir en toda esta historia— no era el horror de haber sido descubierta.

Era el horror de oír dicho, en voz alta, delante de la persona que amaba, lo que se había pasado semanas diciéndose a sí misma que no era tan grave, que era sólo cuidarla, que la Fundación iba a “proteger el hallazgo”, que nadie iba a salir lastimado, que su mamá se iba a poder dializar.

Era el horror de una mujer buena oyendo, por fin, la palabra exacta de lo que había hecho, sin los envoltorios con que se lo había estado dando de comer a su propia conciencia.

—Itzel —dijo Sol, y la voz le salió deshecha—. Itzel, no es… él dijo que no te iban a… me juró que sólo era ubicarte, que era para protegerte, que si colaborabas nadie…

—Balamkú —dijo Itzel. No fue un grito. Fue peor: fue la voz plana de aula, la que usaba para las cosas demasiado grandes—.

La línea de los muertos, Sol. La cortaron con un cuchillo para poner la suya y llegar aquí antes que yo.

Sólo una persona en el mundo sabía que veníamos por Balamkú.

Te lo dije yo. Con mi boca. La misma noche que te dije que te quería.

Sol se dobló sobre el agua como si le hubieran pegado. Y Duarte, en su repisa, consultó su reloj con una paciencia de dueño del tiempo.

—Qué escena tan yucateca —dijo, sin crueldad, que era lo peor—.

La traición, la amiga, el llanto en la cueva.

Pero tenemos un horario astronómico que ni ustedes ni yo controlamos, señoras.

Arriba, la serpiente ya va por la mitad de la escalera.

Cuando su cabeza toque la tierra, se abre la única ventana de esta noche, la única del año, y no se vuelve a abrir hasta la primavera, y yo, francamente, no pienso esperar seis meses en este agujero.

—Se acercó al borde del agua, y tendió la mano hacia Itzel, cortés, terrible—.

Así que hagamos esto con dignidad. Suba.

Traiga su piedra. Ponga las cuatro donde van, lea lo que tenga que leer, y abramos, juntos, con luz y con testigos arriba, la puerta más grande de la historia.

Le doy mi palabra de que su nombre irá primero.

Le doy mi palabra de que el niño de la caja tres vuelve a casa.

Le doy todo lo que me pidió sin pedírmelo.

Sólo tiene que hacer lo que vino a hacer y lo que, en el fondo, más desea: leer. Abrir. Tener razón.

Itzel miró la mano tendida de Duarte. Miró la caja con las tres piedras.

Sintió la cuarta ardiéndole contra el corazón, tirando, queriendo ir.

Sintió, arriba, lejísimos, el peso de diez mil personas y una serpiente de luz bajando.

Y sintió, sobre todo, la línea de seguridad todavía atada a su arnés, tensa, viva, con el otro extremo en la mano de Marisol Chan, la mujer que la había vendido por la diálisis de su madre y que ahora lloraba en el agua negra a su lado, y recordó, con una claridad de campana, la voz de un viejo bajo una ceiba: va a tener que poner su vida entera en una sola mano sin saber si la quiere o si la vendió. Ésa es la tercera manera.

Ya sabía. Ésa era la diferencia. Anoche no sabía; ahora sí. Sabía que la mano que sostenía su línea la había vendido. La pregunta de don Fabián se había contestado del peor modo posible, justo antes del único momento en que necesitaba no saberlo.

Y sin embargo tenía que bajar. Tenía que leer al revés, quince metros abajo, en la oscuridad, con la vida colgando de la línea que sostenía la única mano del mundo de la que ahora sabía, con certeza, que no podía fiarse.

—Sol —dijo Itzel, en voz muy baja, sin dejar de mirar la mano de Duarte—.

Te voy a hacer una sola pregunta, y de tu respuesta va a depender lo que pase con el mundo esta noche, así que piénsala.

—Se volvió, por fin, hacia su amiga, hacia los ojos deshechos de la persona que más había querido—.

Le diste a este hombre cada paso mío. Está bien.

Ya está hecho. Pero necesito saber una cosa más.

—Tragó—. ¿Le prometiste soltar la línea?

Cuando yo bajara a leer. ¿Te pidió que me soltaras allá abajo?

El domo entero —Duarte, sus hombres, el agua de mil años— se quedó esperando la respuesta de Sol.

Y Sol, con la cara bañada en lágrimas y en agua negra, con la línea de Itzel apretada entre las dos manos como quien se aferra a lo único que le queda de sí misma, miró a Duarte, y miró a Itzel, y abrió la boca.